Fórmula 1 | GP de AustraliaLos pilotos de la cantera se imponen a los que pagan

Las estrellas criadas en las escuelas de las escuderías ganan terreno frente a los pilotos que aportan dinero por correr

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En el ecosistema de la Fórmula 1 –negocio y deporte a partes iguales desde tiempo inmemorial–, los pilotos criados en las canteras han equilibrado su presencia frente a los conductores de pago, aquellos que subvencionan su puesto gracias a multinacionales, papás multimillonarios o incluso gobiernos. De los veinte pilotos que actuarán este domingo en la pista de Albert Park (Australia), prueba inaugural del curso, al menos once se han educado a fuego lento, en escuelas diseñadas o tuteladas por las principales escuderías. Una relación mayoritaria que invierte la tendencia en la Fórmula 1, acostumbrada en los últimos años a desperdiciar talento en favor de su majestad el dólar.

El asunto parece simple en el horizonte de la temporada 2018. Las grandes corporaciones de la F1 (Mercedes, Ferrari, McLaren, Red Bull o Renault) prefieren adiestrar a los jóvenes cachorros con capacidad y maneras en sus centros de formación y en las categorías inferiores de los monoplazas, justo en la edad comprometida en la que muchos adolescentes pueden dejar el deporte por falta de financiación. Y de otro lado, las escuderías pequeñas (en particular, Williams y Sauber), que han elegido recoger el dinero de pilotos sin mucho pedigrí a cambio de la supervivencia económica.

100 millones mínimo

Mantener un equipo de Fórmula 1 en el Mundial cuesta al menos 100 millones de euros. Las escuderías viven de los patrocinadores y del reparto de los derechos de televisión que obtienen según su clasificación en el campeonato de constructores, esa clasificación medio clandestina pero que aporta un porcentaje crucial en la economía de cada escuadra. Según Bussines Book GP, Mercedes movió en 2017 un presupuesto de 497 millones, Ferrari 473, McLaren 451, Red Bull 429... Y a gran distancia, el resto: Renault (271), Williams (189), Force India (145), Toro Rosso (124), Haas (117) y Sauber (90).

Ridiculizados durante mucho tiempo por arrebatar el sitio a deportistas con más méritos deportivos, los pilotos de pago se instalaron en la Fórmula 1 como parte del sistema. El venezolano Pastor Maldonado (apoyado por el antiguo gobierno de Chaves), el mexicano Esteban Gutiérrez (impulsado por uno de los hombres más ricos del mundo, Carlos Slim) o el canadiense Lance Stroll (su padre, Lawrence Stroll es dueño de Tommy Hilfiger o Michael Kors) han sido símbolos de niños ricos elevados a la F1 por dinero. En términos peyorativos, pilotos de pago.

Pero ha girado la querencia. La escuela de marines de Red Bull en Fuschel (Austria), también denominada Programa de Pilotos, prevalece en la Fórmula 1. Al menos seis conductores educados a las órdenes del veterano Helmut Marko, conocido en el mundillo como Dios, compiten en el campeonato: Verstappen, Ricciardo (Red Bull), Gasly, Hartley (Toro Rosso), Carlos Sainz (cedido a Renault) y Sebastian Vettel (fichado por Ferrari hace cuatro inviernos).

Al belga Stoffel Vandoorne lo ha llevado de la mano el equipo McLaren. Ingresó en el programa de jóvenes pilotos de la escudería inglesa en 2013 y así concursó en la Fórmula Renault inglesa y en la GP2, la segunda división de la F1. El francés Esteban Ocon permaneció al amparo de Lotus, primero, y Mercedes ahora. Corre para Force India. Charles Leclerq (Sauber) es un producto de la Academia de Ferrari.

El ruso Sergey Sirotkin se sale de la norma este año. Ha llegado a Williams sin palmarés ni triunfos significativos en las divisiones inferiores, pero con patrocinadores que ya lucen en el coche británico. Un monoplaza señalado por el dinero para el curso que arranca.