Caricatura de Darwin usada para desacrreditar su teoría de la evolución
Caricatura de Darwin usada para desacrreditar su teoría de la evolución

El militar español que se anticipó un siglo a Darwin y combatió a la Leyenda Negra con ciencia

Para la Ilustración francesa, las condiciones naturales hacían imposible que en América crecieraa algo parecido a la civilización, como bien sabía España y su desastroso imperio. Solo la ciencia desmontó la teoría de la degeneración

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Durante la Ilustración francesa surgió la teoría supuestamente científica de que América era un continente degenerado. El Conde de Buffon, uno de los mayores naturalistas de su tiempo, escribió una «Historia Natural» en 44 volúmenes donde todos los animales y vegetales procedentes de América eran, en sus palabras, resultado de la degeneración de las especies que habían prosperado en el Viejo Mundo. Las condiciones naturales hacían imposible, según esta teoría, que en América creciera algo parecido a la civilización.

Haciéndose eco de sus ideas, el holandés De Pauw añadió que cuando los europeos desembarcaron allí no tardaron en degenerar y mezclarse con indios sin evolucionar. Así advertía Montesquieu que los españoles americanos eran notablemente inferiores a los españoles peninsulares.

En este desprecio ilustrado al Nuevo Mundo se escondía, en primera instancia, el fracaso de Francia a la hora de expandirse por América. La pérdida de Nueva Francia provocó una frustración muy honda en esas mismas fechas, tanto que algunos intelectuales galos propagaron teorías pseudocientíficas para desmerecer el mundo más allá de Europa, como explica Elvira Roca Barea en su libro «I mperiofobia y Leyenda Negra».

Pero no solo era una cuestión política, sino una nueva manifestación de odio contra los que en ese momento dominaban el sur, el centro y buena parte de América: la hispanofobia en otra de sus modalidades. De ahí que la propaganda protestante también tuviera encaje en las teorías de estos ilustrados sobre aquel continente degenerado. En sus «Cartas persas», Montesquieu explica con detalle los efectos nocivos de la conquista española; mientras que Voltaire recuerda la naturaleza bárbara y depredadora de los conquistadores, que son «el más amplio ejemplo de intolerancia y falta de espíritu cristiano».

«El comercio no fue más que el arte de engañar... La ignorancia marchaba del brazo de la injusticia»

En esta misma línea, Guillaume Thomas Raynal, que nunca pisó esta América, explicó la catastrófica situación del Imperio español por lo degenerado de los conquistadores y de la tierra que pisaban:

«El Imperio que habían fundado se hundió por todas partes. Los progresos del desorden y el crimen fueron rápidos. El comercio no fue más que el arte de engañar... La ignorancia marchaba del brazo de la injusticia».

La respuesta científica contra la Leyenda Negra

El problema básico es que ninguno de esos ilustrados conocía en realidad lo que había levantado España en América, ni siquiera entraban en explicar por qué Francia había fracasado allí donde los españoles seguirían aún por un siglo. Pero lo más grave del asunto es que buena parte de los intelectuales españoles se creyeron aquellas teorías y tradujeron como si nada los textos. Para comprender cómo caló esta teoría de la degeneración, hay que recordar que entre las funciones del viaje de Alejandro Malaspina a finales de siglo estuvo fijar los límites del Imperio español y dejar fuera las zonas imposibles de civilizar, por ejemplo la Patagonia. Una discriminación de tierras que sus antepasados, de Colón a Oñate, nunca habían tenido.

Félix de Azara (1805), Francisco de Goya
Félix de Azara (1805), Francisco de Goya

La defensa más efectiva contra la disparatada idea de la América degenerada llegó desde la Norteamérica inglesa a través de políticos como Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y Alexander Hamilton, que sintieron en sus carnes el desprecio hacia todo lo que llegara del otro lado del charco. Claro que ellos no se molestaron en desmontar las mentiras sobre el Imperio español, únicamente en desmitificar lo dicho sobre el continente y los americanos anglosajones.

El jesuita chileno Juan Ignacio Molina en su «Compendio de la historia geográfica, natural y civil del Reyno de Chile» sí refutó desde el mundo hispánico la teoría de la degeneración a través de la observación de la naturaleza y de teorías filosóficas. Cuatro décadas antes que Charles Darwin, el jesuita propuso en «Analogías menos observadas de los tres reinos de la naturaleza» (1815) una teoría de la evolución gradual de las especies.

