Don Felipe contempla un reloj regalado a Japón por su antepasado Felipe III
Don Felipe contempla un reloj regalado a Japón por su antepasado Felipe III - Efe

Misión cumplida

Los Emperadores mostraron a Don Felipe y Doña Letizia el Japón más real: el del tren bala y los templos sintoístas, pero también el país que vive amenazado por los terremotos

ENVIADA ESPECIAL A SHIZUOKAActualizado:

Los Reyes regresaron ayer a Madrid desde Shizuoka, la ciudad en la que terminaron su primera visita de Estado a Japón. Y lo hicieron con la satisfacción de la misión cumplida. En el terreno institucional, Don Felipe renovó su relación personal con una Familia Imperial que le conoce desde niño. En el terreno político, dejó claro que, a pesar de la distancia geográfica y aunque se vislumbren alteraciones en el panorama internacional, España y Japón comparten su «forma de estar en el mundo». Y en el terreno comercial, transmitió a los empresarios nipones un mensaje rotundo de «confianza» en la economía española, y los japoneses, que están buscando nuevos socios comerciales, se comprometieron a invertir más en España.

Sin embargo, la última jornada de la visita de Estado en Japón fue completamente distinta a las dos anteriores. Los Emperadores Akihito y Michiko apenas salen deTokio, pero ayer quisieron tener un gesto de deferencia con Don Felipe y Doña Letizia, y les mostraron personalmente el Japón más real: el del tren bala y los templos sintoístas, pero también el que vive amenazado por los terremotos más devastadores. Así que el Emperador de la Dinastía más antigua del planeta acompañó al Rey más joven de Europa en una excursión a la ciudad de Shikouza, que se encuentra a una hora de Tokio, junto al majestuoso monte Fuji, el verdadero símbolo de Japón, pero que las nubes mantuvieron oculto durante toda la jornada.

Tan excepcionales son las salidas de los Emperadores, que una multitud de japoneses les aguardaba en la estación de Shikouza y otros muchos esperaban al paso de la caravana, que avanzaba especialmente despacio para que pudieran saludar. El Emperador y el Rey viajaban en un coche, y la Emperatriz y la Reina, en otro vehículo.

Así llegaron al Centro de Prevención de Desastres Naturales, creado para mitigar la catástrofe que provocará el gran terremoto de Tokai, que es como se conoce al gran movimiento sísmico que sacude esta región cada 100 o 150 años. El último fue en 1854, por lo que el siguiente se espera en fechas próximas. Los expertos creen que la energía sísmica continúa acumulándose en este área e interpretan la calma de los últimos años como el preámbulo de un terremoto devastador que acabará con la vida de 5.500 personas, dejará a 190.000 heridas de diversa gravedad y destruirá unos 19.000 edificios.

El Gobierno japonés ha encargado a los expertos que traten de predecir cuándo será ese terremoto con el fin de adoptar las medidas necesarias para mitigar sus efectos. Los expertos del centro explicaron a los Reyes que, con el fin de predecirlo, se ha instalado una tupida red de equipos de observación en aguas profundas que detectarían los indicios precursores de un maremoto. No obstante, advirtieron que también es posible que ocurra un terremoto sin previo aviso.

Durante su visita, Don Felipe y Doña Letizia conocieron de primera mano las instrucciones que debe seguir la población en caso de alerta por terremoto o tsunami, así como la composición de un kit básico de emergencia, la lista de provisiones de reserva o la colocación de los muebles de una casa para agilizar un desalojo.

Tras visitar el Centro de Prevención de Desastres, los Emperadores ofrecieron un almuerzo a los Reyes en el complejo Fugetsuro. Hasta allí llevaron el reloj más antiguo de Japón, que habitualmente se encuentra en el templo de Toshogu, pero quisieron que Don Felipe lo contemplara porque ese artilugio fue un regalo que su antepasado, Felipe III, hizo en 1611 al primer Shogun de la Dinastía Tokugawa en agradecimiento por la ayuda prestada a los supervivientes del naufragio de un buque español que viajaba de Filipinas a México.

Después los Emperadores llevaron a los Reyes al templo sintoísta Sengen, donde contemplaron un espectáculo de música y danza tradicional. Allí, rodeados por los templos de madera, el Emperador de 83 años despidió a Don Felipe, probablemente uno de los últimos jefes de Estado a los que reciba como anfitrión. Y, en cuanto el coche de los Reyes abandonó el recinto, Akihito se retiró a un templo a rezar.