Calen bayonetas

Girauta y Sáenz de Santamaría pelearon ayer en el Parlamento por el monopolio de otro argumento vertebral, el paladinazgo de la unidad de España, que los catalanes de Tabarnia prefirieron encomendar a Cs

David Gistau
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La lucha entre Cs y PP va a ser casa por casa. Es decir, reñirán, uno por uno, todos los defectos adjudicables al adversario y todas las virtudes pretendidas para uno mismo. Por ejemplo, si Cs dispone de ventaja en una cuestión esencial como la honradez, el PP, hundido en esto por su cuerda de presos corruptos y su orfeón de «pentiti», cuestiona su financiación para intentar arruinarle esa presunción de superioridad atractiva para un electorado harto de la mangancia popular y menos amedrentado que antes por el posible advenimiento de una horda de extrema izquierda.

De igual forma, Girauta y Sáenz de Santamaría pelearon ayer en el Parlamento por el monopolio de otro argumento vertebral, el paladinazgo de la unidad de España, que los catalanes de Tabarnia prefirieron encomendar a Cs. Girauta trató de hacer sospechoso al PP ante las gentes que tienen la bandera colgada en el balcón aludiendo a las concesiones del gobierno al PNV cuando este partido, favorecido por la precariedad parlamentaria de Rajoy, ejerce un poder chantajista propio de la clásica bisagra nacionalista. En esto, Cs no porque acaba de llegar, pero el PP es heredero de una costumbre de rendición pactista, como en el Majestic, que formaba parte de las rutinas del ciclo del 78, que era vendida cínicamente como un remedio para integrar nacionalistas, pero que ha cambiado en la percepción de los españoles hastiados del enemigo interior nacionalista. Por eso, la vicepresidenta tuvo que salir a presentar credenciales compensatorias de oposición al nacionalismo como ante el plan Ibarreche. Se avecina una gran competición de amor a España entre ambos. No descartamos juras de bandera.

Por otra parte, en la sesión de control Rajoy a punto estuvo de tener una mañana apacible. Mientras lo conminaba a despertarse, Margarita Robles le inquirió por la pobreza, el paro juvenil, la precariedad laboral... A pesar del tiempo transcurrido y de la ya relativa vigencia de la «herencia recibida» de Zapatero y su récord de paro, sigue pareciendo sarcástico que un socialista se atreva a entrar en esto. Rajoy tuvo hasta cierta gracia cuando le respondió a Robles que, diciendo estas cosas, no le hacía oposición a él, sino al «presidente anterior». Más fácil todavía le resultó templar a Rufián cuando éste, mezclando en su cabecita el ejército actual y los valores de esta España con Franco y su Movimiento, denunció un supuesto adoctrinamiento fascista en las aulas que nada tendría que ver con las programaciones robóticas de escolares en Cataluña, pues ahí sólo se predicaría el amor. A Rajoy le bastó indicarle que ese supuesto adoctrinamiento fascista forma parte de la ley de Educación para la Ciudadanía que ERC le votó al PSOE de Zapatero.

Si Rajoy no tuvo la mañana perfecta fue por Aitor Esteban, del PNV, quien, al menos comparado con la indigencia intelectual de la muchachada que lo rodea, es un gran parlamentario de corte clásico. Rajoy no fue capaz de defender con soltura la permanencia en la jefatura de la UCO del coronel Corbín, acusado de fanfarronería y torturas por Esteban, es decir, una pieza que el PNV ansía cobrarse aunque sólo sea para demostrar que puede y para exhibir esa cabeza de la lucha antiterrorista a sus parroquianos más fronterizos.

David GistauDavid GistauArticulista de OpiniónDavid Gistau