David Gistau

Boina calada

Se nos anuncia el PSG cuando todavía estamos conmocionados por la aparición de Sergio Ramos disfrazado de Tigre del Maestrazgo

David Gistau
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Se nos anuncia el PSG cuando todavía estamos conmocionados por la aparición de Sergio Ramos disfrazado de Tigre del Maestrazgo. Si Zidane impuso un estilo comedido, de barrio alto, basado en la arenga susurrada y en el que a veces echamos de menos a alguien que se cague en algo o al que se le formen estigmas de sudor debajo de las axilas, el mensaje de Ramos, dispuesto a salir de carlistada en la Champions, cobra casi una emoción como de última carga de un equipo en vías de extinción. ¡Hip, hip, Hurra! Viva este Real Madrid montaraz al que parece que hay que alistarse durante una borrachera en una taberna. Vivan las cabalgadas inútiles. Viva decirle al duque de Enghien que éste es un Tercio español.

Lo mismo podría haber aparecido Sergio Ramos disfrazado de Confederado, lo habríamos comprendido exactamente igual e incluso ahora podríamos trazar analogías acerca del herrumbroso sable de un aristócrata de Europa enfrentado a una potencia industrial norteña saturada de ambiciones advenedizas y de jeques que tratan de dominar el gran juego mundial. Sergio como caballero sudista de Faulkner, después de eso podríamos quemar los abonos porque ya nada mejor podría ofrecernos el Real Madrid. Bueno, sí, en realidad aún cobijaría la fantasía, perdonadme, de ver a Sergio, al concentrarse para los cuartos de final, vestido de Marco Vipsanio Agripa en la víspera de Actium. Ahí puedo hasta enamorarme. Y pensar que me estaba aburriendo con el fútbol... Si resulta que, por culpa de la boina de Sergio Ramos, esta mañana he ido a mirar la estatua de Baldomero Espartero que se me recorta en la ventana y estaba el espadón calentando en la banda.

Es posible que la estampa de Sergio Ramos, a pesar de su evidente capacidad disuasoria, no sea suficiente para que el PSG renuncie a presentarse en Madrid el próximo miércoles. Aun así, vista en Barcelona su fragilidad mental, me extraña que todavía no hayan mandado emisarios para negociar. Cometerá un error Florentino Pérez si no solicita a la UEFA permiso para que Sergio Ramos juegue vestido con el uniforme de gala de Zumalacárregui. No sólo cobrarían por fin sentido todas esas veces en que un defensa central mereció un apodo de resonancias castrenses: el Kaiser, el Jefe, el Mariscal, el Cacique, el Dux Bellorum... hasta llegar al General Carlista. Sino que, además, el Real Madrid prolongaría en el campo esta ventaja psicológica recién adquirida sobre un PSG aflojado por el hedonismo de meninos en Saint-Tropez y roto por dentro por culpa de ciertas colisiones de protagonismos que demuestran que, en un campamento, de vez en cuando es necesario fusilar a alguien.

Algunos pensarán que la vestimenta de Sergio Ramos, como aquella con la que el otro día apareció vestido de empleado de una ferretería, es sólo la «boutade» involuntaria de un tipo de barrio que ha decidido jugar a ser un «it-boy». No lo veo así. Al revés, estoy seguro de que Sergio percibió el ambiente fatalista que rodea en la actualidad a la institución y, obrando como capitán, decidió activar con el uniforme de carlista un reflejo pavloviano que devolviera a las huestes ardor guerrero. Esto es como si Guardiola hubiera acudido a los clásicos contra Mou disfrazado de tambor del Bruc. En algo, sin embargo, se equivocó Sergio Ramos. Disponía, y con mayor motivo en Madrid, de una referencia histórica más eficaz para enardecer ánimos ante la visita del francés. Un uniforme del parque de Artillería como los de Daoiz y Velarde. Un vestido de Manola con el refajo lleno de macetas para arrojárselas a los mamelucos. Unos patillones y un trabuco, a lo Juan Martín «El empecinado», cuyas frases, extraídas del Galdós, habrían sido perfectas para soltarlas en la rueda de prensa del martes. Sólo Sergio puede volver «it», o «must», o como se diga, un traje de bandolero.

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