Destrucción de la literatura maya por parte de Diego de Landa durante el Auto de Fe de Maní
Destrucción de la literatura maya por parte de Diego de Landa durante el Auto de Fe de Maní

El inquisidor español que salvó a los misteriosos Mayas tras intentar quemar su memoria

El hombre que escribiría la obra más importante sobre la cultura maya, fue el principal artífice de la destrucción de parte de su obra escrita y sus piezas artísticas

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Todas las piezas de oro y plata que los incas y otros pueblos americanos entregaron a Francisco Pizarro y a los españoles fueron fundidas al momento sin tiempo de estudiar su valor artístico o histórico. Obras de arte fundamentales para comprender lo que fue el mundo antes de la llegada de Colón a América se perdieron como gotas en la lluvia, pero es que los conquistadores no eran arqueólogos –un trabajo que ni siquiera existía– sino hombres de su tiempo, con sus defectos y virtudes incluidos. Lo verdaderamente excepcional es que algunos de ellos aprendieran, ya entonces, a valorar las culturas que les precedieron. Que apreciaran que bajo el aspecto de aquellos «salvajes», en muchos casos caníbales y hostiles, había una bellísima cultura digna de ser salvada.

Así fue el caso de Fray Diego de Landa (1524-1579), aunque en su caso necesitara, como San Pablo de Tarso, caerse antes del caballo. Nacido en Cifuentes (en la Alcarria de Guadalajara) el 12 de noviembre de 1524, Diego de Landa Calderón entró siendo un niño en el convento de San Juan de los Reyes de Toledo, de la orden franciscana. En 1547 acompañó al sacerdote Nicolás de Albalate a Yucatán, donde le fue encargada la construcción de un convento franciscano y la conversión de los indios.

Esta orden religiosa se había dedicado desde la llegada de Cristóbal Colón a evangelizar y educar a los indígenas, siendo su principal reivindicación la de que ningún conquistador maltratara a los indígenas. No obstante, la mayoría de los indios, de herencia maya, siguieron practicando su religión a escondidas.

Un inquisidor para México

Preocupado por el fracaso del proceso de conversión, Landa replicó en América el tribunal que los Reyes Católicos habían autorizado en Europa para, en su caso, perseguir a los falsos conversos judíos y musulmanes. En 1562 constituyó en Maní, hoy México, un tribunal religioso que pronto se convirtió en Inquisición ordinaria. Landa encabezó una campaña de acoso y derribo contra las imágenes y símbolos sagrados de los antiguos mayas. El resultado de la persecución se materializó en un Auto de Fe en Maní el 12 de julio de 1562 donde se quemaron 5.000 ídolos y objetos sagrados, entre ellos cientos de códices y rollos de corteza de copo en los que los escribas mayas registraban sus tradiciones.

Quema de objetos tradicionales y sagrados de los Mayas durante la Inquisición de Diego de Landa
Quema de objetos tradicionales y sagrados de los Mayas durante la Inquisición de Diego de Landa

Los mayas contaban, no en vano, con un sistema de escritura jeroglífica, de los pocos plenamente desarrollados del continente americano precolombino, así como una precisión en astronomía que asombra hoy a los expertos. La quema de todos aquellos códices colocó su memoria al borde de la completa destrucción, de la que solo se salvó, precisamente, por la actuación de un arrepentido Landa.

Los agresivos métodos de Landa para convertir a los indígenas alarmaron a la Corona y al Obispo Francisco de Toral. Este primer obispo y defensor de los indios de Yucatán afirmó sobre la actuación del fraile que «en lugar de darles a conocer a Dios les han hecho desesperar», a lo que exigió su marcha.

Castigado por el atropello, Landa regresó a España a defenderse de las acusaciones ante Felipe II en 1563. Tras visitar en Barcelona al General de los Franciscanos, el fraile lograría años después ser absuelto basándose en que las «Breves papales» daban potestad a los provinciales en América para ejercer como inquisidores si así lo exigía la situación.

