Interior de la librería Hojablanca
Interior de la librería Hojablanca - A.P.Herrera
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA. HACERSE EL VIVO

Hojablanca

Gracias a la presentación de mi novela Bailes de medio siglo en la Biblioteca del Alcázar pude conocer a Petra y Mila

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Una de las cosas buenas que tiene publicar es que te permite cerrar una puerta, es decir, poder abrir otras nuevas. De no ser así, la novela terminaría pudriéndose en el interior de uno, sometida hasta la muerte del autor al encono de infinitas correcciones. Otra de las cosas buenas -y creo que ya no hay más- es cierta gente que uno conoce y que termina tejiendo alrededor de tu vida esa maravillosa telaraña de hilos como venas purificadoras de tu propia sangre.

Así, gracias a la presentación de La vida muerta en Barcelona, pude conocer en persona a Juan Marsé, el escritor vivo que más admiro. Gracias igualmente a esa novela, al poco de publicarla recibí un mensaje de María José Muñoz, subdelegada de ABC en Toledo, proponiéndome escribir un artículo para el final del Año Greco, inicio de una colaboración que sigue hasta hoy.

También este es el caso de Petra y Mila, propietarias de la librería Hojablanca hasta el mes pasado, en que decidieron traspasar el negocio, y a las que conocí, primero a Mila, cuando ésta se presentó cargada de ejemplares en la presentación de Bailes de medio siglo, mi primera novela, en la Biblioteca Regional del Alcázar, allá por junio o julio de 2012. Yo la miraba de refilón, un tanto inquieto por su cara de mala uva, debido, pensaba yo entonces, a los pocos asistentes que habían acudido al acto. Pero con el paso del tiempo vi que sus facciones se relajaban y en su expresión se dibujaba una atención sincera, y, al finalizar la función, ya en la calle, nos fumamos un cigarrillo como si nos conociéramos de toda la vida y acordamos otra presentación en Hojablanca para alguna fecha próxima. De modo que, a los pocos meses, me vi allí, en la cueva de la librería, con la sensación de ser el guardián de un secreto sólo para iniciados o un caballero templario presidiendo un rito de iniciación de alguna logia masónica. Recuerdo que llevé una garrafa de cinco litros de vino embocado por si, llegado el caso, era necesario emborracharse, y recuerdo que cerraron la librería y seguimos allí todos, sentados en círculo, picoteando y bebiendo y fumando, charlando acerca de la vida más que de literatura, como debe ser.

Aquel fue el comienzo. Luego presenté también allí mi segunda novela y cada vez que visitaba Toledo no perdía ocasión de pasarme un rato para verlas, sentir su cercanía y su calidez y ese respeto con que manejaban libros, susurros y silencios. También para recoger algunos de los libros que les encargaba y que dejaban en la primera planta, en la estantería situada detrás de la mesa del ordenador, unidos por una goma y separados del resto por un papel con mi nombre, para que me los fuera llevando poco a poco. Siempre tenían mis novelas disponibles y alguna que otra vez me hablaron de turistas a los que se las habían recomendado. Cada vez que entraba en Hojablanca, salía de allí más contento, cosa que se agradece en estos tiempos en que cada vez es más frecuente entrar y salir a disgusto de todas partes.

Durante el último cigarrillo que nos fumamos, Mila me dijo, con los ojos enrojecidos de anticipada añoranza, que tenía pensado tomarse un merecido descanso e irse de viaje, no recuerdo si a Canadá, la Patagonia o la Conchinchina. En cualquier caso, allá donde vaya, irá acompañada de todas sus lecturas y del cariño de todos los que alguna vez nos sentimos como en casa en su librería, y una parte de mí permanecerá para siempre en esa mirada de reojo que me lanzaba por encima de sus gafas cada vez que me veía aparecer por la puerta, esbozando una sonrisa socarrona mientras seguía atendiendo a la clientela. Con ese aire generoso, indiferente y cómplice de los que han vivido, leído y soñado mucho.