US OpenLa noche que cambió el año de Nadal

En el Godó, Nadal reconoció estar pasando por un momento delicado y se sentó con su equipo para reconducir la situación. El resultado es una temporada estupenda con la guinda de Nueva York

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Las fotos que consumen hoy, con Rafael Nadal cerrando puños y embriagado por la alegría, resumen una temporada estupenda, pero mucho más compleja de lo que se pueda imaginar. Gana Nadal, gana como casi siempre, y se le da por seguro en los altares, tan brillante es su carrera. Cuesta imaginar un año sin el balear en el palmarés de los Grand Slams, pero si alguna vez parecía improbable ha sido ésta. En el despertar de la primavera, por norma una estación repleta de mordiscos y trofeos, al mallorquín se le fundieron los plomos e incluso llegó a pasarlo francamente mal. Pero él, empeñado en luchar porque solo así entiende el deporte, se sentó con su equipo y se puso a trabajar para darle la vuelta a la situación. He aquí el resultado.

En el Trofeo Conde de Godó, un evento 100% Nadal, de los más especiales para él porque juega en casa y porque se lo suele llevar, el tenista español evidenció un bajón alarmante. Es normal que un deportista tenga picos de forma, e incluso motivaciones distintas a lo largo de la carrera, pero lo que no era nada común es que Nadal admitiera abiertamente que había perdido parte de la ilusión antes de la gira europea por la tierra batida.

El origen de ese problema estaba en las lesiones, desesperado el número dos del mundo porque si no es una cosa es la otra. De Australia, más que digna su participación (dura paliza recibida ante Novak Djokovic), pasó a jugar en Acapulco, y ahí tuvo un problema en la mano que le impidió preparar en condiciones el Abierto de México (perdió en segunda ronda con Nick Kyrgios). El punto crítico, sin embargo, llegó en Indian Wells, castigado por la rodilla en los cuartos de final ante Karen Khachanov. La tendinitis le volvía a torturar, obligado a retirarse antes de las semifinales contra Roger Federer. Ya no jugaría Miami (tampoco estaba en la hoja de ruta) y anunció que se pondría a trabajar de inmediato para llegar bien a la tierra, pero su cabeza se nubló.

Fue muy discreta su actuación en Montecarlo y desastroso el debut en el Godó. Ganó a Leo Mayer, pero, en palabras suyas, jugó rematadamente mal, así que pidió audiencia a los suyos y empezaron a perfilar la ruta que le ha llevado hoy hasta el cielo de Nueva York. En todo este periodo, la figura de Carlos Moyá ha sido imprescindible, muchas veces amigo antes que entrenador.

Éxtasis en París

En junio, abrazado a la Copa de los Mosqueteros, disparado hacia la eternidad con su duodécimo Roland Garros, demostró que está prohibido dudar de él, que Nadal siempre vuelve, o al menos lo va a intentar. Se impuso en París con una autoridad asombrosa y esa felicidad anulaba cualquier angustia de los meses pasados. Se ponía, además, con 18 Grand Slams y quedaba a dos de Roger Federer, quien luego le eliminó en las semifinales de Wimbledon. El verano de Nadal no tiene manchas, no en lo que a resultados se refiere. Jugó el Masters 1.000 de Canadá y revalidó su corona, buenas sensaciones con vistas al US Open.

Hoy, Nadal tiene a tiro ser el más grande, entiéndase la sentencia como el que más majors posee en sus vitrinas. Con su cuarto US Open, se coloca con 19 e inquieta el trono de Federer (20) y se aleja un poquito de Djokovic (16). La temporada está más que salvada, y cuando haga balance recordará que la de 2019 es una de las más especiales. Pasó de estar hundido en Barcelona a emerger con la rabia y la integridad que le caracteriza. Por eso es Rafael Nadal.