Antonio García, a la izquierda, y Fernando Alonso, derecha, en 1989
Antonio García, a la izquierda, y Fernando Alonso, derecha, en 1989 - SEBASTIAN GARCÍA
Fórmula 1

El mejor amigo, el rival anónimo

Después de 19 años, Fernando Alonso se reencontrará en las 24 Horas de Daytona con Antonio García, su alma gemela

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En algún momento de 1988, Fernando Alonso se presentó en la localidad madrileña de Soto del Real con un kart acomodado en el coche ranchera de su padre, José Luis, maestro industrial en una fábrica de explosivos a las afueras de Oviedo. Llegaba a la población de la sierra norte —hoy célebre por la prisión donde duermen múltiples acusados de corrupción— con la pretensión de ganar aquella carrera de karting que, como todas las de la época, cuestionaba las elementales medidas de seguridad. Había balas de paja en las esquinas de las calles en vez de los actuales paneles de kevlar para proteger el físico de los pilotos. Con el mismo relleno de hierba seca se construían las chicanes o las curvas. Los motorhome de los chicos eran los asientos de los coches de sus padres, quienes también ejercían como mecánicos, psicólogos, ingenieros y transportistas. Allí conoció Alonso, hoy estrella de la Fórmula 1, a su mejor amigo, Antonio García. Treinta años después de entablar la primera conversación entre niños (tenían ocho y nueve primaveras) y 19 después de disputar su última carrera juntos compartiendo equipo, ambos se reencontrarán los próximos 27 y 28 de enero en Estados Unidos. Alonso competirá en las 24 horas de Daytona (en Florida) como preparación para las 24 horas de Le Mans, carreras de resistencia que ya ha ganado su alma gemela.

La vida entonces no era como ahora. Alonso nada en la abundancia, doble campeón del mundo de Fórmula 1, uno de los deportistas más conocidos en la historia de España, pionero en su deporte, y Antonio García, campeón de las 24 horas de Daytona, en su categoría en Le Mans, reconocido piloto en la esfera de su deporte, aunque no para el gran público. Al asturiano lo llevaba su padre de pueblo en pueblo. Y también al madrileño lo impulsaba su progenitor, Sebastián García, quien hacía todas las funciones descritas y además ejercía como periodista, tirando fotos y escribiendo crónicas de las carreras de los chicos para las revistas especializadas «AutoHebdo» y «Autopista».

«Hubo química al instante —recuerda Antonio García a ABC—. Somos introvertidos los dos, pero muy determinados. Nos gusta competir. Nuestros padres también hicieron buenas migas». Por los alrededores de Madrid, en Torrejón de Ardoz, Santos de la Humosa o Velilla de San Antonio, se fraguó la amistad de los pilotos en las mañanas de los domingos. También en poblaciones de Castilla y León, donde los muchachos soñaban.

Viajes por carretera

«Mi equipo éramos mi padre, mi madre y yo. Y el de Fernando eran su padre y él —cuenta García—. El karting fue un mundo que nos educó. Éramos treinta chavales en cada parrilla de salida. Yo gané bastantes carreras y también Fernando. Había que ganar para seguir compitiendo. Llevábamos el kart en la baca del coche y hacia 1990 nos compramos un remolque para transportarlo».

La progresión creció y el tándem García-Alonso salió a Europa, sobre todo a Parma. «Hacíamos viajes larguísimos en coche hasta Italia, salíamos el viernes después del colegio y regresábamos el domingo después de la carrera para estar el lunes de nuevo en el colegio. A veces yo me iba con Fernando y su padre, y otras se venía él con nosotros».

Antonio García es conciso, cauteloso y concreto. Habla con propiedad. Afloran detalles desde 1987, cuando coincidió por primera vez con el asturiano, hasta 1999, cuando sus vidas se separaron. A Alonso lo contrató el equipo de karts IAME y a García, el Italsystem. Eran buenos y rápidos. Gente precoz en su adolescencia. «Algún millón de pesetas sí ganamos», dice Antonio García. Ambos eran pilotos oficiales de escuderías oficiales del kart.

«Aunque somos callados, Fernando y yo hemos hablado de todas las situaciones de la vida durante muchísimo tiempo. Pasábamos muchas horas juntos en los circuitos —revela el piloto madrileño—. Hasta que en 2000 nos separamos».

No los desconectó la ocupación de sus padres. El traslado de Sebastián García, dedicado a la banca informática, a Barcelona en 1993 en busca de mejores oportunidades laborales. Tampoco el desánimo o el dinero. «A los dos nos costó abandonar los karts porque éramos muy felices siendo campeones de Europa y del mundo. Ni nos planteábamos la Fórmula 1. Para algunos llegar allí es una obsesión. Nosotros lo veíamos como un sueño».

El último equipo que compartieron fue el de Adrián Campos en la Fórmula Nissan en 1999. Alonso se marchó luego a la Fórmula 3.000 y García se dirigió a la misma categoría en la factoría de Red Bull. «Yo quería vivir del automovilismo porque me encanta —explica Antonio García—. Mi primer gran batacazo fue no entrar en el Junior Team de Red Bull. Insistí porque me dejaron en la calle y me ubicaron en un Porsche de la ex FIA-GT. Gané las 24 horas de Spa. Me di cuenta de que hay vida fuera de la F1. No podía obcecarme y echar todo a perder. Y cambié de vida».

BMW en el Mundial de turismos, Aston Martin y Corvette en la resistencia. Vida en Estados Unidos… Y triunfos. Las 24 horas de Daytona, tres éxitos en las 24 horas de Le Mans en su clase, las 12 horas de Sebring… «Soy un piloto distinto a Fernando. Más fino y más fluido tal vez», sonríe.

«Nos vemos menos, pero siempre he mantenido contacto con Fernando. Estoy pendiente de él y él de mí. Hace unas semanas me preguntó por las 24 horas de Daytona y entendí que las correría. Pues nos volveremos a encontrar y trataré de ganarle».