Luis Gil, en una imagen de archivo
Luis Gil, en una imagen de archivo

Luis Gil, el joyero de la alta sociedad madrileña

Desaparecido esta semana tras años retirado, Madrid hasta la fecha no ha dado mejores joyeros que él. Naty Abascal, Carmen Franco o Tessa de Baviera estaban entre sus clientas

MADRIDActualizado:

«Si te gusta, te acompaño y te hace una parecida», me dijo hace años una relaciones públicas, que ejercía también de tapadillo de comercial del joyero Luis Gil, fallecido esta semana a los 90 años. «Infiltrada» en la sociedad madrileña, aprovechaba cualquier oportunidad para rentabilizar el día, y cuando le comenté lo que me gustaba un sencillo anillo con un granate que ella llevaba puesto, no dudó en hacerme la propuesta. «Y si no, vamos juntas y allí eliges lo que quieras». Para ese viaje -pensé yo- no me hacen falta alforjas.

El piso de Luis Gil en la esquina de Serrano y Hermosilla, donde el joyero ha residido durante casi toda su vida, fue a donde trasladó su «centro de operaciones» tras cerrar la tienda que tenía en el local de abajo del mismo majestuoso edificio de Serrano, 25. Es allí donde también se encuentra el Centro Riojano en Madrid. Al cerrar su establecimento, hará pronto veinte años, Luis Gil, con buen ojo, «reclutó» a muchas de sus clientas como comerciales a comisión. Una buena idea de no ser porque en ocasiones escogía a alguna que otra señora con poco predicamento y más enemigos que otra cosa. De otro modo, otro gallo hubiera cantado para el genial joyero.

Elegante y honrado

Porque a elegante, sobrio y majestuoso, no le ganaba nadie. Quizás Gil haya sido el Balenciaga de la joyería española. Con un sello inconfundible, tocaba sus creaciones con la varita mágica, elaborando lo que se podría definir como joyas de siempre y para siempre, con un halo de grandeza y simplicidad a la vez. A sus anillos no les sobraba ni les faltaba una piedra o un adorno. Dotado de una especial capacidad para rodearse de belleza y con un ojo clínico para no quedarse corto ni pasarse, Luis Gil conquistó a la flor y nata de la sociedad madrileña.

Decir que señoras como Carmen Franco, Aline Romanones, Charo Palacios, Naty Abascal o Tessa de Baviera estaban entre sus leales clientas, basta para comprender que se trataba no solo de un maestro artísticamente hablando, sino también de un profesional honrado al máximo, puesto que las joyas siempre corren el riesgo de «devaluarse» en manos inexpertas o desconocidas. Es por ello que las grandes familias le confiaban sus encargos, las remodelaciones de piezas de otras generaciones y la actualización de clásicos heredados, sin miedo a que se degradase lo más mínimo la materia prima o el nivel de las joyas.

Luis Gil es también conocido por haber sido el responsable de la renovación de un parure de esmeraldas de Anita Delgado, la maharaní de Kapurthala, que Luis de Figueroa y Pérez de Guzman el Bueno, Conde de Romanones, acabó regalándole a su mujer, la elegante y recientemente fallecida, Aline Griffith. Tras subastarlo Aline en 2011 en la sede de Sotheby’s en Ginebra, acabó en manos de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, que lo ha lucido con garbo.

Luis Gil, que seguía trabajando desde casa por encargo, ha muerto en Madrid a los 90 años esta semana. Aunque en la Joyería Suárez han sabido recrear algunos anillos con su estilo limpio y clásico, quizás pasará mucho tiempo hasta que tengamos en España otro joyero con la técnica refinada y el ojo elegante de Luis Gil. Contrariamente a la opinión de tantos expertos en Recursos Humanos en el mundo de la moda o el diseño, con frecuencia el genio creativo es insustituible.