Un brigadista trabaja en la extinción del incendio de Vilamaior
Un brigadista trabaja en la extinción del incendio de Vilamaior - EFE

Delación contra los incendiarios

La asociación ecologista Arco Iris pagará 5.000 euros a quien descubra a los autores del incendio de Verín. Los alcaldes son escépticos respecto a su eficacia

SantiagoActualizado:

Cuando las llamas arrasan los montes de Galicia sin remedio, se formulan de forma recurrente tres preguntas. Una comienza por un «por qué», la segunda por un «cómo» y se suele terminar la tercera con un «quién». Sobre esta última casi nunca se halla respuesta. Los incendiarios están detrás de un tercio de los fuegos forestales, pero darles caza es casi una entelequia. Sobre todo, viendo el estado de semiabandono en el que se encuentra buena parte del rural.

Hay, sin embargo, quien no pierde la esperanza de encontrar algún día a quienes prenden para ponerlos delante de los tribunales. Es el caso de la asociación ecologista Arcos Iris, que ayer lanzó una iniciativa, casi una llamada a despertar conciencias: ofrecerá 5.000 euros a quien delate al autor del incendio de Verín, al causante de que 1.370 hectáreas de vegetación hayan quedado reducidas a ceniza.

Su presidente, Francisco Lueiro, se ha propuesto quebrar una «dinámica de silencio social» que, cree, esconde cierta «complicidad con los incendiarios». En conversación con ABC, Lueiro lamenta que «el rural gallego es como es». Es su forma de explicar que en las parroquias, «donde todo el mundo se conoce», ha calado una especie de omertá —o ley del silencio— para sortear conflictos entre los vecinos. «Aquí hay un encubrimiento de estos señores (...) La colaboración ciudadana brilla por su ausencia», reflexiona.

Lo dice en base a su experiencia. Arco Iris ya puso en marcha propuestas similares cuando los incendios asolaron los parques naturales de las Fragas do Eume y el Xurés. Los resultados no fueron todo lo satisfactorios esperaban, pero su presidente confía en abrir el debate y «aportar alguna idea a las instituciones públicas para que adopten soluciones de este tipo». De ser así, agrega, «sería muy barato detener a un delincuente de este tipo». Solo hay que tener en cuenta el gasto de desplegar un dispositivo como el habilitado para el incendio de Vilamaior, compuesto por seiscientas personas y un batería de 25 medios aéreos, entre aviones y helicópteros.

Mitos urbanos

Algo hay que hacer, coinciden algunos de los agentes que participan de una forma u otra en la batalla contra esta lacra. «No se puede estar año tras año con el mismo esquema mental», demanda Lueiro. Pero los alcaldes muestran sus reservas.

El regidor de Ferreira de Pantón (Lugo), José Luis Álvarez, es uno de ellos. Poco después de que un incendio, ya extinguido, arrasara 248 hectáreas, no tiene dudas respecto a su intencionalidad. Habla de una persona que conocía bien el terreno, pero descarta los motivos personales: «No creo que sea por beneficio. Esto es alguien que quiere hacer algún mal», manifiesta.

Álvarez no se queja de la colaboración vecinal. Cuando llegan los meses de verano, recibe decenas de llamadas de lugareños que han detectado movimiento sospechosos en los montes: «En ese aspecto no tenemos nada que decir, muchas veces son falsas alarmas. Por desgracia, nunca acertamos a coger nadie con las manos en la masa».

Igualmente escéptico, el alcalde de Verín pone en cuestión que soluciones como las de Arco Iris vayan a surtir algún efecto. Califica esa supuesta complicidad del rural hacia los incendiarios como «un mito urbano». «Casi como la leyenda de la niña de la curva», ironiza Gerardo Seoane.

Con el incendio de Vilamaior ya extinguido, el responsable del gobierno local comprende que «el cabreo de la gente» puede dar lugar a todo tipo de alternativas, incluidas aquellas que pasan por delatar a alguien a cambio de una recompensa. Seoane reconoce que las aldeas no son «sitios idílicos». Al contrario, los enconados enfrentamientos vecinales pueden dar lugar a discusiones, reyertas... Y también a incendios. Pero denuncia que la principal causa estriba no tanto en el factor humano como en el hecho de que las fincas estén sin desbrozar. Ahí la culpable es, como siempre, la crisis demográfica.