Alpinismo

Kilian Jornet: «La montaña te ayuda a entender el mundo»

El atleta reflexiona sobre sus aventuras y su propia vida después de hollar dos veces el Everest, en 26 y 17 horas, en apenas seis días

Kilian Jornet, durante la entrevista con ABC
Kilian Jornet, durante la entrevista con ABC - ABC

Subió al Everest, sin oxígeno, sin compañía, sin miedo. Pero un virus estomacal frenó sus expectativas y lo hizo ir más lento. Una vez en el campo base, aburrido, decidió intentarlo otra vez. En cinco días, dos ascensos al techo del mundo, en 26 y en 17 horas. «En la segunda pedí que no avisaran a nadie, ni a mi madre, por no preocuparla», sonríe Kilian Jornet. Ya en el suelo, admite que él solo corre más rápido que otros, nada más, y juguetea con unas ramitas en el césped del Parque de El Retiro, buscando en su mirada hacia abajo lo que sintió allá arriba.

¿Necesitaba hacerlo dos veces?

La primera subí muy bien, al ritmo que estaba entrenando hasta los 7.600, luego empecé a vomitar y vi que no iba bien, pero ya que estaba allí arriba... Es bonito estar en la cima. Bajando fui pensando que había una ventana de buen tiempo a los cinco días. Quería probar si era posible recuperarme rápido para volver a subir, y saber si estaría con mejores sensaciones físicas.

Todos hablan de sus condiciones físicas, ¿hay que entrenarlas?

Todos tenemos una morfología genética un poco predeterminada. Yo puedo soñar con jugar en la NBA, pero no me iría muy bien. Pero hay mucho entrenamiento. Estar en la montaña desde niño y con tantas carreras desde hace quince años, hace que el cuerpo vaya adquiriendo una madurez física para soportar los esfuerzos allá arriba.

Y la cabeza, ¿cómo se prepara?

La clave está en sentirse cómodo con los problemas que vienen. Ser racional. ¿Hace frío para congelarme? No, es soportable. ¿Qué ocurre, que es de noche? No es un problema real. Tengo un virus, me putea y no es una sensación agradable, pero no pone mi vida en riesgo. Puedo seguir. Para estar cómodo con esa situación o al tomar ciertos riesgos, el entrenamiento es hacer actividades que te pongan en zonas dsapacibles, en las que no estás a gusto, incluso con cierto riesgo, a tu límite. Cuando llegas allí hay que quitar la emoción, ser racional. Sé que no estoy a gusto y hay riesgo, pero estoy cómodo en esa situación y he decidido que es posible hacerlo. Si hay mucho riesgo te das media vuelta. Es aprender a vivir con esa tensión.

El ser humano tiende a evitar cualquier riesgo.

Está la pulsión de vida, la de superviviencia, que te dice «vete de aquí que te matas». Y otra pulsión, la de muerte, que te atrae porque quieres encontrar una sensación determinada. Es una lucha entre las dos. Hay días que gana una y otros que gana la otra. Días en los que te das la vuelta y quizá podría haber seguido. Otros que te das la vuelta satisfecho. Y otros en los que aprendes y vuelves diciendo: «podría haberme matado, no debería haber tomado ese riesgo».

¿El miedo también se entrena?

Soy bastante racional. En la montaña si voy por aquí, qué me puede pasar, romperme una pierna, bueno… pero sí hay cosas a las que me enfrento y me digo: «esto te puede matar». Hay respeto, y buscas la manera de evitarlo. El miedo es lo que nos mantiene con vida. Sin el miedo subirías a un quinto piso y saltarías. Es el miedo a morir por lo que no saltas. En la montaña le puedes tener miedo al hielo, a las avalanchas, y es el mismo miedo el que te dice que te vayas para casa, y te hace vivir.

Soy muy pragmático. Quito la emoción y no pienso en ella. Las buenas o las malas emociones. Y esa racionalidad es lo que me ha mantenido con vida. Aquí hay que dar media vuelta o aquí no hay nada que te salve o aquí puedes seguir para adelante. Te hablas a ti mismo, te das ánimos o te enfadas; y hay veces que estás ahí y puedes tener un accidente… Bajando el Cervino me caí, por algo, tuve la suerte de que me paré. Pero cuando caí me dije: «bueno, ya está, he terminado», pero lo único que pensaba es: «qué gilipollas que soy. ¿Por qué no he sabido verlo antes en la situación en la que me he metido?»

