Rambla salada de Minglanilla. La Manchela, en la ruta del Persiles
Rambla salada de Minglanilla. La Manchela, en la ruta del Persiles
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Luz toledana y manchega en la ruta del «Persiles»

400 años después de la I edición de la obra póstuma de Cervantes

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«Nuestra mayor gloria no está en no haber caído nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos» (Oliver Goldsmith).

Superadas las incontables fatigas y oscuridades de los sombríos arranque y desarrollo de la novela en el septentrión noruego, trepidante héjira con su reguero de cadáveres, sus muertes de amor y su torrencial derroche de lágrimas, la ficción itinerante de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional» (1617) –obra infravalorada, si no silenciada por su mensaje cristiano católico– toca la península ibérica por Lisboa a partir del Libro III. La huella de las intermitentes tinieblas nórdicas se irá disipando conforme empiece a irradiar la contundente luz castellana y manchega.

Cristian Lázaro
Cristian Lázaro

Dos reivindicaciones parecen guiar a Miguel de Cervantes en la configuración del «Persiles». La primera, de índole literaria: componer, tras el sensacional experimento paródico de «Don Quijote de la Mancha» y sus esporádicos progimnasmas, un texto que se adecuara al canon retórico renacentista, homologado dentro del género de la novela bizantina. La segunda, de carácter doctrinal: firmar todo un canto mariano y católico, donde el amor se pruebe a fuego durante una azarosa peregrinación hacia Roma. En ese eje de santidad, con premeditación, el autor incorpora Guadalupe, sacro santuario mariano dependiente de la diócesis de Toledo desde 1222, y la propia Toledo, descrita como depositaria del legado católico hispano y, sin más, como ciudad santa.

El séquito de los fingidos hermanos Periandro y Auristela –alias de los enamorados Persiles y Sigismunda– atraviesa la actual Castilla-La Mancha en medio de corales encuentros sobrevenidos, tópicos de la novela y del género, pero nimbados, esta vez, de un aura de vivez, de bonhomía y de un humor infrecuente en los episodios y relatos entretejidos de los Libros I y II, con los que se alcanza el ecuador de la obra.

Nada más refugiarse el séquito en Badajoz, en un mesón dispuesto para una representación teatral, Cervantes, que no da puntada sin hilo, nos ofrenda un encomio de la poesía que anuncia la radiante atmósfera castellana: «… la excelencia de la poesía es tan limpia como el agua clara, que a todo lo no limpio aprovecha; es como el sol, que pasa por todas las cosas inmundas sin que se le pegue nada; es habilidad, que tanto vale cuanto se estima; es un rayo que suele salir de donde está encerrado, no abrasando, sino alumbrando; es instrumento acordado que dulcemente alegra los sentidos, y al paso del deleite, lleva consigo la honestidad y el provecho» («Persiles», III, ii).

Desde Guadalupe, atravesando Trujillo, llegan a Talavera de la Reina cuando esta, capital de la cerámica, se apresta a su fiesta de «la Monda», en singular en Cervantes, que subraya la gentilidad de este rito primaveral, todo un canto a la fértil natura, con un giro católico típicamente barroco: en origen, con la Monda se enaltecía a Venus; «ahora, se celebra en honra y alabanza de la Virgen de las vírgenes». Nuestros héroes no se detienen a disfrutar de la fiesta, ya que la «priesa» por culminar su viaje y su misión les impide pararse a contemplar su estado. Sin embargo, desde este capítulo sexto del Libro III, Talavera y sus Mondas pasan a formar parte del itinerario y del imaginario privilegiado del creador alcalaíno.

A seis leguas de Talavera, los personajes protagónicos dan con una insaciable peregrina que se dirige a «la gran ciudad de Toledo», a visitar devotamente la imagen del Sagrario. Desde allí, proyecta viajar a La Guardia –en concreto, a la ermita del Santo Niño– para, después, tomar la derrota del Sur, rumbo a los enclaves marianos del otro lado de Sierra Morena. Esta peregrina contagia al grupo su entusiasmo por ver tanta maravilla. Dos apuntes que vienen al caso: primer elogio de Toledo, que se ampliará pronto, y referencia a un libelo antijudío, importante como legitimación del Edicto de Granada (que certificó la expulsión masiva de la población judía de las Coronas de Castilla y de Aragón en 1492) y, cabe interpretar, de la adscripción de Cervantes a la casta cristiano-vieja.

