Refugiados en España | Tercera entrega

Cheija, apátrida: «Para los españoles, no me integré hasta que me quité el pañuelo»

Vídeo: Cheija Abdalahe: «Un refugiado nunca busca romper la paz» - Imagen: DAVID G. TRIADÓ / Redacción y Montaje: ELENA VILLEGAS

Cheija es refugiada desde que nació. Sus padres huyeron del Sáhara Occidental cuando fue invadido por Marruecos, en 1975; atrás se vieron obligados a dejar a su hija mayor, a quien llevan más de 30 años sin ver. Cheija dice sentirse «mala persona» por no sentir por su hermana el afecto que correspondería. Asegura que tiene «mucho amor guardado para ella, pero está sin estrenar».

Cheija es apátrida; es decir, no tiene ninguna nacionalidad, por lo que le resultó mucho más difícil que a otros inmigrantes obtener los permisos de residencia y de trabajo. La apatridia implica un limbo legal que únicamente permite acceder a los derechos más básicos a los afectados. En 2015, 1.082 saharauis solicitaron el asilo en España.

Renuncio a ser negativa porque si no nos consumimos a nosotros mismosCheija Abdalahe

La de su familia es la historia de una familia refugiada y, por tanto, separada. Cheija se sintió responsable por no llorar cuando le comunicaron la muerte de su abuelo, a quien no había visto más que en una foto. Aún así, renuncia a «ser negativa» porque «si no, nos consumimos a nosotros mismos».

La positividad es un leit motiv en la vida de Cheija. Criada con escasos recursos en un campamento de refugiados en Tinduf (Argelia), habla cuatro idiomas, tiene dos carreras y está estudiando su segundo Máster. Aún así, tardó cuatro años en legalizar su situación en España y los únicos trabajos a los que podía acceder era limpiando casas o cuidando niños.

En aquella época, llevaba la melfa, el pañuelo que visten las mujeres saharauis. Con esa prenda, no tenía acceso a otro tipo de empleos, por lo que decidió quitárselo. Ese gesto, le abrió las puertas que necesitaba.

Vídeo: Qué es la integración- Redacción: ELENA VILLEGAS / Imagen: DAVID G. TRIADÓ

Ya con su documentación (como apátrida, no como refugiada) en regla, la mayor satisfacción de Cheija fue corresponder con sus impuestos a una sociedad, la española, a la que asegura querer mucho. Desde esta posición, ha optado por seguir luchando como activista por un Sáhara libre.

La invasión marroquí provocó un exilio de miles de personas. Los camiones se llenaban de hombres y mujeres que querían escapar; cuando una o dos se caía, el camión no se detenía. «Era el mal menor», explica Cheija.

El punto de partida de la invasión tuvo lugar en 1975 con la Marcha Verde –una movilización miles de marroquíes reclamando el Sáhara-, que desembocó en el repliegue de las tropas españolas, y en la división del Sáhara en dos partes, una de Marruecos y otra, de Mauritania. Después de la guerra entre ambos países por este territorio, la ONU intervino y exigió el cese de hostilidades y la celebración de un referéndum. Marruecos introdujo colonos en el Sáhara para que votaran en esa consulta, que nunca se llegó a celebrar.

Su madre le ha contado que, cuando el Sáhara era una provincia española, sentía libertad; a pesar de no ser más que una colonia, podía ir al cine, podía pasear con su marido de la mano, podía ver el mar… Pero cuando los españoles se fueron y dejaron vía libre a Marruecos, sintieron miedo. Ahora, Cheija sueña con ver a sus padres regresar al Sáhara y volver a tocar su «amado mar».

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