¿La experiencia de ir solo es también buscada?

Cada experiencia es distinta, no solo si vas solo o acompañado, sino por el momento emocional que estés viviendo. Estaba con mi compañera en el Cho Oyu, y un amigo mío, un gran alpinista, seguramente el mejor, Ueli Steck murió en el Nuptse. Cuando llegué al Everest, mi idea era ir por otra vía. Empecé a subir, no había muy buenas condiciones, mucho hielo. Me dije: no vale la pena. Bajé y decidí ir por la vista noreste. La influencia emocional determina lo que aceptas en cada momento y cambia constantemente. Ir solo, sin comunicación, hace que tengas que tomar tú todas las decisiones que te van a mantener con vida, y pesa, acostumbrarse a eso cuesta.

Ha recibido críticas de otros montañeros que dicen que sus aventuras banalizan la montaña.

Todos tienen el derecho de disfrutarla de la manera que quieran. Puedes criticar al que está destrozando la Naturaleza, pero el resto todo es respetable. La motivación debe ser personal. A mí subir un «ochomil» con oxígeno no creo que vaya a hacerme aprender algo. Pero no es malo o criticable. Esa persona que lo sube así es porque quiere asumir menos riesgos, no quiere subir de una forma equis, sino tachar la cima, y pone los medios por delante de la forma. Hace 200 años, no se podía subir el Mont Blanc porque había demonios en el glaciar. Cuando subió Messner el Everest sin oxígeno decían que no podía ser fisiológicamente. Las técnicas, los materiales, los entrenamientos evolucionan, las ideas evolucionan y cosas que antes no se podían hacer ahora son posibles. Eso da mucha inspiración.

¿Se ha encontrado alguna vez esos demonios en la cima?

En la montaña te encuentras demonios siempre porque la montaña es un espejo y te encuentras a ti mismo. Y aprendes a conocerte. Con tus miedos y las cosas que evitamos pensar o enfrentarnos, allí no las puedes esquivar. Lo malo te sigue hasta abajo, pero a veces el proceso te hace ver los caminos que pueden solucionar estos problemas. O afrontarlo y vivir con eso.

¿Nota desgaste en su cuerpo?

Yo me siento joven aún. Quiero seguir aprendiendo; hay un montón de cosas que no he hecho. No hay nunca que sentar cátedra, sino poner en cuestión lo que uno hace y cómo se hacen las cosas y el por qué. No hay que pensar que se ha llegado a la madurez.

Le dicen a usted que está loco y luego ve las guerras o los atentados...

Estamos muy locos como especie humana. No es que no nos demos cuenta, creo que no nos queremos dar cuenta. Sabemos que necesitamos aire para respirar y agua para beber y estamos destruyendo esto por individualismo. Piensas que no es mi problema: es de otros, de los que deciden, de la sociedad como colectivo, pero no contándome a mí como individuo. Y también estamos destruyéndonos a nosotros mismos. Cuando ves que se fomenta más el odio que la solidaridad o el amor es que algo va mal. El radicalismo en Europa y en Asia. En Francia Le Pen ha subido, en Austria, en Estados Unidos... se está fomentando el odio. Por esta separación, «ellos y nosotros». No, somos todos. No hay una solución fácil. Tiene que venir de la educación. De niños que crezcan con una forma de ver la sociedad distinta. Viajar ayuda mucho porque ves que problemas y verdades son distintas depende de dónde las mires. Las dos son verdades. Pero hay factores que las hacen distintas. Lo de alrededor nos influye mucho.

¿Qué nos enseñan las montañas?

Primero te hace entenderla y entender el mundo. Si entiendes cómo crecen las verduras vas a entender más por qué es más importante luchar contra el cambio climático y no contaminar el agua. Lo lees en un artículo y vale, dices ah, sí, es verdad, pero si a diario lo ves, lo vives, te queda grabado internamente. Y segundo, en la cima de la montaña, relativizas mucho los problemas. Estás en una situación de riesgo y ves que lo que tenías abajo no era tan importante. Allí arriba además de esos problemas de riesgo, el problema es enfrentarte a ti mismo. Si tienes un momento de peligro en la montaña, piensas: «ahora sí es un problema de verdad». No ofuscarse con eso te hace encontrar la solución o al menos ponerle medios.

