Vuelta a España

La Covatilla pertenece a una banda

La cuesta donde hoy termina la etapa vivió en la Vuelta 2002 una jornada de traiciones y pactos ocultos

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Un día antes de la contrarreloj final en Madrid (41 km.), este periódico solicitó una entrevista con Aitor González, entonces segundo clasificado en la Vuelta a 1 minuto y 12 segundos de Heras. La charla, que quedó grabada, daba por hecho que iba a remontar y que la ronda sería suya. Si no hubiera ganado aquella edición, la entrevista nunca se habría publicado. Y sí, ocupó una página. Así se tituló: «No soy un chulo, soy sincero».

Aitor González corría en el Kelme, el equipo que había designado como líder al mediático Óscar Sevilla. Pero Aitor, en realidad, pertenecía a otro grupo, el de sus amigos Miguel Ángel Martín Perdiguero, Santos González y Rubén Lobato, tres compañeros de entrenamiento enrolados en el Acqua e Sapone de Mario Cipollini. Formaban una banda. Y esa Vuelta les puso nombre: la banda de la Covatilla, del puerto salmantino que se estrenó aquel año y que hoy vuelve al trazado de la Vuelta con sus diez kilómetros y una pendiente media del 7,1%. Servirá para seleccionar de verdad a los favoritos, Valverde, Quintana, Urán, Mas, De la Cruz, Ion Izagirre, López, Aru, Pinot, Yates...Entonces fue el escenario de un enredo de traiciones y pactos ocultos.

Aitor, nacido en Zumarraga y criado en Alicante, pudo hasta con David Millar en la contrarreloj de Córdoba. Y se escapó para ganar a lo bestia la etapa de Ubrique. Con todo, el Kelme mantenía su apuesta por Sevilla. Aitor sonreía. Algo tramaba. En el Angliru, bajo la lluvia, apretó en cuanto vio flojear a Sevilla. En el coche del Kelme se tiraban de los pelos. Guerra interna. Para colmo, el gran rival de ambos, Roberto Heras (US Postal) aplastó al final a Aitor, que se vino abajo y perdió más de dos minutos. Lío en el Kelme. Aitor ni se inmutó. «La verdad es que me hice más famoso por ese ataque que por todo lo que había conseguido antes en mi vida como profesional. He saltado a la fama y casi me ha venido hasta bien», apuntó el guipuzcoano en aquella entrevista. «Aitor me ha eliminado», bramó Sevilla.

Heras llegó con el maillot amarillo a la etapa de la Covatilla, la última de montaña antes de la contrarreloj final que iba del Parque Warner al Santiago Bernabéu. Heras, de Béjar, se iba a jugar la carrera en su montaña. Aventajaba en poco más de medio minuto a Aitor. Necesita más. Pero no tenía gregarios de nivel en el US Postal. Y en la primera rampa del puerto aparecieron de la chistera los tres del Acqua e Sapone, Lobato, Santos González y Perdiguero. Descosidos. Tiraron de Heras como si no hubiera mañana. Destrozaron primero a Sevilla. Y, por último, dejaron a Heras sólo en compañía de Aitor. Heras le atacó hasta ahogarle. Pero no logró lo que buscaba. Ni ganó la etapa, que fue para su vecino Santi Blanco, ni distanció lo suficiente a su rival, apenas 39 segundos. Iba a defender el liderato con 1 minuto y 12 segundos en 41 kilómetros cronometrados y planos. Sabía que estaba perdido. Y Aitor se sabía ganador. Por eso dio la entrevista por adelantado.

Quedaba una pregunta por resolver: ¿Por qué habían tirado los tres de Acqua en favor de Heras y contra su amigo Aitor? Se supuso que el US Postal les ofreció alguna compensación. Eso no es tan extraño en el ciclismo. Lo que sí sorprendió fue, ya en el Bernabéu, el abrazo de Perdiguero con Aitor cuando el guipuzcoano certificó su triunfo. Ahí se entendió todo. La banda de la Covatilla había cobrado del US Postal de Heras, pero, en realidad, había tirado para distanciar a Sevilla, el rival en el Kelme de su colega. «Creo que le hemos hecho un favor a Aitor. Sabíamos que estaba muy fuerte y que no iba a perder la Vuelta aquí», dijo después Perdiguero. Seguro que en Alicante la banda montó una fiesta a lo grande, bien financiada por el engañado Heras.