El fraile recabó una gran cantidad de información sobre la historia, el modo de vida y las creencias de los mayas en el siglo XVI

Su década en el exilio sirvió al franciscano para reflexionar y dar un giro a su visión de los mayas. En su estancia en España, donde ejerció de maestro de novicios, el fraile recabó una gran cantidad de información sobre la historia, el modo de vida y las creencias de los mayas en el siglo XVI y lo publicó al cruzar de nuevo el Atlántico. En 1573, Landa pudo al fin regresar al Yucatán a seguir evangelizando como Obispo de Mérida.

Gran conocedor de la lengua de esta civilización, su obra terminó por elevarle al más importante de los cronistas del Yucatán gracias a la publicación, en 1575, de la «Relación de las cosas del Yucatán».

Un descubrimiento para el mundo

Con el paso de los siglos el documento original de «Relación de las cosas del Yucatán» se perdió, a excepción de una copia incompleta descubierta en 1864 en la Real Academia de la Historia. El descubrimiento de este texto ha servido en los últimos 150 años para iluminar el desconocimiento total sobre esta enigmática civilización, que jugó un papel similar al de los antiguos griegos en Europa. Incluso en completa decadencia, la cultura maya seguía impregnando todas las facetas de la vida indígena en México y parte de Centroamérica cuando llegaron los españoles.

Retrato idealizado de Diego de Landa
Retrato idealizado de Diego de Landa

Heredera de la cultura olmeca, la civilización maya se gestó durante el periodo Formativo entre 1.300 y 450 a.C con grandes pirámides, tumbas y edificios públicos. Sin embargo, fue entre el 300 y el 900 d.C, mientras Europa se internaba en la Alta Edad Media, cuando se produjo el gran estallido cultural de los mayas. En el siglo IX se registró el colapso de esta cultura, de modo que para cuando irrumpieron los españoles apenas quedaban ruinas mayas.

Con la relación de Landa el mundo redescubrió a la cultura maya y logró una precisa descripción del calendario precolombino y de la escritura jeroglífica maya, lo que, a ojos de algunos investigadores, convierte el manuscrito en el equivalente yucateco de la famosa piedra de Roseta, que supuso un gran empujón para el desciframiento de los signos egipcios. El texto de Landa, además, dibujó un bosquejo de la organización política y social de los mayas:

«Antes que los españoles ganasen aquella tierra vivían los naturales juntos en pueblos, con mucha policía, y tenían una tierra muy limpia y desmontada de malas plantas y puestos muy buenos árboles; y que su habitación era de esta manera: en medio del pueblo estaban los templos con hermosas plazas y en torno de los templos estaban las casas de los señores y los sacerdotes y luego la gente más principal, y así iban los más ricos y estimados más cercanos a estas y a los fines del pueblo estaban las casas de la gente más baja».

Uno de los capítulos de su obra lo dedica Landa a la vida y creencias de los mayas. Así los dibuja como hospitalarios, amigos de los perfumes y preocupados por la apariencia física, además de respetuosos con sus mayores y dados a prestarse ayuda unos a los otros. Sobre sus defectos, el franciscano afirma que eran «muy disolutos en beber y emborracharse, de lo cual seguían muchos males como matarse unos a otros, violar las camas pensando las pobres mujeres recibir a los maridos, pegar fuego a sus casas....». Una visión exagerada que, probablemente, se basara más en la experiencia de Landa, cuya llegada y la del resto de españoles supuso una inundación alcohólica para los indígenas, que en el testimonio oral de los antiguos mayas.

«De mejor disposición que las españolas y más grandes y bien hechas, que no son de tantos riñones [caderas] como las negras…, muy honestas en su traje…»

Sobre las mujeres se deshace en elogios, al apreciar que eran «de mejor disposición que las españolas y más grandes y bien hechas, que no son de tantos riñones [caderas] como las negras…, muy honestas en su traje…, grandes trabajadoras y vividoras, porque de ellas cuelgan los mayores y más trabajos de la sustentación de sus casas y educación de sus hijos y paga de sus tributos».

Pocos años después de redimirse por su daño a la civilización maya, hacia 1579, Fray Diego de Landa, falleció en Mérida (México) y fue enterrado en la catedral de esta ciudad. Sus restos volvieron a España siglo y medio después, si bien al inicio de la Guerra Civil resultaron destruidos. Hoy, es uno de los pocos españoles que cuentan con una estatua en México, en la plaza mayor de Izamal, por su impagable esfuerzo por salvar una civilización milenaria.