Un enanito torea a una becerra, bajo la atenta mirada de Rafael Celis, el último bombero torero
Un enanito torea a una becerra, bajo la atenta mirada de Rafael Celis, el último bombero torero - DE SAN BERNARDO
Toros

El último bombero torero se jubila: se acabaron las risas

Almodóvar del Campo verá este viernes a Rafael Celis cortarse la coleta. Con él desaparece una saga familiar de toreros cómicos que ha durado 89 años

JUAN ANTONIO PÉREZ
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Rafael Celis, 54 años, valenciano, heredero de una famosa empresa familiar. Así, en frío, seguro que no les suena. Venga, otra pista más: trabaja con casco, mono azul y, coqueto él, se pone un bigote postizo. Su negocio, más bien su modo de vida, es único y, si no hay un arrepentimiento de última hora, se extinguirá sin remedio.

Nada, ¿no? Bueno, ahora seguro que sí lo recordarán: Rafael es el último bombero torero. El postrero heredero de una saga que no encuentra sucesor y que este viernes, a partir de las 18.30 horas en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), dará su última función. No faltarán, claro, sus inseparables enanitos. Como todo en la vida, también la risa tiene un principio y un final.

—¿Por qué se va?

—Pues porque ya me llegó la edad de jubilación. Esta es una profesión muy dura y como tampoco tengo una continuación dinástica...

Pablo Celis, en 1958
Pablo Celis, en 1958 - ARCHIVO ABC

El empresario taurino Jorge Buendía es quien ha hecho posible que «Rafa», al menos, se despida de los ruedos vestido de bombero. «Me enteré de que llevaba sin torear un año y medio y le llamé. Él me dijo que ya le quedaba poco para jubilarse y que lo iba a hacer este año. A mí me dio pena como aficionado, porque el primer espectáculo taurino al que fui de niño era el bombero torero. Entendí que se tenía que retirar con gloria en una plaza de toros. Ya toreó el 31 de agosto en Almazán (Soria) y ahora lo hará en Almodóvar. Estoy hablando con el Ayuntamiento para hacerle un reconocimiento», cuenta.

Rafael es el nieto de Pablo Celis, el inventor del bombero torero. Como exclamó Rafael «el Gallo» cuando le presentaron a José Ortega y Gasset y le dijeron que era filósofo: «¡Hay gente pa tó!». El caso es que Pablo era un muchacho de El Tejo (Cantabria) que quiso ser novillero y, como no era un dechado de virtudes, acabó recolocado en el toreo cómico. Actuó en la cuadrilla de Rafael Dutrús «Llapisera», mientras ayudaba como tramoyista en un teatro. Allí había siempre un bombero de guardia, con mostacho, con el que hizo amistad... y le dio pie a una idea: «¿Qué pasaría si saliera al ruedo disfrazado de bombero mientras esquivo como puedo las vaquillas? ¿Se reirá el público?».

Vaya que sí lo hizo. El estreno fue en 1928, en un festival a beneficio de los niños rusos refugiados tras la I Guerra Mundial. Pablo Celis pasó pronto de ser un torero bufo más a convertirse en el bombero torero. Una marca registrada, un sello de calidad, una historia de éxito. 25 años después, en 1953, tuvo otra idea genial: «¿Qué tal si incorporo a los enanitos y me monto mi propia compañía?». Pues también resultó, aunque «al principio costó que los enanitos (sacados del Circo Price) torearan», cuenta su nieto Rafael.

Pablo Celis, vestido de calle, con Hemingway en una imagen de 1960.
Pablo Celis, vestido de calle, con Hemingway en una imagen de 1960. - ARCHIVO ABC

Pablo tuvo cinco hijos y cuatro de ellos se dedicaron al mundo del toro: Eugenio y Manuel siguieron sus pasos como bomberos toreros, Pablo fue banderillero y Rafael, picador. Casi siempre el espectáculo cómico tuvo su parte seria en la que actuaba un chavalín que aspiraba a ser torero de luces. Entre esos jóvenes se cuentan los nombres, por ejemplo, de Antoñete, Ortega Cano, Espartaco o El Juli.

Rafael Celis, la tercera generación, se estrenó en 2002 y en estos últimos quince años le ha tocado vivir la peor época del bombero torero. La dictadura de lo políticamente correcto hizo que en 2008 el Ayuntamiento de Zaragoza, al que siguieron algunos otros, prohibiera los espectáculos con enanitos. Aunque la verdadera estocada, asegura Rafael, la dio la crisis económica.

—¿Cuántas cornadas tiene?

—Tengo puntacitos; cornadas, no. Nosotros lo que más hemos sufrido ha sido de huesos, que se tarda más en curar que una cornada. Además, no hay un tamaño estándar de ganado, depende de los empresarios: a veces te echaban un pedazo de novillo que había sobrado en un festejo y tenías que lidiarlo. ¿Y qué ibas a hacer? No te ibas a ir.

—¿A qué se va a dedicar ahora?

—En principio voy a ser amo de casa (risas). Y luego viajar, sobre todo por España. He ido a tantos sitios... pero no tenido tiempo de conocerlos.

—¿Últimamente nos reímos poco?

—Pues depende en qué ámbitos. Si nos ponemos a ver las noticias, todo son tragedias y problemas. Creo que debería haber más programas de humor.