Arturo Rodríguez, pastor de Alameda de la Sagra (Toledo)
Arturo Rodríguez, pastor de Alameda de la Sagra (Toledo) - A. Pérez Herrera

«Hay que estar un poco loco para ser pastor»

Arturo Rodríguez (Alameda de la Sagra, Toledo, 1958) lleva cuatro años trabajando de pastor después de largo tiempo en paro tras la crisis de la construcción

ToledoActualizado:

Cinco perros nos reciben ladrando, como si les hubieran dado cuerda, hasta que aparece su dueño. «Últimamente hemos tenido muchos robos en la zona y, aunque los perros no sirven para evitarlos, cuando ven a un desconocido se ponen nerviosos», se justifica Arturo Rodríguez (Alameda de la Sagra, Toledo, 1958), que lleva cuatro años trabajando de pastor en una finca arrendada próxima a su pueblo natal.

Son poco más de la diez de la mañana y Arturo está terminando de aviar a su rebaño, aunque lleva ya muchas horas en pie, pues a las cinco de la madrugada toca ordeñar a las ovejas por primera vez. La jornada comienza a esta hora pero, dependiendo de si sale al campo o no, se puede alargar sin parar hasta las nueve de la noche. Así, un día tras otro hasta enlazar los 365 días del año, sin domingos, festivos, vacaciones ni bajas. «No es un trabajo muy exigente, pero sí requiere echar muchas horas para tener todo en orden», reconoce.

Este alamedano de 60 años comenzó en 2014 con el oficio de pastor, al que llegó tras cuatro o cinco años en la estacada y después de estallar la burbuja inmobiliaria. Un reventón que dejó a mucha gente de la zona en el paro, como a él, que se dedicaba a la construcción. «No le deseo a nadie esa situación», manifiesta Arturo, quien reconoce que «empezar de cero es difícil», ya que llegó al pastoreo con las nociones justas.

El poco contacto que ha tenido con la profesión le viene de un tío que ejerció hace unos años. Ahora es el único pastor en el pueblo, algo que no le extraña porque «desde el principio, cuando comencé a pedir la licencia en 2012, todo han sido problemas y contratiempos, con el Ayuntamiento de Alameda de la Sagra, con los robos, con los seguros y con el mucho dinero que me queda por devolver del préstamo que pedí». Además, reconoce que «evidentemente» los pastos en La Sagra no son los mismos que los que hay en regiones más al norte. «Se vive al día y dependiendo del año», afirma.

A ello hay que sumar lo mucho que ha cambiado el oficio de un par de décadas a esta parte, ya que recuerda que antes un cántaro de leche de oveja costaba unas 800 «pelas» -pesetas, moneda anterior al euro en la que aún hablan muchos pastores de España para echar sus cuentas-, «que eran cuatro jornales de entonces»; mientras que ahora su precio ronda los 40 euros, que equivale a un jornal actual.

Algunas de las ovejas del rebaño de Arturo Rodríguez en Alameda de la Sagra
Algunas de las ovejas del rebaño de Arturo Rodríguez en Alameda de la Sagra - A. Pérez Herrera

Otro tanto pasa con el precio de la carne, ya que, por ejemplo, un cordero encalostrado -un recién nacido con tres, cuatro o cinco días- tiene ahora mismo un precio de unos 20 euros, mientras que un lechón de entre 8 y 10 kilogramos cuesta unos 40 o 45 euros. «Vale más la leche que se bebe», se lamenta. Por eso, considera que «la diferencia es abismal, ya que ahora además los precios son más elevados que los de antes y hay que hacer frente a los pagos de medicinas, veterinario, alquiler, luz, agua, piensos, forraje, seguros, autónomos y préstamos».

Este pastor comenzó con unas 230 ovejas, luego compró otras cien y ahora mismo cuenta con unas 350 cabezas de ganado, un rebaño que ha intentado ampliar varias veces, pero los numerosos robos han ido minando sus ánimos. «Yo he tenido el rebaño en venta, pero nadie lo quiere comprar», afirma. En la actualidad, vende la leche a Quesos Corcuera, una empresa de La Puebla de Montalbán (Toledo), y la carne de cordero, a un intermediario.

Con todo, a Arturo no le queda otra más que seguir, pues no encuentra un empleo mejor y le faltan cuatro o cinco años para jubilarse. «Es lo mejor que he encontrado para continuar cotizando y poder tener una pensión el día de mañana. Además, en mi caso, con la edad que tengo la Administración ayuda poco, ya que casi todas las subvenciones van dirigidas a los jóvenes que comienzan en la profesión».

Ese es precisamente uno de los síntomas del mal endémico que afecta al pastoreo, el relevo generacional. Un oficio que, en opinión de Arturo, «está claramente en vías de extinción y lo más triste de todo es que ello está terminando con la vida en los pueblos». Sin embargo, en su caso puede haber aún una esperanza de continuidad, ya que su hijo Jorge -de 33 años y un gran atleta especialista en carreras populares- puede ser su sustituto. «Sin interés ninguno -relata- viene a echarme una mano. Creo que le gusta, o no sé si lo hace por amor a su padre. Quizá, si obtuviera una ayuda en el futuro, barajaríamos la posibilidad de que se quedara con el rebaño. Pero, con las perspectivas que hay, con el poco dinero que se saca, lo veo muy negro», se lamenta.

No obstante, Arturo hace balance y saca algo positivo: los animales, el contacto con la naturaleza, huir un poco de la sociedad, salir al campo y disfrutar de la soledad. «Eso sí, si yo hubiera tenido un trabajo estable y digno, a lo mejor no me dedicaría a ello, porque hay que estar un poco loco para ser pastor, y más ahora».