El secretario de Economía de México, Ildefonso Guajardo (i), después de la firma del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP)
El secretario de Economía de México, Ildefonso Guajardo (i), después de la firma del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) - EFE

El Acuerdo Transpacífico liberaliza dos quintos del comercio mundial

Suscrito ayer por EE.UU., México, Japón y otros nueve países, queda pendiente de sus parlamentos

CORRESPONSAL EN WASHINGTONActualizado:

El Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio (TTP, en sus siglas en inglés), que integra a doce países de América, Asia y el Pacífico, equivalentes a dos quintas partes de la economía mundial, es un hecho desde ayer. Representantes de Estados Unidos, Japón, Canadá, México, Chile, Perú, Australia, Nueva Zelanda, Vietnam, Malasia, Singapur y Brunei, suscribieron el pacto en Auckland, que sólo entrará en vigor en aquellos países en que sea ratificado por el parlamento. En algunos, como Estados Unidos o Canadá, no va ser una tarea fácil. En el primer caso por coincidir con la campaña electoral. En el segundo, por las reticencias del nuevo primer ministro, el liberal Justin Trudeau. Se calcula que el mayor acuerdo de liberalización de la historia puede suponer un impulso de la actividad económica mundial de 200.000 millones de dólares al año, facilitado por la supresión de 18.000 tarifas comerciales y la rebaja de otras, entre los doce países que lo integran.

El Acuerdo Transpacífico, cuyo contenido íntegro se dio a conocer ayer, coincidiendo con la firma, lo cual ha generado algunas críticas a la falta de transparencia, prevé también el establecimiento de un marco común de propiedad intelectual y un mecanismo de arbitraje de diferencias entre el Estado y el inversor. Frente a los más críticos, que aseguran que las mayores y casi únicas beneficiadas van a ser las corporaciones multinacionales, el pacto comercial incluye el refuerzo de los estándares del derecho al trabajo y a la protección del medio ambiente. Este es el argumento en el que incidió ayer el presidente Obama para defender el proyecto, que «pone al trabajador y al inversor por delante», según resaltó en una nota de prensa oficial el impulsor del proyecto. Frente a ello, los sindicatos también han expresado su temor a que el acuerdo globalizador termine suponiendo un abaratamiento de la mano de obra.

En Estados Unidos, aunque Obama es optimista, la coincidencia del momento con el proceso electoral no facilita las cosas. Entre los republicanos, hay división de opiniones y alguna oposición radical como la del magnate Donald Trump y el ultraconservador Ted Cruz. Por ello, sus representantes en el legislativo pretenden aplazar la negociación hasta que se haya elegido nuevo presidente, en noviembre. El rechazo rotundo de Bernie Sanders y el parcial de Hillary Clinton también ponen en duda el apoyo demócrata.

Las condiciones para la industria automovilística en Estados Unidos y Japón constituyeron uno de los puntos más controvertidos del proceso. También fue complejo consensuar el impacto en la industria farmacéutica, cuyas principales trabas estribaron en que Estados Unidos quería el mayor tiempo posible de exclusividad. Así mismo, el acuerdo incluye nuevas condiciones para la inversión y el negocio, que se verán facilitados entre los países implicados; cambios para la agricultura y la ganadería, y un respaldo a los derechos de autor y a la protección de patentes, como reclamaban las grandes compañías tecnológicas.

Aunque no está descartado que se sume en el futuro, China se queda fuera del acuerdo, lo que el presidente Obama contempla como un logro para Estados Unidos, que a su juicio “va a poder escribir las reglas en un zona estratégica del planeta”.