En el capítulo séptimo –«sétimo» escribirían los fonetistas áureos, como Juan de Valdés o el propio Cervantes; léase el «setentrional» del título–, los personajes arriban a la Sagra de Toledo; es la Sagra a la que aludía la Puerta de Bisagra Vieja, Puerta del Campo o de la Vega, puesto que nuestros héroes se hallan junto al Tajo y a la vista de la ciudad, tan de la afección del autor y tan decisiva en su obra: dos de las «Novelas ejemplares» transcurren en ella («La fuerza de la sangre» y «La ilustre fregona») y parte de otra, en la provincia («La gitanilla»), por no hablar del «venéfico» membrillo de Toledo que come Tomás Rodaja, el licenciado Vidriera, o del toledano Alcaná, que iluminó al narrador/transmisor de «El ingenioso hidalgo…» para reanudar la historia cuando esta se había quedado en punto muerto.

Aunque los peregrinos del «Persiles» no entren en ella, Toledo no es ajena al eje de santidad alrededor del cual se desarrolla el relato. Para abrir boca, la loa al celebrado Tajo, «famoso por sus arenas y claro por sus líquidos cristales». Enseguida, el homenaje al «jamás alabado como se debe poeta Garcilaso de la Vega», cuyo estilo divinamente natural celebra el protagonista al recitarlo. Por último, encendida aclamación de Toledo como ciudad santa, heredera del legado visigodo y «depósito de católicas ceremonias».

De una aldea próxima, «montones de doncellas» y zagales bajan entre músicas y bailes en una estruendosa romería. Al deslumbramiento de la vista de la Imperial, Nobilísima, Ínclita y Esclarecida ciudad de Toledo y sus tesoros materiales y espirituales, al de las tópicas arenas auríferas del antiguo Tajo, se suman la alegría y la luz de la fiesta popular. Y una mención indeleble para la Muy Noble y Muy Leal, Fidelísima y Noble, Heroica e Impertérrita líder entre las viejas ciudades textiles de Castilla: la Cuenca de la que fuera corregidor su abuelo. Las mozas brotan ataviadas con la popular «palmilla de Cuenca», que nuestro Príncipe de los Ingenios inmortaliza aquí, equiparándola con tejidos tan suntuosos y cotizados como el damasco de Milán o el raso de Florencia. Incluso el inevitable enredo amoroso que, asociado al baile, no pueden dejar de oír, con su carga de preñez (ora física, ora argumental, ora espiritual en Cervantes) y de travestismo –otro lugar común del bastión de las letras hispánicas–, trasciende, en su sencilla humanidad, la carga dramática.

De Toledo y sus contornos –remontando el Tajo– a Aranjuez, que no defrauda ni a Persiles ni a Sigismunda ni a los componentes de la expedición. Hipotiposis de la ciudad ribereña en una muestra de la más alta literatura. Al acabar el capítulo octavo, tocan Ocaña por el fervor a Nuestra Señora de Esperanza. En la antigua sede maestral de Santiago, «a todos se les alegró el alma». Sorprende que Cervantes no se recree con las delicias que, sin duda, alberga la apacible villa ocañense: su majestuosa plaza Mayor, su Fuente Grande (un lavadero herreriano primoroso), sus bellas rúas e iglesias o las Casas Maestrales, que, en aquel tiempo, seguirían en pie y retendrían la génesis y el cierre de las eternas «Coplas» de Jorge Manrique.

En Quintanar de la Orden se produce el reencuentro familiar de un personaje principal en el séquito de Persiles, Antonio. Excúsense detalles argumentales, fijado el objetivo de invitar a la lectura del sorprendente «Persiles» y no de destriparlo. Baste decir que la villa quintanareña hierve en una pendencia entre tropas de soldados y población civil, con una violenta reyerta de penosos resultados. Pero el fulgor de la sangre no empaña el de la luz. Quintanar, noble y antiguo lugar, es descrito como hogareño y acogedor, «hospital de peregrinos» todo él.

