ARTE

Artística amistad

Dos exposiciones que no se deben pasar por alto en Bilbao: la de la colección de Hermann y Margrit Rupf y la retrospectiva de Albert Oehlen. Las dos, en el Museo Guggenheim

Óleo de Albert Oehlen presente en la exposición que le dedica el Guggenheim
Óleo de Albert Oehlen presente en la exposición que le dedica el Guggenheim

Los primeros años del siglo XX alumbraron el inicio de una relación de amistad y colaboración entre dos jóvenes, un alemán y un suizo, que contribuirían a escribir -uno como galerista, y otro como coleccionista- una notable página dentro de la Historia del Arte de las vanguardias, en la que participaron algunas de las figuras más destacadas de esos años. Daniel-Henry Kahnweiler y Hermann Rupf se habían conocido en Fráncfort y poco después volvieron a coincidir en el París de 1900. Allí, Kahnweiler abriría su galería y Rupf se convertiría en su primer cliente, comprando obras de primera época de artistas tan fundamentales como Picasso, Braque o Derain. Esta, precisamente será una de las señas de identidad más características de su colección: la correspondencia entre las fechas de ejecución y de adquisición de los trabajos de muchos de estos creadores.

A partir de entonces, y en ocasiones jugando el papel, no sólo de mecenas sino también de amigo y benefactor de artistas tan destacados como Klee o Kandinsky, Rupf iniciaría una importante colección de obras maestras de las primeras vanguardias. Sin duda, un personaje singular que unía a su pasión por el arte, el amor a la literatura y la música, llegando a colaborar como crítico de cultura en un periódico de Berna y siendo además uno de los primeros militantes del partido socialista suizo.

Plantel excepcional

Ahora, el Guggenheim-Bilbao, en colaboración con la Fundación Hermann y Margrit Rupf de Berna, presenta una excelente selección de algunas de las piezas más importantes de esa colección, realizadas entre 1907 y 2016, y que se muestran por vez primera en España. Un total de 70 obras que suponen, por un lado, una auténtica panorámica de algunos de los artistas y movimientos más representativos de las primeras décadas del pasado siglo, con nombres como los ya nombrados, junto a otras figuras de la importancia de August Macke, Léger, Juan Gris, Henri Laurens, Oppenheim, Hans Arp o Masson. Se presentan asimismo diversas obras de artistas posteriores que consiguen establecer un atractivo diálogo con esos maestros. Así, creadores como Piero Manzoni, Lucio Fontana, Donald Judd, James Lee Byars o, más recientemente Carlos Bunga, completan una selección excelente y cuidada.

Esta conjunción de artistas de distintas épocas y lenguajes supone otra de las características más significativas de esta colección, que a principios de los 50 se constituyó en fundación con sede en el Kunstmuseum de Berna, lo que la convierte en un proyecto abierto y plural en el que conviven obras cubistas y abstractas con otras vinculadas al mínimal o a las estrategias y mecánicas conceptuales.

Resulta difícil destacar unos pocos ejemplos dentro del alto nivel de calidad de las piezas expuestas, pero les recomendaría no dejar pasar por alto, entre otras, «Cabeza de hombre» (1908) o «El violín» (1913), de Picasso; la espléndida «Casas de L'Estaque» (1908), de Braque; «Contraste de formas» (1913), de Léger; «Terraza de verano» (1912), de Macke; «Estación L 112, 14 km» (1920), de Klee; «Sin título (Acuarela 1916)», de Kandinsky, o la gran mayoría de los Juan Gris

La selección de obras de la colección de los Rupf es una panorámica de los artistas y movimientos de las primeras décadas del siglo pasado

En el museo se expone también la muestra «Albert Oehlen: Detrás de la imagen», que, sin ser exactamente una retrospectiva, sí supone una suerte de declaración de intenciones artísticas de uno de los pintores más referenciales –y también cotizados– de las últimas décadas. Oehlen (Alemania, 1954), es para muchos un conceptual que utiliza la pintura como método de expresión, pero sobre todo de reflexión.

Figuración, gestualidad, abstracción, impulso, libertad, influencia de los «mass media» y las tecnologías digitales, dimensión onírica o eclecticismo son algunos de los ingredientes con los que construye un peculiar cóctel pictórico. Porque lo que queda claro es que la propia pintura sigue siendo el objeto y a la vez el sujeto de sus intereses. Una pintura que no busca transmitir significados sino que más bien explora las plurales posibilidades sintácticas del medio, y que al tiempo se enmarca dentro del perenne debate sobre su mortalidad o inmortalidad. Debate cada vez más caduco y prescindible…

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