Mucho antes que el chileno, el militar, cartógrafo y científico Félix de Azara fue enviado a Paraguay por Carlos III –influenciado por la idea de que el mundo se dividía entre civilizado y degenerado– a trazar las fronteras del Imperio español. Aburrido por aquella tarea burocrática, el aragonés se dedicó a observar y anotar el entorno con detalle asombroso.

Un autor de cabecera para Darwin

Nacido en Barbuñales (Huesca), Félix de Azara y Perera eligió la carrera militar tras completar su formación universitaria en Filosofía y Derecho. Hacia 1765 pasó a la Academia de Matemáticas de Barcelona, entonces dirigida por el ingeniero Pedro de Lucuze. De modo que puso conjugar la ciencia con el servicio activo. En un desembarco en Argel en 1775 fue herido gravemente en el combate... Como teniente Coronel de Ingenieros fue designado para finalizar el litigio que Portugal y España mantenían en sus fronteras de ultramar tras el Tratado de San Ildefonso. No obstante, la misión se alargó más allá de la paciencia del cartógrafo. En julio de 1794, Azara se quejaba al primer ministro Antonio Valdés porque se le denegaba una y otra vez la posibilidad de volver a España:

«Habiendo esperado doce años a los portugueses, y pasado la mejor parte de mi vida en este país, el más remoto y trabajoso, es ya tiempo de pedir mi relevo. Porque no es posible que mis días sean suficientes a ver concluida mi comisión, ni que los comunes achaques de la edad puedan sobrellevar los trabajos de este destino equivalente a un triste destierro».

Félix de Azara, escultura en el Museo Martorell de Barcelona.
Félix de Azara, escultura en el Museo Martorell de Barcelona.

Durante dos décadas, Azara se aburrió tanto de esperar a los portugueses que se volcó en catalogar hasta 448 especies ( preferentemente pájaros), corrigiendo por el camino la identificación y descripción de muchas especies sudamericanas que Buffon había anotado mal, y desarrollando una respuesta convincente contra la teoría de la degeneración.

El militar aragonés participó en la delimitación geográfica de la región del Brasil, en el reconocimiento de los límites del río Paraná, y dirigió la expedición que, partiendo de Buenos Aires, recorrió la extensa región de las Pampas para adelantar las fronteras hacia el sur. El resultado de su exploración consistió en una ingente labor cartográfica, valiosos informes sobre geografía política y humana, y un compendio de historia natural americana bajo la forma de «Apuntamientos sobre los pájaros y los cuadrúpedos del río de La Plata y del Paraguay», con los que alcanzó fama y fortuna en Europa como naturalista.

Como Molina, Azara planteó la posibilidad de una evolución de las especies observando las distintas clases de pájaros. Se sabe, de hecho, que Charles Robert Darwin conoció las obras de Azara y siguió su rastro por América. El naturalista inglés que desarrolló la idea de la evolución biológica a través de la selección natural cita a Félix de Azara una quincena de veces en su «Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo», dos en «El origen de las especies» y una «El origen del hombre».

No obstante, aclara Andrés Galera Gómez, investigador del CSIC, que no se puede hablar de conexión ideológica entre ambos autores. En la entrada que le dedica al aragonés en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de Historia, afirma:

«El componente historiográfico más cuestionable de la figura de Azara es su errónea consideración como precursor de la teoría evolutiva formulada por Darwin. El yerro consiste en sacar de contexto su ideario, seleccionar algunas ideas olvidando la condición fijista de procedencia. La realidad es que su ideología tiene una inequívoca dimensión creacionista, posición donde la variabilidad de las especies no representa fenómeno evolutivo alguno. Las modificaciones emergentes en el seno de una determinada especie se interpretan como un mecanismo natural y, como tal, controlado por una naturaleza que impide a los individuos alejarse de la forma primitiva. La perfección azariana reside en el pasado y está representada por la conformación individual otorgada en el momento de la Creación, no es un concepto de y con futuro. Una interpretación de la naturaleza alejada del evolucionismo decimonónico con el que, equivocadamente, se le ha pretendido relacionar.

Circunstancia que no desmerece su trabajo, es un hecho que se debe aceptar sin mayores objeciones. Su obra constituye un encomiable estudio descriptivo, y como tal observador de la naturaleza fue valorado y estimados en el siglo XIX, incluso por Charles Darwin».