Benito Mussolini, junto a su mujer, en una imagen de archivo
Benito Mussolini, junto a su mujer, en una imagen de archivo - ABC

Así intentó la mujer de Mussolini que dimitiera mientras «el comunismo penetraba en España»

Reproducimos la charla de 1936 en la que Raquel Mussolini le planteó a su esposo que dejara la política, llegando el «Duce» a plantear la vías para hacerlo, poco después de estallar la Guerra Civil y antes de la Segunda Guerra Mundial

MadridActualizado:

Era una tarde de mayo de 1936. Benito Mussolini y su mujer se encontraban descansando en su residencia de verano, Rocca delle Caminate, un castillo del siglo XI situado en el municipio de Meldola, en la costa nororiental de Italia. «Tuve la ocasión de decírselo a la vuelta de un largo paseo en automóvil por la campaña romana. Habíamos salido, nada más comer, en nuestro Alfa Romeo Spider. Nadie nos acompañaba: ni secretario, ni prefecto, ni policías del servicio de seguridad. Él iba con una boina hundida hasta las orejas y yo, con un pañuelo anudado en torno a la cabeza. Nos divertíamos como jóvenes de veinte años», cuenta Rachele Mussolini en la biografía que publicó sobre su difunto marido en 1976: «Mussolini sin máscara».

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Se encontraba la pareja en aquella residencia donde se celebraría el primer consejo de ministros de la República Social Italiana en 1943 —ese estado títere de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial— y que se utilizaría también como espacio de tortura contra los partisanos. Pero en ese momento no era más que el lugar de descanso del líder del régimen fascista y su esposa, que acababan de regresar de Roma con un gran triunfo a sus espaldas: el 9 de mayo de 1936, Mussolini había anunciado el final de la guerra de Abisinia (Etiopía) y la proclamación del imperio desde el balcón del Palacio Venecia.

Rachele Mussolini
Rachele Mussolini- ABC

Rachele detalla a continuación que ambos habían regresado de su paseo en coche deteniéndose delante de las casas de algunos campesinos, «como a Benito le gustaba hacer cada vez que se encontraba en la Romaña. Y como siempre, pasados los primeros instantes de sorpresa y emoción, Benito y las gentes del lugar habían hablado de todo: de la cosecha, de las vacas, de la casa y de los hijos. Para los romañoles no era entonces más que el hijo de Alejandro, el herrero. Le tuve que tirar de la manga para recordarle la hora». Y al volver a Rocca delle Caminate, añade: «Él estaba conmigo en el jardín, donde cortaba leña con los brazos arremangados. Yo me ocupaba de un macizo de rosas. De cuando en cuando le observaba y, viéndole así, moreno, con un no sé qué de ternura en la mirada, adquirido con la edad, casi llegaba a comprender porqué las mujeres se echaban a su cuello, a sus pies o al agua cuando se bañaba. Una vez cortada la leña, Benito me llamó...».

De haber surtido efecto la conversación íntima que se produjo a continuación, la historia de Italia en el siglo XX y, por lo tanto, también del mundo, habría sido diferente, sin duda. Hacía más de una década que Mussolini había llegado al poder con aquella violenta marcha sobre Roma, pero aún faltaban tres años para que uniera su destino al de Hitler en la guerra más mortífera de la guerra de la humanidad. ¿Y si esta alianza no se hubiera producido con el «Duce» ya retirado de la política, convencido por su mujer?

Rachele: «Acuérdate de Napoleón, Benito, tú que tanto le admiras. Era poderoso, reinaba como dueño absoluto sobre Europa e, incluso, más allá. Pero, ¿qué hizo? Tras las victorias buscó más victorias. Tras las conquistas, quiso extender más su imperio. ¿Y qué es lo que le ocurrió, Benito? Lo perdió todo. Todo se derrumbó bajo sus pies. No hagas como él. ¿Recuerdas aquella canción que cantábamos cuando éramos jóvenes? “Napoleón, con toda su gloria... ha terminado en la isla de Elba”.

Benito Mussolini: ¿Y qué quieres que haga? ¿Que dimita? ¿Que me dedique a la cría de gallinas en la Romaña? ¡No hablas en serio, Rachele!

