Jaime Rubio - Ángulo Insular

El tenebroso origen del pleito insular en Canarias

Desde Tenerife se decretó la incomunicación de Gran Canaria un año cuando la fiebre amarilla duró dos meses. Fue para superarla en población y adelantar su PIB

Jaime Rubio
CanariasActualizado:

En Canarias se llama «pleito insular» a un enfrentamiento, ahora políticamente incorrecto, entre Gran Canaria y Tenerife por el control de los recursos económicos y su distribución de forma lógica. Su radicalización tiene base médica. Siglos después sigue igual pero soterrado y nadie lo quiere admitir en público. La última vez que Canarias tuvo un presidente regional de Las Palmas fue el pasado siglo: 1999, y era médico.

A mediados de 1800, teniendo el Puerto de Las Palmas más tráfico que otros, el despacho del director de Sanidad Marítima de Canarias se ubica en Tenerife. Era 1823 y, presionado por determinados sectores influyentes, decide clausurar el puerto grancanario un año cuando la peste dura dos meses por epidemias sanitarias. Ya dijo el presidente de Tenerife en 2014 que «cuando Santa Cruz dejó de ser la capital de Canarias, con la división provincial de 1927, se cerraba una lucha y empezaba otra».

Ese cierre portuario mató las aspiraciones de Gran Canaria de ser el Singapur del Atlántico. En 1915 el Puerto de Las Palmas solamente era superado por el de Nueva York en tráfico de mercancías. Hoy no está ni entre los cien primeros del mundo. Y pugna por proteger el negocio de las reparaciones navales de empresas petrolíferas tras la desaparición del negocio pesquero del Sáhara.

Control del dinero

Hay un libro de 2002 de la historiadora María José Betancor Gómez, editado Consejo Superior de Investigaciones Científicas, denominado «Epidemias y pleito insular. La fiebre amarilla en Las Palmas de Gran Canaria en el período isabelino» que detalla que «cuando ya en la Península su presencia es anecdótica» en las islas se «produjeron un recrudecimiento del denominado pleito insular», es decir, «la rivalidad de Tenerife y Gran Canaria por el control económico y político del archipiélago».

6.000 grancanarios murieron en dos meses, pero se condenó a la isla, sin ayuda, al cierre portuario un año

El 16 de marzo de 1923, según las actas del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, se señala que el pleno «se lamenta de las medidas adoptadas en el puerto por el Director de Sanidad Marítima, prohibiendo el atraque de buques y causando, sin motivos razonables, graves daños a la ciudad y a la isla, de cuyos procedimientos se había elevado queja a los poderes públicos». No entraba ni comida y eso que no se había producido la quiebra de la Bolsa de Nueva York de 1929.

La sanidad siempre marcó de manera notable el futuro de las islas. Así, las epidemias que azotaban Canarias en el pasado. Ahí está la terrible epidemia de la peste en el Siglo XVII en las islas. La cosa llegó a más. La llegada en el Siglo XIX las epidemias del cólera y la fiebre amarilla fueron demoledoras. El cólera llegó a Canarias en 1851 en un barco procedente de Cuba. La temida enfermedad castigó de manera especial a la isla de Gran Canaria donde murieron 6.000 personas en dos meses.

No llegaban medicinas

¿Cómo reaccionaron las autoridades? Mientras las de Las Palmas, que en aquella época optaba a ser como el Singapur del Atlántico, llegaron a morir por ayudar a su gente, la jefatura política, radicada en Tenerife, decretó el cierre total de los puertos de Gran Canaria, impidiendo que llegaran medicinas, personal sanitario y alimentos durante un año. Y lo hicieron a pesar de que la epidemia duró solo dos meses.

El médico canario, de origen irlandés, Joaquín Blanco, señala en su libro, «Breve Historia de Canarias», que «la isla de Gran Canaria redobló sus esfuerzos, sola, en medio de la espantosa ruina. Los habitantes de Gran Canaria lucharon por su isla, abatida por la enfermedad y la insolidaridad (de Tenerife). Nuevos buques se levantaron en los astilleros, nuevos caminos sustituyeron a los antiguos, nuevos edificios ocuparon el lugar de los destruidos, nuevas cosechas templaron el hambre en que se pretendía mantenerlos».

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