Hace dos décadas, Arundhati Roy publicó «El dios de las pequeñas cosas». Ganó el Man Booker y fue comparada con Faulkner y García Márquez
Hace dos décadas, Arundhati Roy publicó «El dios de las pequeñas cosas». Ganó el Man Booker y fue comparada con Faulkner y García Márquez - Chiara Goia
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«El ministerio de la felicidad suprema», vuelve Arundhati Roy

El regreso de la autora india a la novela no decepciona. Historias entrelazadas y escritas en el aire

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¿Cómo contar una historia hecha añicos? Convirtiéndote poco a poco en toda la gente. No. Convirtiéndote poco a poco en todo», dice la contraportada de «El ministerio de la felicidad suprema», y es en estas frases donde se condensa esta novela que es, en realidad, un inmenso fresco sobre la sociedad india actual y que supone la vuelta a la literatura de la escritora india Arundhati Roy (1959). Han pasado veinte largos años desde aquel espléndido e irrepetible «El dios de las pequeñas cosas» que narraba, con una magia y una calidez que no he vuelto a encontrar en ningún libro, la historia de una familia de Kerala marcada por la tragedia de los amores prohibidos.

Después del éxito de su primera novela, A. Roy ha pasado veinte años como activista de distintas causas: desde el movimiento antiglobalización a la lucha por la justicia social en su país, pasando por los discursos contra las guerras de Irak y Afganistán o mediando a favor de la independencia de Cachemira. De todas estas luchas surgieron libros como «El álgebra de la justicia infinita» o «El final de la imaginación». Roy declaró en una entrevista que debía a su amigoJohn Berger su reencuentro con la ficción. Y quizás fue ese el impulso definitivo que necesitaba para terminar de contar esta historia de historias que se asemeja a un tapiz gigante constituido por distintos retales que a primera vista no encajan. Retales a los que da sentido su voz poderosa.

«El ministerio de la felicidad suprema» empieza a contarse en la imagen de la cubierta, en una lápida con una flor seca que se ha mantenido en todas las ediciones internacionales. En ella -en la lápida, en la cubierta-, Anjum, una «hijra», una mujer del tercer sexo, mitad mujer, mitad hombre, desenrolla una raída alfombra persa en ese cementerio en que se ha convertido su hogar. Aquí, las fronteras entre los vivos y los muertos se desdibujan, ambos conviven en un mismo mundo, rozándose como lo harían las manos que se agarran, torpes, a la barra metálica de un vagón de metro.

Hilos narrativos

El otro hilo narrativo de la novela lo protagoniza la extraña e inolvidable Tilo, una arquitecta que se convierte en activista, y los tres hombres que se enamoran de ella, a través de cuyas miradas vemos a Tilo eternamente en fuga, desvaneciéndose. Anjum y Tilo son personajes de algún modo antagónicos, la primera es todo corazón en tanto que Tilo es una mujer atrapada dentro de su propia piel. Pero hay algo que comparten entre ellas y con los demás personajes del libro: todos están rotos por dentro; hechos añicos. Son el mundo y a la vez no lo son. Pese a que son dos los hilos narrativos principales -el de Anjum y Tilo- de ellos surgen infinitas ramificaciones y personajes a través de los que viajamos por el subcontinente indio. Le preguntaron a Roy de dónde surgía este libro: «del aire», respondió. De manera que esta es una novela sobre Todo y la escritora afronta sin miedo ni tabúes como los de género, la desigualdad social o el asfixiante sistema de castas que rige la India desde tiempos inmemoriales. Roy habla de que es, al fin, resistir: vivir.

Este libro no es, en realidad, una novela. De alguna manera lo que Arundhati Roy ha escrito es una ofrenda y una dolorosa historia de amor. «El ministerio de la felicidad suprema» es como una ciudad sumergida en la que es fácil perderse. Y la única manera de entrar en esta historia deslumbrante es justamente esa: perdiéndose. Maravillándose y abrazando a los que Roy intenta dar voz y acoger, a aquellos a los que dedica el libro: «a los desconsolados».