La escena en la que todos los refugiados entonan «La Marsellesa» es una de las claves de la película
La escena en la que todos los refugiados entonan «La Marsellesa» es una de las claves de la película
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Todos vienen al Café de Rick

Se cumplen tres cuartos de siglo del estreno de «Casablanca». Una de las historias de amor más famosas del siglo XX que, sin embargo, se gestó ante todo como un alegato político

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Murray Burnett y Joan Alison escribieron una obra de teatro, que nunca llegó a escena, con el título de «Everybody comes to Rick’s» que fue el origen del guión de «Casablanca» (Michael Curtiz, Warner Bros, 1942). Setenta y cinco años después esta película forma parte del imaginario occidental como «Hamlet», «El Quijote» o «Las Meninas». Frases, actitudes, hechos, personajes, ambiente, vestuario, y hasta un sinfín de cigarrillos se han quedado en la Historia cultural como el sublime momento de un capítulo esencial de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945): los refugiados.

La voz en «off» con la que da comienzo el filme es reveladora: «Al estallar la Segunda Guerra Mundial fueron muchos los que desde la prisionera Europa dirigieron sus esperanzadas o desesperadas miradas hacia la libertad de las Américas. Lisboa se convirtió en el principal punto de embarque. Pero no todo el mundo podía llegar directamente a Lisboa. Y así comienza un largo y penoso peregrinar. De París a Marsella. Por el mediterráneo hasta Orán. Luego, bordeando África en tren, en barco o en automóvil hasta Casablanca, en el Marruecos francés. Aquí los más afortunados conseguían con dinero, influencia o suerte sus visados de salida, viajaban hasta Lisboa y de allí al Nuevo Mundo. Pero todos esperaban en Casablanca, y esperaban, esperaban, esperaban…». Esta parte del extraordinario guión es de Howard Koch, quien, en constante polémica con el director, trataba de darle una orientación profundamente política, cuando no militante y crítica ante el hecho de que a la altura de 1941, Estados Unidos aún mantuviera relaciones diplomáticas con el Gobierno de Vichy en el norte de África. Porque una de las intenciones palmarias en la intención de la historia que se cuenta es que Estados Unidos rompa tales relaciones y pase al apoyo de la Francia de De Gaulle.

Y Roosevelt lloró

Más allá del formidable arranque, con unos diálogos inundados de ingenio e ironía, obra de los hermanos Julius J. y Philip G. Epstein –ambos, tan fervientes admiradores de los coches que no es casualidad que el Prefecto de Policía francés, Claude Rains, se llame Renault y que Sydney Greenstreet, pope del mercado negro local, quien propone comprarle el café a Rick, imponente Humphrey Bogart, reciba el nombre de Ferrari–- la película deriva hacia lo que todavía hoy se contempla como una historia de amor, entre Rick e Ilsa, Ingrid Bergman magnífica, para lo que se buscó una mayor participación de Koch y de Casey Robinson (cuyo nombre no aparece en los títulos de crédito).

Todo en la película, con un final resplandeciente, está teñido de intenciones políticas. Pocas escenas de un mayor contenido emocional como el momento en el que Victor Laszlo (Paul Henreid) decide por su cuenta, sin atender a la opinión del dueño del Café –aún cuando éste con un leve gesto autorice a sus empleados– que la orquesta interprete «La Marsellesa» ante el vocerío de los oficiales nazis con el cántico de «Die Watch am Rhein». Cuentan que cuando en pase privado para el presidente Roosevelt en la Casa Blanca (el día de Fin de Año de 1942) éste contempló la escena, lloraba en la oscuridad de la sala. Lo cierto es que diez días después, por primera vez en la Historia un presidente de Estados Unidos viajaba en avión hacia Casablanca para encontrarse con Churchill, y allí bajo la insistencia del británico, Estados Unidos se desligó de sus relaciones con Vichy.

Como las grandes obras clásicas, cada vez que uno la contempla descubre aspectos, situaciones y actitudes que no se agotan

El Café, lo ha contado Umberto Eco, es la suma y resumen que recuerda al espectador otros lugares arquetípicos: el Gran Hotel, La Legión Extranjera, el vapor del Missisipi, burdeles de Nueva Orleans, tugurios de Macao o Síngapur. Un lugar de encuentro y peregrinaje donde la mezcla y la amalgama de aventureros, traficantes, policías, resistentes, políticos, militares, espías y refu- giados se citan cada noche. Es allí donde se podrá conseguir el visado. No es casual que las primeras escenas estén centradas en la huída de Ugarte (Peter Lorre) quien posee uno de esos preciados visados. Visados con los que trafica el corrupto Prefecto. Los visados serán la trama central, más allá del amor entre Rick e Ilsa, porque será por el visado por el que el duro, y sentimental, antiguo combatiente antifascista, Rick, renuncie a la única persona a la que ha querido apasionadamente.

Ese primer Rick –que interrogado por su profesión responde: «Borracho», se mantiene al margen de cualquier bando en guerra y muestra una irritante ambigüedad moral– renace y entrega los visados a Victor Laszlo, quien en la película semeja, hasta físicamente, la figura del general Charles de Gaulle. Como las grandes obras clásicas, cada vez que uno la contempla descubre aspectos, situaciones y actitudes que no se agotan en cada nueva visión. No termina nunca, ni después de setenta y cinco cinematográficos años de una película para la que la palabra «Fin», no tiene ningún sentido.