Meritxell Batet y Manuel Cruz, propuestos por Sánchez para presidir el Congreso y Senado respectivamente
Meritxell Batet y Manuel Cruz, propuestos por Sánchez para presidir el Congreso y Senado respectivamente

El PSC, en fase creciente

Con Batet y Cruz, el partido recupera cuota de poder en Madrid y sitúa la cuestión territorial en el centro del debate

BarcelonaActualizado:

Un poco como le pasa al Barcelona de fútbol, el PSC es un partido con querencia ciclotímica. De las depresiones más absolutas se pasa a momentos de euforia, un sube y baja no necesariamente acompasado a los resultados electorales y que en los últimos años de aceleración de los tiempos políticos –otra de las consecuencias del llamado «procés»– aún se ha hecho más patente. Ahora, y siguiendo con el símil futbolístico, la sensación entre los socialistas catalanes es la de haber acabado de ganar un título tras años de sequía.

Al «shock» que siguió el veto del independentismo a la designación del primer secretario Miquel Iceta como senador –pocas veces se ha visto al muy curtido político tan abatido, y dolido, por el no de JpC y ERC– le ha seguido el subidón tras conocerse que el independiente vinculado al partido Manuel Cruz era la propuesta alternativa para presidir el Senado y que Meritxell Batet se hará con la presidencia del Congreso. «¡Toma dos tazas!», se ha gritado en el PSC casi como si se celebrase en el Camp Nou un doblete de Liga y Copa. Lo de ganar una Champions –que vendría a ser la presidencia de la Generalitat– es aún una aspiración inalcanzable.

En cualquier caso, también las caras del PSC de 2019 distan mucho de las del ambiente funerario de 2016, cuando la candidatura que encabezó precisamente Meritxell Batet consiguió tan solo siete escaños. Se diluía entonces un poco más el músculo político y social de un partido que ya había empezado su particular vía crucis seis años antes, cuando Artur Mas consiguió desalojar a José Montilla del Palau de la Generalitat y el tripartito de izquierdas fue sustituido por una Convergència que aún no había descubierto las bondades de la «estelada».

Desde entonces, el PSC ha ido perdiendo peso progresivamente, ha visto cómo el todopoderoso cinturón rojo mutaba primero en naranja y luego en morado, y ha emprendido una travesía que parece llegar ahora a su fin. Ciertamente, con Batet y Cruz como tercera y cuarta autoridad del Estado el PSC se hace con una cuota de poder e influencia notable, algo que solo puede verse ampliado si, además, logra algún asiento en el Consejo de Ministros –donde reside el poder real, recuerdan fuentes políticas– y, ya en el ámbito europeo, a Josep Borrell se le asignan responsabilidades como comisario.

Al menos nominalmente, el «momento» del PSC solo es comparable a los tiempos de Felipe González en los que Narcís Serra coincidió con otros cuatro ministros catalanes en sucesivas etapas. Primero como ministro de Defensa (1982-1991), cuando en el primer gabinete del PSOE coincidió con Ernest Lluch (ministro de Sanidad entre 1982 y 1986) y Joan Majó (titular de Industria entre 1985 y 1986); y posteriormente, ya con Serra como vicepresidente del Gobierno (1991-1995), cuando la cuota catalana la formaban Josep Borrell (ministro de Obras Públicas entre 1991 y 1996) y Jordi Solé Tura (responsable de Cultura entre 1991 y 1993).

Como en el pasado

Si además de Batet y Cruz controlando las Cortes, en su nuevo gabinete Pedro Sánchez integra a ministros catalanes, el peso del PSC crecerá aún más, dando continuidad a una práctica, la de integrar ministros catalanes, que, sin excepciones, en mayor o menor medida, han cumplido todos los gobiernos, fueran del signo que fueran: Punset o Mayor Zaragoza se integraron en los gobiernos de Suárez y Calvo Sotelo; los ya citados en la etapa de González; Valdecasas, Birulés y Piqué en los ejecutivos de Aznar; Chacón, Corbacho, Clos y Montilla con Zapatero; y Fernández Díaz y Montserrat con Rajoy. Sánchez siguió con la tradición y colocó a Batet al frente de Administraciones Públicas, algo así en los tiempos que corren como un ministerio de «asuntos catalanes».

Pero más allá de los cargos, importantes, sin duda, la percepción en el PSC es la de que su influencia es creciente, con independencia de la fluida relación entre Sánchez e Iceta. El futuro presidente Sánchez devuelve al PSC su decisivo apoyo en el proceso de primarias (82% de apoyos frente a Susana Díaz), y antes en el «no es no» a la investidura de Mariano Rajoy, cuando los diputados socialistas catalanes rompieron la disciplina de voto, como la hoy ministra de Defensa en funciones, Margarita Robles, entre otros.

En paralelo, la cuestión territorial, y en concreto la aspiración federal, ocuparán el centro del debate, algo que, paradójicamente, se produce cuando este asunto, incómodo en los tiempos del «procés», aparecía más difuso que nunca en el campo socialista, con una clamorosa omisión del mismo en los programas electorales del PSOE y PSC en las últimas generales. Poco rentable electoralmente en una Cataluña polarizada, aún menos en el resto de España, al run run federalista se le había puesto sordina. Un PSC en fase creciente lo vuelve a poner sobre la mesa.