El etarra Ángel María Tellería en julio, en la Audiencia Nacional - ABC

Treinta años tras las huellas de una sombra: el asesino de la inspectora García

Tellería vivía como un mendigo. Trabajaba y dormía en una ebanistería a cambio de cama y plato

MadridActualizado:

Es casi de noche en León, en el estado mexicano de Guanajuato. Un agente de paisano se acerca por la espalda a un hombre que camina encogido. Acaba de salir de una pequeña ebanistería y parece un mendigo. «¿Angel Tellería?», le pregunta. El interpelado se da la vuelta y no parpadea: «Sí, soy yo», responde, pese a que lleva más de 30 años sin oír su nombre y ha tenido tantos falsos que quizá ya no pueda recordarlos. Unos minutos después, un grupo de policías españoles se abraza en el coche en el que están camuflados junto a sus colegas: «Jefe, lo tenemos», escucha un mando al teléfono en su despacho de Madrid. Es 22 de febrero de 2017 y falta menos de un mes para que prescriba el asesinato por el que varias generaciones de policías han perseguido la sombra del etarra, reconvertido en un cuasi pordiosero.

Se llamaba María Josefa García Sánchez. Tenía 23 años y llevaba 16 días en la Brigada Central de Información cuando Tellería, Dienteputo y Txapela, miembros de un comando ilegal, la asesinaron en Zarautz (Guipúzcoa). Fue la primera mujer policía a la que mató ETA. Pertenecía a la primera promoción de inspectoras que tuvo el Cuerpo, mujeres de «sangre azul», que la derramaron como uno más. Era 15 de junio de 1981. Habían dado con el piso franco de los terroristas.

María Josefa subió por las escaleras mientras sus colegas tomaban el ascensor. Se cruzó con la muerte en la primera planta. Un tiro en la cabeza, disparado por José Luis Eciolaza Galán, «Dienteputo», según recoge la sentencia dictada hace solo unas semanas. Los tres etarras huyeron. Solo se pudo condenar a dos colaboradores. Txapela, uno de los tres, fue asesinado por los GAL en 1984; Dienteputo estaría refugiado en Venezuela y a Tellería se le situaba en México. Jamás se le había localizado.

Una foto ampliada de la inspectora García cuelga en el despacho de los jefes de la Unidad Central de Información Interior desde entonces. Cada mando que se ha sentado ahí en las tres últimas décadas se ha propuesto detener a los asesinos de esa policía. «Sabíamos que Tellería era importantísimo pero hasta que lo trajimos de vuelta y vimos llorar a alguno de los jefes no fuimos conscientes de todo lo que representaba», cuenta uno de los policías que lo capturó en México.

En 2012, tras el cese de los asesinatos de ETA, los agentes de la lucha antiterrorista empezaron a trabajar en casos no resueltos. Desde ese año y hasta febrero de 2017 un grupo de agentes ha viajado y perseguido de forma intermitente a Ángel Tellería, los seis últimos meses viviendo allí y jugándose el tipo en territorio narco.

Huyó con su mujer etarra

Ángel María Tellería Uriarte carga con un currículum de muerte desde antes de los 20 años. Ingresó en ETA en 1972 y dos años después ya integraba el comando de legales Txabi Echevarrieta. En 1980 tras la caída del talde, pasa a la clandestinidad en Francia. Durante los años siguientes vuelve al País Vasco para matar a cuatro guardias civiles y a la inspectora García, entre otros. Le da tiempo mientras a casarse en Hendaya con otra etarra, María Jesús Arana Bado, con la que tuvo dos hijos, y a trabajar como guarda de seguridad en la estación de tren. Cuando los GAL matan a Txapela, su compañero de comando, Tellería huye a México con su familia creyendo que va a ser el siguiente (1987). En treinta años no había vuelto a tener contacto con España.

