Carlos Sanchis, en su cicloturismo
Carlos Sanchis, en su cicloturismo - EFE
Superación

Cicloturismo de superación: una vuelta a Islandia en silla de ruedas

Un accidente durante el servicio militar con 18 años dejó a Carlos Sanchis sin movilidad de piernas. Ahora, con 43, relata su aventura recorriendo 1.340 kilómetros de «clima hostil»

VALENCIAActualizado:

Un accidente de tráfico con 18 años durante el servicio militar dejó a Carlos Sanchis en silla de ruedas, la misma con la que, a los 43, ha recorrido Islandia en apenas un mes en un reto con el que ha unido sus dos vías de escape desde su infortunio: el deporte y la familia.

En un triciclo manual o "handbike" adaptado a la bicicleta de su hermano Míchel, Carlos ha completado la Ring Road islandesa, una carretera de 1.340 kilómetros que bordea la isla y que han recorrido de cámping en cámping "con una tienda de campaña, dos sacos de dormir, un hornillo y lo necesario para ser autosuficientes", relata a EFE.

"Islandia es una isla siempre viva, un museo al aire libre", cuenta Sanchis, que también reconoce su curiosidad por el "punto inhóspito" del país en tramos en los que, en 50 kilómetros a la redonda, se encontró en medio de la nada: "No hay ni un árbol".

Carlos es un cicloturista experimentado que acumula retos de superación como el Camino de Santiago o una ruta desde València hasta la Selva Negra alemana. Sin embargo, este desafío se ha convertido en "único e ilusionante" por ser el primero compartido con su hermano pequeño.

Míchel, que también es un amante del turismo en bicicleta, afirma que "hay retos con los que, en solitario, no tendría problemas", pero viajar con su hermano "es más difícil por sus problemas de movilidad", pues no es posible "moverse en cualquier entorno".

Coinciden en que, pese a sus anteriores cicloviajes, en este se han topado con los obstáculos más duros debido al "clima hostil", afirma Míchel, al que las fuertes rachas de viento le hicieron salirse varias veces de la carretera.

"Era como si alguien nos empujara para que no avanzáramos", añade Carlos, que relata cómo, en ocasiones, "era preferible retroceder quince kilómetros a avanzar tres hasta el siguiente campamento" porque la ventisca, más que la lluvia o el frío, ha sido "lo más complicado del viaje".

Los primeros diecisiete días de su aventura les llovió y, tras introducirse en un túnel de seis kilómetros de longitud, encontraron al otro lado dos días sin precipitaciones que pasaron sobre ellos como un oasis.

Pero aparte de las inclemencias del tiempo, también han sobrevivido a situaciones de crisis, como cuando la silla de Carlos se averió durante el recorrido de un largo tramo sobre tierra que "castigó la amortiguación y destrozó las cubiertas" de las ruedas.

"La silla me puso bastantes problemas por no llevarla en condiciones; la he usado en viajes anteriores y está muy desgastada", confiesa, y desvela que intentó durante el mes y medio de preparación previa restaurarla o incluso conseguir un triciclo manual nuevo, que no se ha podido permitir.

Otros de los episodios de máxima incertidumbre lo protagonizaron los campamentos desérticos: "Se trataban de pastos con un baño y una ducha, y llegábamos allí en noches de lluvia y niebla intensas", explica Carlos, a quien le basta "un baño y un enchufe" para hacer noche.

Próximo reto

Por el momento no se propone aventurarse en otro reto, pues antes prefiere saborear el anterior, y "en la transición de un verano a otro" pensar en el siguiente objetivo, que podría ser la Ruta 66 desde Nueva York o un recorrido por los Alpes.

Su hermano, que ya ha rodado en el continente americano, prefiere continuar recorriendo Europa, ya que atravesar Estados Unidos no le genera las mismas expectativas: "Supone un largo trayecto en avión que haría menos sostenible el viaje, y eso es importante".

En total, el viaje les ha costado unos 3.000 euros "minimizando los gastos todo lo posible" y contando con la ayuda de los islandeses, que les ofrecieron "apartamentos, visitas a museos y baños termales", e incluso Carlos impartió una conferencia a discapacitados en un hospital.

Eso sí, no olvidarán Islandia fácilmente: los Sanchis han convivido en la frontera entre el riesgo, la sensación de disfrutar en la adversidad y la certeza de que, bajo la lluvia o ante el viento, compartían una pasión común por el deporte.