Plaza de Zocodover
Plaza de Zocodover - Viajes y lugares

Los árboles de Zocodover

«Los que somos viejos sentimos la tala de una manera más honda...nos talan a nosotros, a nuestra juventud»

Actualizado:

Desde 1585, cuando un incendio destruyó la plaza, hasta ayer mismo, Zocodover no ha tenido personalidad propia y ha pasado por diversas mutaciones según el talante de sus gobernantes, no siempre «ni discretos, ni varones» ni eficaces ni inteligentes. Ni siquiera Juan de Herrera, siguiendo órdenes de Felipe II y a pesar de dos proyectos, pudo dar idiosincrasia y rasgo estilístico a la plaza. Del fuego del siglo XVI a la tala del siglo XXI. Una crisis más, de las muchas que han sufrido los árboles del zoco de ver.

Talan, como viejos combatientes en un asedio de plaza provinciana y sin temple, unos árboles que en primavera se llenaban de pájaros y se cuajaban de luz dando sombra, bendiciendo al asfalto y poniendo un toldo ateo a la custodia del verano.

Llega la brigada de trabajadores, acotan territorio, se adueñan del terreno y derriban pájaros, sombra, luz e historia. ¿Acaso la alcaldesa (o quien haya dado la orden) ignora que esos árboles sabían secretos de amor, palabras de enamorados, tratos de vida y muerte? ¿Acaso la alcaldesa ignora que esos árboles la vieron crecer, vieron el paso del tiempo, escucharon las proclamas republicanas, cantaron al Amor de los amores y se santiguaron al paso de la custodia? No importa el mundo de emociones, las angustias, los gozos, el tiempo gris, las horas de desolación, basta el informe de un experto para que ese mundo desaparezca y comience el derribo.

Estos árboles que ahora son olvido, carne para hormigas e insectos, leña para un fuego condenado, tomaron las uvas y fueron guardias del Belén, vieron el asombro en los ojos de un niño y la alegría del forastero, midieron los pasos del jubilado, contaron las horas del enfermo, soportaron el golpe del viento y supieron del decadente esplendor del «martes».

Desde un balcón unos ojos, en la noche del deseo, esperaron a que llegara el amor, que nunca llegó, y los árboles fueron para su oscura espera faros de amorosa compañía; desde otro la autoridad del momento dejaba lucir su ideología y desde otro un extranjero tomaba nota de la monótona melancolía de la vida de provincia.

Los que somos viejos crecimos con ellos y sentimos la tala de una manera más honda porque de alguna forma nos talan a nosotros, a nuestra juventud, a las horas de conspiraciones, aspiraciones, ilusiones. Todos íbamos a ser algo, nos hervía la vida que nos silenciaban. Crecimos con los árboles, rodeados de ruidos y de bandos, de consignas y esperanzas, fuimos haciéndonos mayores y fuimos echando ramas y llenando nuestra vida de pájaros y veranos.

Sin darles tiempo a que llegue la primavera, llega la brigada de trabajadores, cercan la plaza, sacan las sierras y guillotinan a la sombra, a los pájaros y a nuestros recuerdos dejando la plaza más provinciana y desnuda que nunca.

Es tiempo de que planten árboles virtuales que se iluminen de sombra y se llenen de pájaros metálicos a golpe de un botón.