Fernando González UrbanejaSeguir

Las bondades del comercio en libertad Fernando González Urbaneja

Hay doctrina suficiente para defender que el proteccionismo nunca fue bueno, que pudo aparentar algún beneficio inicial, pero sin continuidad ni eficacia

Un comerciante en Mercamadrid
Un comerciante en Mercamadrid - Eduardo San Bernardo

En la historia jurídica y política española reciente hay dos disposiciones sobresalientes: la Ley de Reforma Política de noviembre de 1976 y el decreto denominado «Boyer» de mayo de 1985. Ambas leyes ocuparon poco más de una página del BOE; su redacción fue precisa y concluyente, no requirieron de correcciones de errores ni interpretaciones posteriores. Hicieron mucho bien a los españoles. La una trajo las libertades, la democracia y el régimen constitucional (que hoy está averiado). Y la otra liberó las fuerzas económicas, concretamente los arrendamientos, los horarios comerciales y la fiscalidad empresarial con efectos fulminantes para salir del estancamiento de una década y cebar la recuperación. El «decreto Boyer» fue luego recortado, enmendado y perjudicado por otros gobiernos sensibles a los grupos de interés que temen la libertad. Pero sus efectos fueron decisivos.

Los recortes al marco de libertad han venido de gobiernos de derechas, de izquierdas, autonómicos, y, a veces, del nacional. Ahora renace una corriente restrictiva del comercio, no solo en España, con argumentos conservadores. El candidato Trump utilizó algunos de esos argumentos para arañar votos en su fallido debate con su adversaria. Para Trump los tratados de libre comercio firmados por Estados Unidos las últimas décadas han traído ruina a los americanos. Como no es posible construir el escenario alternativo no hay forma concluyente para afirmar que la proposición de Trump es una trola (una más) colosal. Pero hay doctrina suficiente para defender que el proteccionismo nunca fue bueno, que pudo aparentar algún beneficio inicial, pero sin continuidad ni eficacia. Los países abiertos han ido mejor que los protegidos.

Algunas comunidades quieren ahora restringir el comercio con argumentos proteccionistas. Los datos dicen que la libertad ha ido bien para los consumidores, para el empleo del sector y para la prosperidad general. Como ejemplo para analizar el problema sirve comparar los desarrollos comerciales de Madrid (abierto) y Cataluña (regulado). A pesar de la ventaja relativa catalana por población y por potencia turística, el comercio madrileño es más vivo, más activo y más potente. Y la libertad tiene algo que ver con el resultado.

Las bondades del comercio libre son bastante evidentes, aunque también el poder de los grupos de interés que sostienen argumentos para matizar la libertad con explicaciones que pueden parecer convincentes. Dejen al comercio que viva, que compita, que sirva a los clientes.

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