O viajando. Vas a Nepal y ves gente que no tiene nada. Tiene dos países enormes que le han cortado la gasolina y no tienen casa ni nada, ni siquiera pueden pensar en el futuro porque no tienen cómo reconstruirlo. Hay que vivir así durante un tiempo y no podemos hacer nada. En lugar de ofuscarse con eso ves que la gente es optimista. Y siguen para adelante. «Con lo que tengo ¿qué puedo hacer?». Y es gente que lo ha perdido todo. Y te dices «¿y yo me estoy quejando por esto. ¿Podría hacer algo en lugar de quejarme para solucionarlo?» Esa gente lo hace y con muchos menos medios.

¿Así educaría a un hijo, si lo tiene?

Lo he pensado y me gustaría. Creo que hay que dar responsabilidades a los niños. Que tome sus decisiones, que sea consciente de por qué las toma, que pueda escoger, pero no que lo pida todo, sino que sepa qué se requiere para llegar a lo que quiere: tiempo, esfuerzo, todos los problemas. Saber que si abres una puerta cierras otras. Tendrán una forma de reflexionar más abierta, más libre, más consciente de sí mismo y autónoma. Seguirá menos por inercia y creo que eso nos haría mejor sociedad.

Eso hoy en día la educación lo está limitando. Te aporta unos conocimientos, pero también te está haciendo llevar un camino muy determinado. Creo que la gente no sabe lo que quiere hacer. A lo mejor se dan cuenta de qué quiere hacer cuando tienen treinta y pico años, que han terminado la carrera porque era lo que había que hacer. Llegas allí porque creías que querías hacer eso, pero es por inercia.

¿Qué va a hacer a partir de ahora?

Soy bastante del día a día. Me levanto por la mañana, miro por la ventana y me digo: «quiero subir ese monte». Y para mí es igual de importante este proyecto del Everest como subir a la colina de detrás de casa en Noruega con mi compañera Emelie Forsberg, o con un amigo.

Ideas siempre hay muchas: subes a una cima, miras alrededor y hay un montón de otras cimas y vas apuntando. Luego te das cuenta de que todo eso no lo puedes hacer. Hoy me toca escoger qué quiero hacer y cómo lo quiero hacer, este año o los próximos, y empiezo a tachar cosas de la lista. Hay proyectos deportivos, familiares, humanos.

¿Se arrepiente de algo en su vida?

De no haber hecho algo no, porque no puedes volver al pasado. Soy optimista en el sentido de que cuando la he cagado no me puedo estar lamentando. Puedes estar triste, pero tienes que decir: «desde la situación en la que estoy ahora qué puedo hacer ahora para que me lleve a ser feliz». No lamentarse de las puertas que has cerrado. No la voy a abrir, bueno, pero puedo abrir todas esas otras. Hay días que vuelves a casa y dices: «hoy he sido gilipollas». Tomar ese riesgo era demasiado, o tal como lo he hecho era peligroso. Pero hay que vivir con ello. Lo único que puedes hacer es aprender para las próximas veces, para hacer las cosas de una forma distinta, o al menos, con ese bagaje que ya llevas en la mochila.

Estoy satisfecho con la vida que llevo. He tomado buenas decisiones y malas decisiones, sin duda, he cometido errores y otras veces he sido más coherente. En general he llevado un camino que me ha llevado a una vida que me hace feliz, que creo que es el objetivo final, ser feliz y ser coherente con los valores que uno tiene. Intento seguir ese camino en todos los ámbitos que pueden influir.

¿Qué le apetece comer hoy?

No soy muy especial con la comida. Ahora que lo dices... Con este calor... un helado. En la comida soy bastante de ver qué hay y elegir de lo que haya. Al estar acostumbrado a viajar tampoco tienes mucho que escoger, es lo que toca y punto. Después de volver de allí, un mes comiendo arroz, arroz, arroz, arroz, arroz. Cuando volví. Arroz… no. Nos comimos un helado al bajar del Everest. No soy mucho de chocolate.

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