Luis Ojea - La semana

La demagogia de la izquierda, a la vista

Luis Ojea
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No es todo un ejercicio de incoherencia. Es sobre todo una pretendida exhibición de superioridad moral

El grado de cinismo con el que actúan los actuales líderes de la izquierda es superlativo desde hace mucho tiempo, pero la exhibición que han hecho estos días en la negociación de pactos de gobierno resulta definitivamente insuperable. El PSOE que hizo bandera del «no es no» y llevó al país a un bloqueo político es el mismo PSOE que ahora le exige a la derecha que facilite la investidura de Pedro Sánchez. El mismo PSOE que esgrime que Sánchez lidera la lista más votada el 28A para reclamar la abstención del PP y Ciudadanos es el mismo PSOE que ayer impidió que José Manuel Rey Varela accediese a la alcaldía de Ferrol a pesar de que el 26M rozó la mayoría absoluta.

El PSOE que gobernó España sin ser primera fuerza es el mismo PSOE que se rasga las vestiduras porque Jácome se haga cargo del bastón de mando en Orensecon 7 ediles. A estas alturas, lo sorprendente no es que los socialistas hagan un ejercicio de demagogia de esta magnitud. Lo realmente pintoresco es que crean que la sociedad va a comulgar con su juego de trileros.

No nos engañemos. La izquierda quiere atornillarse al poder a cualquier precio. Allí donde sumen pactarán siempre para desbancar al centroderecha. Sin rubor. Inés Rey es hoy alcaldesa de A Coruña gracias a los votos de la Marea Atlántica a la que tanto criticó su partido. Y allá donde sus alianzas Frankenstein no resulten suficientes, intentarán deslegitimar cualquier operación del PP para buscar la mayoría que le permita gobernar. Apoyarse en los votos de Vox en Madrid es imperdonable, pero coquetear con Bildu en Navarra es perfectamente admisible. La doble vara de medir de la izquierda en su máximo esplendor.

No es solo un ejercicio de incoherencia. Es, sobre todo, una ridícula exhibición de esa pretendida superioridad moral con la que operan y que los hechos desmienten a diario. Expulsar a Baltar de la Diputación de Ourense sería un fabuloso ejercicio de regeneración, pero hacer alcaldesa a Lara Méndez en Lugo pese a estar imputada no supone ningún problema. El BNG que hace cuatro años exigió la cabeza de Orozco por estar siendo investigado es el mismo BNG que ahora no ve complicación alguna en repartirse cargos con Méndez en el ejecutivo local lucense. El Bloque que tumbó a Manolo Martínez en 2015 es el mismo Bloque al que ahora no pone reparos a la eventual candidatura de Darío Campos.

Esa es otra. La consideración que tienen de las instituciones. Las diputaciones son entes aborrecibles si los gobierna el centroderecha, pero son focos de progreso si son ellos quienes están al mando. El BNG que demandaba la supresión de las diputaciones es el mismo BNG que ahora está dispuesto a participar en la gobernanza de tres de ellas. Otro ejercicio de coherencia.

Sí, las negociaciones de pactos estos días han dejado al descubierto la demagogia de la izquierda. Y ha clarificado el escenario político de cara a las autonómicas. Ha quedado demostrado que en 2020 los ciudadanos sólo podrán escoger entre dos alternativas. O un gobierno con mayoría del Partido Popular o un frente de izquierdas con el socialismo, el nacionalismo y el rupturismo.

Esa es la batalla en la que unos y otros están ya. Construyendo el relato para esos comicios. De ahí el extravagante triunfalismo que el PSdeG o el BNG están desplegando tras los resultados del 26M. Otro artificio más. Sí, la izquierda sumó más votos que la derecha en las municipales, pero también lo hiciera en 2015 y un año más tarde Núñez Feijoo cosechó su tercera mayoría absoluta.

Dicen que se está abriendo un cambio de ciclo como en 2005, pero olvidan que cada proceso electoral se disputa en coordenadas distintas. En las locales del 2007 socialistas y nacionalistas garantizaron el gobierno de las siete grandes ciudades de la comunidad y dos años más tarde cayó el bipartito. Si va de comparaciones, con todos los matices diferenciales, podríamos estar más cerca del 2001, con el PSOE corrigiendo el sorpasso de la «otra izquierda·, otrora el BNG y ahora el populismo, pero sin que ese reequilibrio de fuerzas en el tablero suponga un cambio de ciclo político.

En todo caso, la realidad nunca ha supuesto un obstáculo para la izquierda. En el poco noble arte de la demagogia llevan tiempo ejercitándose. El problema es que el suyo ni siquiera llega a ser un espectáculo de alta prestidigitación. Más bien solo un vulgar ejercicio de majadería. Y tarde o temprano, siempre, los trucos del trilero acaban siendo descubiertos por el público.

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