Se alude a un último pueblo castellano-manchego en el «Persiles». Significativamente, no se nombra. Además, con fórmula harto conocida, análoga a la del arranque de su obra maestra. En efecto, en el capítulo décimo, el gallardo escuadrón de los peregrinos y su entereza llegan «… a un lugar, no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me acuerdo…». ¿Cómo no pensar que han acabado en la aldea de don Quijote? Dicho lugar se ubicaría entre Quintanar y la bifurcación de los caminos de Valencia y Cartagena. Pónganse los cartógrafos quijotescos –si es que aún no lo han hecho– a manejar estas referencias que Cervantes nos da en su novela póstuma y prosiga la interminable querella, esa cordial disputa que el manco inmortal tuvo a bien suscitar.

Cuanto sucede en el no nombrado lugar entretiene y resulta revelador. Nada menos que un doble homenaje a sí mismo. A su condición de ex-preso del Turco y, para mayor autoparodia, al retablo de maese Pedro, con ecos de entremeses cómicos y de ejemplares novelas, en los límites de la picaresca. Pues los viajeros y nosotros, sus lectores, nos topamos con unos jóvenes que cuentan la anécdota de su cautiverio en Argel, ayudados de «un pintado lienzo que tenían tendido en el suelo» como soporte narrativo. Comoquiera que el alcalde del no nombrado lugar fue realmente preso en Argel, les pregunta cuántas puertas y fuentes tiene la ciudad norteafricana. Al no responderle los jóvenes satisfactoriamente, desenmascara el embuste: estos son, en realidad, dos pillastres con Salamanca como «alma mater» que buscan embarcarse en los tercios y sufragan su viaje fabulando un calvario. El relato sobre imágenes evoca el largo pasaje recapitulador de la venta maravillosa, con el retablo de Melisendra de un Ginés de Pasamonte reconvertido en titerero, sus marionetas despanzurradas y decapitadas, un mono adivino por los tejados, don Quijote pagando los platos –títeres– rotos y el «¡Voto a Rus!» de Sancho. ¿Habremos vuelto a ese enclave de la Mancha Oriental en el que confluyen las provincias de Cuenca, Albacete y Ciudad Real?

En el capítulo undécimo, el cortejo avanza, desde el lugar sin nombre, hasta dejar el camino de Cartagena y decantarse por el de Valencia, atravesando la Manchuela, bien ganancial de Albacete y Cuenca en su parte castellana. Pese a no especificarse la ruta, cruzarían el río Cabriel por el puerto del Pajazo o por el de Contreras. En un pueblo morisco de Valencia, «puesto como una legua de la marina», nuestros héroes son agasajados por Rafala, morisca de belleza equiparable a la de «las bárbaras de Citia» y a la de «las ciudadanas de Toledo», al nivel de las sentidas como semideas por los corazones rotos del camino. Con esta última alusión toledana, se detiene la ruta, puesto que ya nos hallamos en tierras valencianas.

Léase la pugna entre los corsarios berberiscos y los protagonistas –turbulento pasaje (III, xi) tras el remanso toledano-manchego–, que prueba la afirmación de Helmut Hatzfeld de que el Barroco representa «ese último esfuerzo común de Europa en el arte y en la literatura en la búsqueda de Dios bajo la guía de España», del que Cervantes participó. Para ver la luz, es preciso haber descendido a los infiernos y resurgir de las cenizas. Para poder levantarse, en definitiva, se requiere haber caído antes. Y no se ha tomado el título del presente texto del primer verso de la inolvidable ranchera «Una sola caída». Cervantes utiliza la que debía de ser expresión usual («como decirse suele») en la novela (I, iv).

De esta guisa, «cayendo y levantando», la ruta por tierras toledanas y manchegas se erige en puntal lírico del «Persiles». Ruta aureolada de luminosidad, de color y de alegría, rumbo al apoteósico final en Roma.