El compositor, director de orquesta y pianista británico Benjamin Britten (1913-1976)
El compositor, director de orquesta y pianista británico Benjamin Britten (1913-1976)
MÚSICA

«Gloriana», de Britten, mi reino por una ópera

El Teatro Real ofrece por primera vez en España «Gloriana», la ópera que Benjamin Britten compuso para la coronación de Isabel II

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Escribir una ópera para celebrar la coronación de un rey es una práctica que nos retrotrae a épocas lejanas: a los fastos barrocos de Versalles, el Madrid de los Austrias, la Viena de los Habsburgo. Ya este simple hecho sería suficiente para resaltar la intrínseca peculiaridad de un título como «Gloriana».

Corría el año 1952, cuando el compositor Benjamin Britten y Sir George Lascelles, conde de Harewood y director de la Royal Opera House, coincidieron en la oportunidad de dar vida a una ópera nacional inglesa. La ocasión la propició, al año siguiente, la subida al trono de Isabel II. Britten se puso a componer una ópera que tuviese como protagonista a Isabel I, la más gloriosa antecesora de la nueva reina.

«Gloriana» se incluyó en las celebraciones por la coronación de Isabel II y se estrenó en junio de 1953. Sin embargo, como ya demostró el fiasco de «La clemencia de Tito» (que Mozart escribió para la coronación de Leopoldo II), las efemérides más solemnes no suelen favorecer grandes éxitos. Demasiadas expectativas, demasiados intereses en juego, quizá también demasiadas envidias...

Críticas

En su estreno, «Gloriana» fue objeto de numerosas críticas por parte del público conservador. Se le reprochó a Britten el haber escrito una partitura poco acorde con la solemnidad y el espíritu requeridos para la ocasión. El retrato que el compositor ofrece de la protagonista no es nada celebrativo e idealizado, si acaso sorprende por su realismo y crudeza.

En «Gloriana», Isabel I es descrita como un personaje frío, manipulador y resentido, que no duda en humillar a los súbditos. En la mascarada del acto II, sustrae el disfraz de Lady Essex y se lo pone ella misma para mostrar con altivez su poder a todos los presentes, sin importarle que la vestimenta le quede ridículamente corta. El acto III ahonda en el declive físico de la soberana y subraya su soledad, amén de presentarla sobre el escenario en camisón y sin peluca, con el cabello canoso en evidencia. Parte del público no apreció el detalle. Sentada en el palco del Covent Garden, la nueva reina no hizo comentarios, pero tampoco debió gustarle ver a su gloriosa antecesora representada de una manera tan poco noble.

En el aspecto musical, el trato de Britten hacia Isabel es igual de poco generoso. Llamativa es la decisión de reducir su monólogo final a una intervención hablada. La reina no se despide cantando, con un aria o con una intervención musical que de algún modo resalte su condición regia. Lo hace, por el contrario, de una manera gris y anodina, sin ningún tipo de esplendor.

Todos los protagonistas del teatro britteniano son portadores de un estigma y, en este sentido, el personaje de Isabel I no escapa a la norma: su pecado, su maldición, es el poder. La parábola de «Gloriana» es, en última instancia, la soledad del poder: curiosa circunstancia para una partitura escrita, en principio, a mayor gloria de la Corona británica.

Fuego amigo

Pero «Gloriana» tampoco se salvó del fuego amigo. Antimilitarista y homosexual declarado, Britten era una de las cabezas visibles de la izquierda intelectual británica. Muchos de sus compañeros no entendieron cómo el compositor se hubiese involucrado en las celebraciones monárquicas y se hubiese prestado a un proyecto de «ópera nacional» promovido por el establishment conservador. Hubo quien le acusó de arribismo.

Aunque por razones distintas, «Gloriana» defraudó a unos y a otros, y no sorprende que la obra cayera en desgracia. Sería quizá exagerado tacharla de ópera maldita, pero es sin lugar a duda el título menos programado de entre las óperas de la madurez de Britten.

No es «Gloriana» una de las más logradas óperas de Britten en cuanto a construcción dramática. La fuente de la que bebe el libreto -«Elizabeth and Essex: A Tragic History», de Lytton Strachey- tiene escaso empaque teatral. La música, en cambio, es de primera calidad. El compositor reconstruye la ambientación isabelina sin recurrir a pastiches estilísticos. Las sonoridades contenidas, más bien camerísticas, conectan idealmente con los «consorts» instrumentales renacentistas. Precisamente el escaso lustre orquestal fue considerado otro punto débil en una partitura pretendidamente celebrativa.