«Lo acoge el colectivo de refugiados de México al que la organización aporta recursos. Gente que ya no tiene causas pendientes crea allí empresas y eso proporciona cobertura a muchos», explican a ABC tres de los policías que persiguieron sobre el terreno a Tellería o más bien a su sombra entre octubre de 2016 y febrero de 2017. «Pasamos allí las Navidades y el Año Nuevo. Las dificultades crecían, no lo situábamos y la prescripción del asesinato se acercaba», relatan con la emoción de aquellas semanas de infarto rescatada de su memoria.

Ángel Tellería en 1970 (izd.) y en 2017 (dcha.)
Ángel Tellería en 1970 (izd.) y en 2017 (dcha.) - ABC

Tellería, eso se supo mucho después, y con una de las identidades falsas que le proporcionó ETA, aprendió el oficio de carpintero en la empresa de madera «Monte Albán» de un miembro del colectivo vasco. En los noventa proporcionó infraestuctura a los miembros de ETA Mikel Arrieta y Esteban Murillo y formó parte del talde «Proyectos en terceros países-Bikingoak», dedicado a buscar santuarios etarras en Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, Belize o República Dominicana.

Pese a los esfuerzos policiales en aquellos años nunca fue localizado. Y con el paso del tiempo las investigaciones se complicaron. «No se sabe bien en qué momento, Tellería tuvo varios desencuentros con miembros de la organización y decidió buscarse la vida por su cuenta, al margen del colectivo de refugiados y de la propia ETA», detallan los investigadores.

«La actividad orgánica siempre deja algún rastro, pero él se convirtió en una sombra al romper con todo». El etarra adopta entonces un perfil muy bajo, que le ha permitido esa vida de prófugo sin dejar huella. Se divorcia de su mujer, que regresa a España con sus hijos y se casa con una mexicana, de la que luego también se separó. Después de su detención y ya en el avión que lo traía de vuelta a España confesó a los policías que ni siquiera a ella le contó quién era. «Nunca he contado mi historia a nadie», les dijo.

A la poquísima gente con la que se relacionaba se presentaba como un carpintero de Burgos; trabajó como vigilante de seguridad y conserje, deambuló por varias ciudades y estados de México (Jalisco, Sinaloa, Guanajuato) y solo se paraba cuando encontraba un trabajo para subsistir. No tenía cuentas a su nombre ni propiedades ni amigos... en realidad no tenía nada ni identidad porque los papeles falsos también le habían caducado.

El abrazo de su hermana

Desde los años 70 no existían fotos suyas. «Perseguíamos a un fantasma, cuando lográbamos alguna referencia al final nunca estaba». El trabajo fue codo con codo con equipos de los servicios secretos mexicanos. En Guanajuato apareció una imagen a finales de febrero de 2017, de un vagabundo con gorra, encogido y huidizo. Salía de una pequeña ebanistería, compraba bocadillos cerca y recogía las colillas del suelo para fumárselas. Había que arriesgarse o nunca se le haría justicia a María Ángeles. «¿Ángel Tellería? Sí, soy yo». La respuesta fue su ruina. Sus huellas lo confirmaron. El pistolero vivía en la carpintería, en un camastro detrás de una cortina. Trabajaba a cambio de cama y plato.

«No se arrepentía de nada ni quería saber nada de ETA. No ha vuelto a tener contacto con sus hijos. Estaba pasando hambre. Yo creo que le hemos hecho un favor», dicen los policías que lo trajeron a una cárcel española. La pisó por primera vez a los 61 años. Acaba de ser condenado a 42 por el asesinato de la inspectora García.

Poco después de la detención, hubo un acto para agredecer al Cisen su ayuda. «Solo quería conoceros, ver la cara de quienes habían cogido al asesino de mi hermana», les dijo Almudena, también compañera de los agentes abrazándolos. Estaban todos los jefes y el ministro Zoido. Ellos se quedan con ese abrazo. «Supimos más que nunca que había merecido la pena».