Apretón de manos entre Macri y Rajoy en febrero de 2017 en un acto en La Moncloa
Apretón de manos entre Macri y Rajoy en febrero de 2017 en un acto en La Moncloa - JAIME GARCÍA

Pasión y cordura en Buenos Aires

Tras la convulsa etapa del matrimonio Kirchner, las relaciones bilaterales pasan por un buen momento

Buenos AiresActualizado:

En el Foro de la pasada semana de ABC en Buenos Aires, Eduardo Menem, ex presidente del Senado y peronista, garantizó que Mauricio Macri, liberal sin exageraciones, nunca se comportaría como lo hizo el difunto Néstor Kirchner, o su viuda, con España. En su intervención en el Foro, Menem recordó una escena de José María Cuevas, a la salida de una reunión en Madrid entre Kirchner y la CEOE, que resumía el clima latente: «Nos ha puesto a parir», protestó airado el por entonces presidente de los empresarios.

Corría el año 2003 y José María Aznar, pese a que Kirchner apuntaba maneras, se mostraba abierto y comprensivo ante una Argentina que empezaba a salir de la crisis política, económica y social más profunda de su historia. Los problemas entre ambos países, apuntaban, fundamentalmente, a la recuperación de unas tarifas de servicios públicos que habían quedado congeladas en el 2001.

En ese contexto -sin solución hasta el Gobierno de Macri- la llegada abrupta de José Luis Rodríguez Zapatero a Moncloa fue una noticia feliz para el matrimonio Kirchner. Su embajador en Madrid, Carlos Bettini, reconocería su confianza infinita, como así fue, en un presidente con el que aseguró que iría de la mano «hasta al infierno». Profecía auto cumplida, con ZP en la Presidencia, también los inversores españoles en Argentina asumieron, resignados, el desgraciado ciclo que se avecinaba y aprendieron que, con Cristina Fernández en la Casa Rosada, el panorama sería negro. A los que todavía les iba bien se les prohibió repatriar dividendos y a los que tenían acciones en el sistema de jubilación privada, tras su nacionalización, les colocaron representantes/comisarios políticos, en sus Consejos de Administración.

Todo era susceptible de empeorar y así fue. En esa pista de baile internacional a Mariano Rajoy le tocó bailar con el problema más feo de todos: la intervención y posterior expropiación de la mayoría de las acciones de YPF en Repsol. Al terremoto que provocó esa medida de la viuda de Kirchner había que sumar los desplantes, burlas y traiciones a España (Caso YPF, Aerolíneas Argentinas, etc). La presidenta llegó a referirse a Luis de Guindos en una «cadena nacional» de televisión, como «el pelao» con el que se le «atragantaba la tostada en el desayuno».

La hispanofobia se palpaba y extendía por el aparato de propaganda del régimen. Caso insólito, alcanzó al colectivo dramático donde, hasta la voz de Pablo Echarri, servía en SAGAI (la sociedad de derechos de intérpretes) para hablar con desprecio y tratar como colonizadores a los actores a los que, por cierto, no abonaban los derechos que les correspondían.

Con estos antecedentes, la llegada de Mauricio Macri supuso un vendaval de aire fresco para Argentina pero también para España y el resto del mundo. Como declaró el presidente, en la entrevista del domingo a Bieito Rubido, las relaciones de ahora entre nuestros países son como las de «dos amantes que se han reencontrado». Con pasión pero también cordura.