Rachele: No, no quiero que críes gallinas, quiero que te detengas a tiempo, que entres en la historia, ¡pero en vida! Quiero también que consagres a tu mujer y a tus hijos diez o quince años de tu vida, después de haberle dado treinta a la política. La política es demasiado baja como para no tener más que buenos aspectos. Tú has tenido la suerte de conocerlos todos hasta ahora, pero atención a lo que viene después».

La conversación al completo

Esta es la primera parte de la conversación que adelanta Rachele Mussolini en su libro. «Estábamos solos y ningún testigo había asistido a esta conversación, en el curso de la cual le había pedido que dejara el poder», aclara después la autora, que no entendía para nada la ambiciosa actitud de su marido tras la proclamación del imperio italiano, con el Rey Víctor Manuel III nombrado también emperador de Etiopía. «Nada justificaba tal actitud. En esta época Benito, que aún no había cumplido los 53 años —añade— gozaba de una salud perfecta. Políticamente nunca había tenido una posición tan sólida, ni en Italia ni en el extranjero».

Mussolini, en 1939
Mussolini, en 1939- ABC

El grueso de la conversación se produjo, como dijimos, «una vez cortada la leña», en la que Mussolini llamó a su esposa:

Benito Mussolini: «Oye, RaRachele, ¿sabes lo que me propuso el rey hace dos días? Hacerme príncipe.

Rachele: ¡Espero que no hayas aceptado!

—¿Tú me imaginas llegando a algún sitio y con el ordenanza anunciando: “Su Excelencia, el Príncipe Mussolini”?

—Y yo, ¡princesa Rachele Mussolini! ¡Virgen Santa! ¡Qué ocurrencia!

—No te preocupes. Me he contenido. Me daban ganas de reír solo de imaginarme disfrazado de príncipe y le he respondido: “Majestad, agradezco muchísimo el gesto, pero no puedo aceptarlo. Nací Mussolini y moriré Mussolini, sin el menor añadido”.

—¿Y el rey no te ha dicho nada?

—¡Sí! Me ha dicho: “Aceptad por lo menos el título de duque”. Pero también lo he rechazado.

Entonces, adoptando un aire como de embarazo, Benito añadió:

—Tú no serás ni princesa Mussolini, ni duquesa de Rocca delle Caminate. Seguirás siendo Rachele Mussolini…

Y dicho esto, nos echamos a reír. Me costaba creer lo que me acababa de decir e hice que me jurara que era verdad. Pero añadió:

—Conozco a uno al que le hubiera gustado que le hicieran duque, tu primo, el marqués de Sabotino.

—¿Badoglio? ¿Es que no tiene bastante con ser marqués?

—Pues no, hay quien siempre quiere más.

Esta conversación tan franca con Benito era una oportunidad tendida por el azar, así que la agarré inmediatamente:

—Oye, Benito. ¿Y si hicieras aún mejor? Si le dijeras al rey: “Majestad, me llamasteis al gobierno cuando Italia estaba en el caos y he restablecido la paz y la prosperidad en el interior. He hecho al país grande y poderoso en el exterior. Los italianos ya no son macaroni, se sienten orgullosos de Italia. Antes de mí erais el rey y hoy sois emperador. Todo está en orden. Vuelvo a poner Italia en vuestras manos y me voy…”.

—En fin, que quieres hacer de mí un jubilado.

—No, Benito. Escribirás artículos, tus memorias. Tienes un periódico en Milán que marcha muy bien y puede darnos para vivir. No te pido que te jubiles, pero piensa en todo lo que has hecho ya por Italia. ¿Qué más quieres hacer? Jamás nuestro país ha sido tan grande ni tan respetado. Mira quince años atrás, esto era la guerra civil. ¿Y ahora?

Mi marido no decía nada. El ceño fruncido, me escuchaba más extrañado que irritado por esta andanada. Debo decir que en ese momento estuve a punto de frenarme por el temor de haber ido demasiado lejos. Pero la predicción que me había hecho una gitana, cuando yo tenía dieciséis años, me vino a la mente. “Conocerás los honores más grandes”, me había dicho. Serás la igual de la reina. Después, todo se derrumbará a tus pies y habrá duelos”. Me daba cuenta, de pronto, que la primera parte de esta predicción se había realizado. Estaba llena de honores. ¿Qué iba a ocurrir con la segunda parte?

