El PIB entra en crisis

Los expertos instan a avanzar hacia una mezcla de indicadores que ofrezca una imagen más ajustada de la evolución del bienestar social

La OCDE ya trabaja en un sistema para dar visibilidad en las cuentas nacionales a la economía digital y los modelos colaborativos

MadridActualizado:

España es el vigésimosexto país con mayor progreso humano. ¿Según quién? Las Naciones Unidas. España es la decimocuarta economía global. ¿Según quién? El Banco Mundial. La diferencia está en qué mide cada indicador. El primero gira en torno a valores monetarios pero también sociales; el segundo, simple y llanamente, toma en cuenta el Producto Interior Bruto (PIB). ¿Cuál es más fiable para evaluar el desarrollo? La respuesta varía según a quién le preguntes. No existe una verdad inmutable sobre qué indicador aporta una radiografía más exacta del desarrollo de un país. Es más, la crisis económica ha provocado que varios Estados se replanteen -o al menos piensen en ello- la idoneidad del tradicional PIB.

Nueva Zelanda, en el World Economic Forum de este año, ya avisó de que esa manera de medir su economía dejaría de ser hegemónica. Dicho y hecho. Ese país presentó a finales de mayo sus llamados «Presupuestos del Bienestar»; una suerte de cuentas basadas no solo en la contabilidad nacional sino en el bienestar de su gente. Primera economía relativamente relevante que cambia las reglas del juego. Francia, bajo el mandato de Nicolas Sarkozy, ya alentó una investigación para dilucidar qué era lo más correcto. Lo hizo con la puesta en marcha de la llamada Comisión Stiglitz -porque ese Nobel de Economía, de nombre Joseph, fue quien la presidió-. Su objetivo: ver qué podía hacerse para escapar de enfoques tan cuantitativos y evaluar realmente la riqueza social.

El proyecto empezó, tuvo recorrido y finalizó. No cayó en saco roto, sino que se convirtió en uno de los grandes trabajos de referencia sobre las carencias del PIB como medidor de una economía y el bienestar de las personas en ella. Tal es así que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) siguió sus pasos para dar a luz años después el libro «Beyond GDP: measuring what counts for economic and social performance». Entre las ideas de esta obra se desprende que la humanidad falló al evaluar la crisis económica solo conforme al PIB. Habla de que la recesión habría sido menor utilizando otras métricas, que distintos indicadores habrían percibido la profundidad real de la crisis más tempranamente y los gobernantes habrían podido reaccionar antes. A toro pasado, la OCDE no duda en señalar que el PIB no aportó una alerta adecuada de lo que estaba a la vuelta de la esquina.

Notables diferencias

«El bienestar y el PIB nos dicen cosas diferentes. Por lo tanto, es mejor verlos como complementos, en lugar de sustitutos, y tienen diferentes usos. No se puede hacer un pronóstico macroeconómico basado solo en indicadores de bienestar. Pero, igualmente, no se puede entender lo que está sucediendo en la vida de las personas basándose únicamente en el PIB. Necesitas ambos», dice Carrie Exton, jefe del Departamento de Monitorización del Bienestar y el Progreso de la OCDE.

La propia organización entona el «mea culpa» por no haber visto entonces los claroscuros del PIB. Bueno, no exactamente por ello; su alerta va más sobre cómo se usan las métricas. «Las medidas en sí mismas no causan problemas; la mayoría de los problemas surgen cuando utilizamos medidas indebidamente o las aplicamos en el contexto incorrecto. El PIB nunca fue diseñado para medir el bienestar de las personas, y no puede decirnos qué impacto tendrá una elección política en la vida de la gente», dice Exton. El PIB fue ideado para monitorizar las transacciones del mercado; ni más, ni menos. «Se transformó el siglo pasado de forma importante cuando los políticos empezaron a utilizarlo con efecto electoralista», señala Juan Carlos Higueras, profesor de Economía de EAE Business School. Es decir, que la clase política desvirtuó su significado hasta situarlo como medida primera y última del buen comportamiento de una economía.

