España

Cuando el Rey descubrió América

Don Felipe tenía quince años cuando realizó su primer viaje oficial a Cartagena de Indias. Ahora regresa como Monarca

Don Felipe ya asistió como Jefe de Estado a la Cumbre Iberoamericana de Veracruz, en 2014
Don Felipe ya asistió como Jefe de Estado a la Cumbre Iberoamericana de Veracruz, en 2014 - EFE

El Rey descubrió América en 1983. Don Felipe tenía quince años cuando emprendió su primer viaje oficial, cuyo destino era Cartagena de Indias (Colombia). Se cumplían 450 años de la fundación de la ciudad por el español Pedro de Heredia, y Don Juan Carlos le encargó que le representara en los actos conmemorativos. En el aeropuerto de Madrid le despidió con un beso su madre, la Reina Doña Sofía, y en Colombia le recibió el presidente del Gobierno español, Felipe González, enormemente satisfecho de acompañar al Príncipe de Asturias en su primer viaje. En las 30 horas que pasó en Cartagena de Indias, Don Felipe dejó un buen recuerdo. Las crónicas de la época destacaban su «recia personalidad, premonitora de un Rey del siglo XXI».

Treinta y tres años después de aquel viaje, Don Felipe volverá a Cartagena de Indias como Rey para asistir a la XXV Cumbre Iberoamericana, que se celebrará los días 28 y 29 de octubre. Será su cuarta reunión de este tipo, porque ya acudió a dos siendo Príncipe de Asturias, y la segunda como Jefe de Estado, pero más valiosa que su experiencia en estas cumbres será su gran conocimiento de Iberoamérica, adquirido a golpe de viaje. Y es que, entre aquella primera visita a Cartagena de Indias de 1983 y la que volverá a realizar a finales de mes, Don Felipe ha cruzado el océano Atlántico más de 200 veces -entre ida y vuelta-, la mayoría de ellas cuando era Príncipe de Asturias y se le encomendó la representación de España en las tomas de posesión de los presidentes iberomericanos.

Interlocutor privilegiado

Todos esos viajes convirtieron a Don Felipe en una pieza clave de la política exterior y en interlocutor privilegiado de España con Iberoamérica. De hecho, ningún europeo tiene tantos contactos como él ni a tan alto nivel en la otra orilla del Atlántico. Cuando era Príncipe, el Gobierno ya le encomendaba gestiones muy delicadas, que requerían la máxima discreción, como pedir a determinados Jefes de Estado que cooperaran con España en la lucha contra el terrorismo.

Durante muchos años Don Felipe fue el más joven de los mandatarios que asistían a las tomas de posesión, pero también el más veterano de todos. En los almuerzos y cenas oficiales, a veces le pedían que pronunciara unas palabras como decano. Su presencia causaba sensación, sobre todo cuando las investiduras se celebraban en grandes recintos, como estadios. En el momento en el que la megafonía anunciaba su entrada, el público se ponía de pie y rompía en aplausos.

Con su reducido séquito -el menor de todas las delegaciones- era el primero que llegaba y el último que abandonaba el país porque aprovechaba el desplazamiento para profundizar su conocimiento de cada nación. Además de entrevistarse con el presidente saliente y con el entrante, invitaba a almorzar a una docena de profesionales destacados del lugar, a ser posible de su misma generación, para que le relataran la realidad civil del Estado, que suele ser distinta a la que transmiten las autoridades. Y también se reunía con españoles residentes en el país para que le contaran su experiencia.

Realidades distintas

En Iberoamérica, Don Felipe ha conocido una realidad muy distinta a la española. Ha asistido a ceremonias pintorescas, pero también a otras desesperadamente largas, peligrosas, tensas y complicadas. La de Álvaro Uribe (Colombia 2002) transcurrió bajo un bombardeo en el que murieron 17 personas y varios proyectiles cayeron cerca del Congreso. El entonces Príncipe decidió quedarse y llamó al presidente del Gobierno, José María Aznar, para informarle de lo sucedido y decirle: «Yo no me muevo».

En la toma de posesión de Manuel Zelaya (Honduras, 2006) el nuevo presidente quería hacer su entrada a caballo en el Estado Nacional de Tegucigalpa, pero desistió por consejo de sus asesores. La de Felipe Calderón (México 2006) acabó a puñetazos entre los diputados de los dos bandos enfrentados, y la de Sebastián Piñera (Chile, 2010) se vio sacudida por unos terremotos que obligaron a desalojar el edificio.

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