TELEVISIÓN

La moral por los suelos

«Shameless» es la serie más negra e incorrecta de la tele, el envés de la traviesa «Modern Family». Su protagonista es un indeseable, dentro de una producción atrevida e inteligente, que tiene ritmo y unos personajes cautivadores

La desastrosa familia Gallagher en el tejado de su casa, en una imagen de la cuarta temporada
La desastrosa familia Gallagher en el tejado de su casa, en una imagen de la cuarta temporada

No es una comedia. El espectador ríe como mecanismo de defensa y los actores han llegado a confesar que algunas páginas del guión de «Shameless» les provocaban ronchas en el alma. Frank, el irresponsable y alcohólico padre de familia de los Gallagher, que no cabeza, es el personaje más extremo visto en televisión. Sus seis hijos están mejor sin él y lo saben, incluido el más pequeño, inexplicablemente de piel negra. Todos viven aterrorizados por la posibilidad de acabar pareciéndose a su padre borracho («No se bebe porque se tenga sed») o a su madre bipolar. Ni siquiera la casa es suya. Era de una tía enterrada en el jardín para poder seguir cobrando su pensión. Fiona (Emmy Rossum), la adorable hermana mayor, saca adelante a todos, pero también sabe tropezar en el bordillo del infierno.

«Así es el esperma Gallagher, ambicioso, imparable, todo lo que no somos después de nacer. Pronto solo habrá en el país mexicanos y Gallaghers», augura el personaje encarnado de forma magistral por William H. Macy. Es difícil no odiarlo, aunque el humor negro actúa como lubricante y a ratos podemos disfrutar su carencia de límites. Lo milagroso es que la serie logre conmover por la negrura del relato, enamorar gracias a sus personajes y hacer reír por el humor salvaje de las situaciones. Es atrevida e inteligente, y tiene ritmo. El poso de amargura adquirido con los años solo le ha dado mayor profundidad.

Origen británico

Hasta ahora, lo más parecido que habíamos conocido era Homer Simpson. Otro antecedente, más inocente, es el George Constanza de «Seinfield». Larry David volcó lo peor de sí para crear al personaje y Jason Alexander aportó fealdad, pocos centímetros y una moderada obesidad. La calvicie es el único rasgo que comparten. Hay un capítulo de la serie de Jerry Seinfeld que resume su forma de ver el mundo, su «mundus operandi». A punto de casarse, descubre que a la actriz Marisa Tomei, amiga de un amigo, le chiflan los hombres como él. La idea, absurda, envenena el escaso amor que sentía y ya solo piensa en anular la boda, pero resulta que además es un cobarde. El destino viene a salvarlo. Como también es tacaño, elige las invitaciones de boda más baratas y su novia muere intoxicada al cerrar los sobres. Pasemos por alto la verosimilitud del argumento. Lo increíble es la reacción de George, incapaz de controlar su alegría. Prefería la muerte de la chica a enfrentarse a ella.

«Shameless» nació en el Reino Unido, en 2004, un lugar más propicio para exponer miserias. Su creador, Paul Abbott, se alió con John Wells, ganador de seis premios Emmy («Urgencias» y «El ala oeste de la Casa Blanca» lo avalan) para grabar la versión estadounidense. Wells buscó guionistas con vidas duras e infancias difíciles. La serie madre duró once temporadas, hasta 2013. La hija, que acaba de cumplir siete otoños, es cada vez más valorada.

Frank Gallagher acumula todos los vicios y defectos. No le quiere abrazar ni la muerte

A partir de aquí, los detalles sobre la historia podrían resultar excesivos para algún lector, pero es preciso contar algunas de las tropelías de Frank Gallagher. Es capaz de colgar una llamada del servicio de salud cuando le comunican que hay un órgano disponible para salvar a su amada. Lo que él teme es perder la herencia. A uno de sus hijos le cuenta que tiene cáncer y le rapa la cabeza para que vaya gratis de campamento. Para ligar, acude a la planta de oncología en busca de víctimas terminales, con menos que perder. En la primera ecografía de su hija, le suelta, sin particular inquina: «Antes de saber tu sexo te llamábamos el tumor».

Ese desdén por lo que piensan sus semejantes, incluido el espectador, se traslada a los resúmenes previos a cada capítulo. Los actores rompen la cuarta pared y recriminan al público su falta de atención. En realidad, a sus hijos sí les deja algunas enseñanzas, aunque no quepan en la peor reforma educativa. Y cuando no lo hace, tiene una excusa a mano: «Los niños vienen preconfigurados; no puedes hacer nada por ellos».

Si alguna vez hace el bien, seguro que es involuntario, como cuando un dinero fácil acaba por accidente en manos de unos niños discapacitados. «Grábate esto, hijo», le dice al falso enfermo de cáncer, «la caridad es aceptar la ayuda de los demás, no ayudar tú a los demás».

El pasado día 3 se estrenó la última temporada en Movistar+. Las seis anteriores están disponibles bajo demanda.

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