España, de 1985 a 2015, ha perdido un 3,7% de clase media y ha «ganado» un 3,6% de clase pobre; nuestro PIB, en cambio, ha aumentado un 627% en ese mismo periodo

¿Por qué el PIB no es un indicador 100% adecuado para valorar el desarrollo de un país? Porque deja fuera muchos aspectos que para la economía no son esenciales, pero sí para el progreso de la sociedad en su conjunto. Las métricas tradicionales obvian, por ejemplo, la calidad del empleo, la redistribución de la riqueza, la desigualdad, la corrupción, la salud mental, la seguridad... y un sinfín de elementos más que conforman el avance social. La diferencia se aprecia en el ranking del Índice de Desarrollo Humano de la ONU y el del PIB del Banco Mundial. España está doce puestos más abajo en el primero que en el segundo, sin ir más lejos. «Si lo que te importa son factores de bienestar, el PIB no va a ser la guía más confiable o precisa», asegura el responsable del ramo en la OCDE. De ahí las grandes diferencias en la clasificación.

Adrià Morron, economista de Caixabank Research, pone de manifiesto la llamada «paradoja de Easterlin». «Ésta dice que cuando se experimenta un aumento del PIB per cápita, no se ve tan claro en el caso de la felicidad», recuerda. Y aporta dos razones por las que esto sucede: «Primero, porque nos acostumbramos rápidamente a las nuevas realidades (si ganamos la lotería, pronto te acostumbras y tiene un efecto transitorio); segundo, porque a la felicidad afecta cómo nos comparamos con los que tenemos alrededor, es decir, si todos se enriquecen les vemos parecidos y no nos afecta tanto». Sin embargo, este experto reconoce que, a día de hoy, el PIB sigue siendo una medida útil, aunque imperfecta. Como ejemplo, Morron detalla que hay estudios que explican que el PIB de EE.UU. sería un 25% mayor en caso de que se contabilizara el trabajo doméstico que realizamos cada uno en casa.

El reto tecnológico

Las nuevas tecnologías, además, suponen un nuevo reto que añadir a la contabilidad nacional. Hay actividades que directamente quedan fuera. «Uno de los problemas es el tema de las nuevas tecnologías, la economía digital, los bienes gratuitos, la importancia del capital intangible... que son todos elementos que empujan el crecimiento y lo harán las próximas décadas. En todos ellos, es especialmente difícil medir su valor monetario», sostiene Morron.

Desde la OCDE sostienen que la mayoría de las actividades subyacentes a la economía digital ya están incluidas en el indicador tradicional, pero que en ocasiones no siempre es visible. Por ello, ya se han puesto manos a la obra para poder cuantificar ciertos elementos. «Para mejorar su visibilidad, estamos desarrollando tablas de uso de actividades digitales que identificarán transacciones específicas, productos e industrias afectadas por la digitalización. Las tablas proporcionarán una serie de indicadores comparables a nivel internacional sobre el nivel y el crecimiento de la actividad digital», cuenta Exton.

La solución -dicen los expertos consultados- no está en sustituir unos indicadores por otros, sino avanzar hacia una mezcla de todos ellos que aporten un panorama real y preciso de una economía y su población. Por ejemplo, para que los Estados se percaten de que aunque la crisis ha quedado atrás en términos de PIB, los ciudadanos no lo han percibido como tal, según indica el citado libro de la OCDE. Es más, siguiendo cifras de esta misma institución, se aprecia que las clases medias son cada vez más estrechas, al tiempo que aumentan los pobres. España, de 1985 a 2015, ha perdido un 3,7% de clase media y ha «ganado» un 3,6% de clase pobre; nuestro PIB, en cambio, ha aumentado un 627% en ese mismo periodo.

Asimismo, la propuesta tampoco debe pasar por hacer un indicador único para todo, según apunta Higueras, del EAE. «Generaría mucho problema», dice, especialmente en relación a que hay elementos, como la felicidad, que son muy subjetivos.

El PIB tiene sus bondades pero también sus lagunas. ¿Cómo medimos el bienestar? ¿Más dinero significa una vida mejor? Preguntas, por el momento, sin una respuesta absoluta sino que entran incluso ya en el terreno filosófico. De momento existe el experimento de Nueva Zelanda. Fallido o no, el debate está en el aire; y más ahora que los vientos de crisis vuelven a empezar a soplar.