—Reflexiona, Benito. Nuestros hijos son ya mayores. Nosotros somos felices, pero podemos serlo aún más. ¡Ya sé! ¡Soy egoísta! Pero pienso también en ti. Cuando saliste para el Palacio Real en 1922 y me telefoneaste para contarme todo lo que había pasado. ¿Qué te dije yo? Que desde entonces ibas a ser servidor de los italianos, mientras que hasta entonces tú eras tu propio dueño y señor. Hoy te digo: Benito, puedes volver a ser lo que eras antes, y además, con el peso del éxito. Podrás ser el árbitro a quien se consulte cuando un problema se plantee al país. Entrarás vivo en la Historia. Y se acabarán las decisiones, las firmas, las trampas a evitar y esta vida de tensiones y recelos para ti y para los niños. Corta la hierba bajo los pies de aquellos que esperan tu primer paso en falso para mofarse diciendo: “Mussolini se ha equivocado”.

Me detuve sofocada. Lo había puesto todo en este ruego el peso de 26 años de inquietudes, de lágrimas, de alegrías, pero también de amor. Por primera vez, había dejado que hablara mi corazón. Benito me tomó por el brazo, afectuosamente, como para protegerme. Su mirada se había hecho lejana, midiendo quizás el camino recorrido. Tuve el sentimiento de que podía ganar, de que mi sueño tenía al menos una pequeña posibilidad de concretizarse. En aquel momento, puse mi mano sobre la suya y le murmuré:

—Inténtalo, Benito, ¡por favor!

—Ya veremos —me respondió con el mismo tono de voz que le oí nueve años después, a la hora de la tragedia final, cuando, por teléfono, me pidió que cuidara de los hijos: una voz ensordecida por la emoción—. Pensaré en ello. No te preocupes, Rachele».

Rachele y Benito Mussolini, junto a sus cinco hijos
Rachele y Benito Mussolini, junto a sus cinco hijos- ABC

Cuenta su esposa a continuación que Mussolini barajó su proposición. Que fue a Roma y consultó la idea con Achille Starace, secretario del Partido Nacional Fascista, pidiéndole incluso que estudiara las posibles vías para anunciar y poner en práctica su marcha. «Starace, loco con la sola idea de ver a Mussolini abandonar el poder, alertó a ciertos dignatarios del régimen. Para él y otros fieles puristas, el “Duce” no había terminado su obra y debía continuar dirigiendo el país (...). En fin, todos fueron de la misma opinión: había que impedir a toda costa que Mussolini partiera. Los argumentos, lo reconozco, no faltaban, y entre ellos, la penetración del comunismo en España, que había, por otra parte, motivado la decisión del “Duce” de enviar ayuda al general Franco. Finalmente, mi marido se dejó convencer», explica.

El final de Mussolini ya lo sabemos. Presionado por Hitler y convencido de que la Segunda Guerra Mundial estaba ya decidida a favor de la Alemania nazi, el 10 de junio de 1940 declaró la guerra a Francia y el Reino Unido. A pesar de las conquistas de algunos países durante el conflicto, tanto los germanos como los italianos acabaron derrotados y humillados. Los sueños de ambos dictadores se esfumaron. El «Führer» acabó quitándole la vida en su búnker de Berlín, mientras que Mussolini fue descubierto y fusilado por un grupo de partisanos en Dongo, el 28 de abril de 1945. Su cadáver y el de su amante, Clara Petacci, fueron colgados cabeza abajo y golpeados, escupidos, orinados e, incluso, mutilados públicamente en una plaza céntrica de Milán. Y tampoco ahí pudo descansar en paz, pues su cuerpo estuvo en paradero desconocido, escondido por los rincones más insospechados de Italia, 12 años. Rachele Mussolini vivió hasta 1979 en la región de Emilia-Romaña, la misma en la que se encontraba la residencia donde intentó convencerle de que dejara la política. Allí murió a los 89 años.

Los cadáveres de Mussolini y Clara Petacci, colgados cabeza abajo en la plaza de Milan
Los cadáveres de Mussolini y Clara Petacci, colgados cabeza abajo en la plaza de Milan - ABC