Galicia

El incendio perfecto

Condiciones meteorológicas extremas y la concurrencia de factores sociales y de ordenación del monte hacen de la comarca de Verín una víctima fácil para las llamas

√Ārboles calcinados en el incendio en Ver√≠n de principios de agosto
√Ārboles calcinados en el incendio en Ver√≠n de principios de agosto - BRAIS LORENZO/EFE

El tercer día de agosto, a las cuatro y media de la tarde, se declaraba en la parroquia verinesa de Vilamaior el que acabaría por convertirse en el mayor incendio de esta campaña hasta la fecha, con un balance final de cerca de 1.400 hectáreas calcinadas. Sólo unos días antes, en el mismo entorno de la ermita de Os Remedios, se había conseguido atajar a tiempo el fuego iniciado por una chispa de maquinaria. El 15 de julio las llamas comenzaban en la parroquia de Feces de Cima, arrasando otras 132 hectáreas. Y la cuenta suma y sigue, reincidente cada año.

La de la comarca de Verín es una crónica de fuego anunciada, con llamas que de forma reiterada vuelven a avanzar en cada campaña sobre un terreno abonado para el fuego. En un escenario en el que la acción delictiva representa el «último reducto» –en palabras del director xeral de Ordenación Forestal de la Xunta, Tomás Fernández-Couto– en el control del fuego, las condiciones meteorológicas extremas en las que crece la sensación de impunidad y la probabilidad de éxito de los incendiarios constituyen la mayor amenaza para la labor de extinción. En Verín son muchos los factores que juegan en contra.

El análisis de los datos recogidos por cuatro estaciones meteorológicas de la comarca (Vilela, Vilamaior, Riós y Vilardevós) durante el mes de julio y los primeros días de agosto habla por sí solo. «Son varias las incidencias meteorológicas que concurren en la zona», explican desde Meteogalicia. Un balance de precipitaciones nulo (tres de las cuatro estaciones analizadas registraron cero lluvias desde el primero de julio) y una de las humedades relativas más bajas de la ya seca provincia de Orense (en el entorno del 30%) hacen de la comarca una víctima perfecta. Si se añade un régimen de vientos con rachas mantenidas en el entorno de los 30 kilómetros por hora, una nula reserva útil de agua en los suelos, un índice de insolación elevado y el peor balance hídrico del mapa autonómico (-208) se obtiene la tormenta perfecta para la propagación del fuego. «Todo suma. Cada una de estas pequeñas variables contribuye a que una vez que se desatan las llamas sea tremendamente complicada la extinción», apuntan desde el servicio meteorológico autonómico.

«Llevo 32 años trabajando en el sector. Es desesperante ver cómo va pasando el tiempo y periódicamente se repiten los fuegos en los mismos lugares, como Queirugás, donde el día 3 estuvieron amenazadas dos viviendas. La sensación es de verdadera derrota», afirma Xosé Santos, agente forestal en Orense y uno de los representantes de las organizaciones ambientalistas en el Consello Forestal de Galicia. Junto a las condiciones meteorológicas extremas que multiplican la combustibilidad de la vegetación en la zona, Santos apunta otra amplia lista de factores sociales y de gestión del monte que ahondan en la vulnerabilidad de la comarca ante el fuego.

Pino y eucalipto

El representante de Amigos da Terra enumera la elevada intencionalidad incendiaria –por encima de las ya preocupantes cifras autonómicas– documentada a ambos lados de la Raia Seca (norte de Portugal, sur de Orense y oeste de Zamora) y un acusado abandono del rural y de los trabajos agrícolas y forestales asociados que favorecían un paisaje mosaico que generaba discontinuidades necesarias ante el avance del fuego. Santos incide en un tercer factor, ya señalado el pasado día 4 por el alcalde de Verín, el socialista Gerardo Seoane. El regidor demandaba entonces una necesaria reflexión sobre el modelo de explotación del monte, cuestionando la proliferación de plantaciones comerciales de pino, grandes consumidoras de agua en un valle afectado por la sequía. La opinión es compartida por Santos, quien subraya el exceso de cultivos monoespecíficos de pino y eucalipto, dos especies altamente pirófitas, como elemento adicional de riesgo. A todo ello, el representante de las organizaciones ambientalistas añade las carencias en materia de prevención y la urgencia de políticas forestales consensuadas con todos los agentes implicados a un horizonte de 25-30 años.

«Somos primera potencia incendiaria en Europa y en casi todo el mundo. No hay ninguna zona del área atlántica que nos iguale en número de fuegos ni en superficie afectada», sostiene Xosé Santos, quien anima a mirar el ejemplo de las Landas francesas, un territorio que en los años 70 soportaba cifras parejas a Galicia. Cualquier respuesta que pretenda ser eficaz, afirma, debe pasar por un esfuerzo triple de prevención: pasiva (manteniendo franjas de seguridad libres de biomasa), activa (recortando los tiempos de respuesta una vez iniciadas las llamas) e interactiva (analizando a posteriori las pautas de propagación para evitar la repetición de errores en fuegos futuros). Y mucha sensibilización: «Necesitamos una reacción colectiva como la que se despertó ante el drama de las muertes de tráfico», expone.

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