Cultura

Museo Afroamericano: un latido negro en el corazón de Washington

Abre después de décadas de obras y polémicas el centro que rememora el papel y la cultura afroamericana en Estados Unidos

El museo en el National Mall, junto al Obelisco washingtoniano
El museo en el National Mall, junto al Obelisco washingtoniano - Reuters

El episodio resultó ser el reflejo anticipado de un triunfo. Una delegación de congresistas del estado de Virginia, invitada a un recorrido previo a la apertura, se acercó a contemplar el pasaje más polémico. Una estatua de Thomas Jefferson (1743-1826), quien además de tercer presidente de los Estados Unidos y original del mismo estado es recordado como el «padre fundador» esclavista, se erguía frente a un muro semicircular. Escritos sobre la pared, los visitantes podían leer los 612 nombres de las personas de raza negra que fueron de su propiedad. Como reconocerían después algunos de ellos, el impacto entre los congresistas fue notable. Mitad apuro y mitad satisfacción, el primer director del centro, Lonnie G. Bunch, recuerda haberlo justificado así: «¿Cómo representarían ustedes la relación de Jefferson con la esclavitud? Yo creo que la mayoría de la gente va a estar de acuerdo con que se cuente así».

Visión crítica

Con la naturalidad y el sentido crítico que Estados Unidos arroja sobre la conciencia de uno de sus admirados mitos, abre sus puertas el sábado el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericanas. Miles de personas serán testigos en la explanada del Mall washingtoniano de un acto cargado de justicia. Con la oportunidad histórica de que su valedor sea el primer presidente negro de la historia del país, Barack Obama, a cuatro meses de abandonar la Casa Blanca. Cuando se estrene el número diecinueve de los afamados museos Smithsonian, santo y seña de la exhibición artística de Washington DC, la emancipación de la raza negra habrá avanzado otro paso en su larga y lenta, pero imparable marcha. Porque el Museo Afroamericano, además de contar la historia de una lucha racial, es en sí mismo un hito en esa historia. Construido sobre el terreno que fue plantación de esclavos antes de 1800, el nuevo impulso a la memoria colectiva irrumpe como un clamor en la conciencia de una nación amenazada por revisionismos y ajustes de cuentas. «Un lugar que trasciende las barreras de raza y cultura que nos dividen, y se convierte en lupa de una historia que nos une a todos», se autodefine el Museo Afroamericano.

Grilletes de un esclavo
Grilletes de un esclavo- Reuters

Transcurrido un siglo desde su concepción y treinta años después de su aprobación, se hace realidad un proyecto disputado, litigado y puesto en riesgo por los prejuicios lentamente demolidos de la predominante raza blanca. Cuando Lonnie G. Bunch fue nombrado director sin museo hace once años, no era consciente del muro que aún quedaba por trepar. De los 540 millones de dólares que se requerían, el Gobierno federal no iba a aportar más de la mitad. Restaban 270 millones de donantes privados para alcanzar la meta. Destacadas figuras afroamericanas aportaron tres cuartas partes. Entre ellos, la estrella televisiva Oprah Winfrey, Samuel L. Jackson, Lebron James y Michael Jordan. La satisfacción para Bunch fue que una cuarta parte vino del resto: «Sin el dinero de otras razas, el museo no habría salido adelante».

El edificio es una pirámide invertida recubierta de bronce del arquitecto británico David Adjaye

Pese a todo, la limitación de fondos redujo las máximas aspiraciones del diseño ganador, de David Adjaye, un arquitecto británico nacido en Tanzania, quien concibió la imponente pirámide invertida que destaca en la explanada monumental. El bronce con el que se iba a armar toda la estructura, como metal paradigmático de un edificio de contenido afroamericano, se limitó a cubrir el aluminio con el que finalmente se acabó construyendo. Todo un baño de realidad.

Alegría y tristeza

El nuevo museo celebra, pero también recuerda. Muestra alegría y tristeza. Es victoria y es derrota. Pero el trazo de una evolución favorable acaba otorgando preponderancia a la primera. De tal forma que la pequeña reserva de agua que se sobrepasa al entrar rememora los kilómetros de río que tuvieron que atravesar miles de esclavos en su camino hacia la libertad. En la distribución de las plantas, la amplia historia de la raza afroamericana queda albergada en un amplísimo subterráneo. Un entramado de galerías conectadas con rampas conduce desde allí a la planta baja del edificio, en un recorrido de cinco siglos: el comercio de esclavos en el Atlántico, la etapa colonial, el Sur prebélico, la Guerra Civil y las décadas posteriores de sometimiento. Un relato de violencia que desafía a la dignidad humana.

El Cadillac de Chuck Berry
El Cadillac de Chuck Berry- Reuters

A medida que se asciende por el edificio, un recorrido por las dos primeras plantas combina un principio de angustia y posterior canto a la esperanza, al que dan voz e imagen las múltiples grabaciones, fotografías, vídeos y dispositivos digitales. Estamos en el siglo XX, que arranca con una primera mitad de centuria de racismo inmisericorde en las incipientes escuelas de integración y en los primeros transportes compartidos. Hasta la progresiva, a veces sangrienta, culminación de históricas batallas raciales. La marcha hacia Washington en 1941 marca el primer impulso reivindicativo. Continuado con los dramáticos años 50 y 60, incluida la emblemática Ley de Derechos Civiles, firmada por el presidente Eisenhower para poner fin a la segregación racial. Y la labor de imposición de una igualdad que en el Sur se rechazaba con violencia.

Personajes negros que contribuyeron a la mejora y construcción del país complementan el recorrido. La sangre sacrificada de soldados en las dos guerras mundiales se escenifica con un enorme avión de combate, azul y amarillo, del Instituto Tuskegee.

Celebración

A partir del tercer piso, llegan la celebración y el homenaje, que brilla con gestas deportivas como la de Carl Lewis, de quien se muestra una de las medallas de oro olímpicas, y del veloz Jesse Owens, la primera persona que derrotó al poderoso Adolf Hitler.

Hasta alcanzar la cuarta última planta, en la que la música igual recuerda a Michael Jackson y a Prince que a la soprano Leontyne Price. La presencia de un vestido de lentejuelas de la cubana Celia Cruz, la reina de la salsa, ya ha levantado las primeras suspicacias entre los vecinos países caribeños. Dwan Reece, conservadora de la exposición artística, lo justifica: «La historia de la comunidad negra es mucho más amplia que EE.UU.»

Activistas negros detenidos durante las lucha por los derechos civilies
Activistas negros detenidos durante las lucha por los derechos civilies- Reuters

La orgullosa exhibición del siglo de las luces de la música negra vendrá reforzada por Ella Fitzgerald, Lena Horne y Bessie Smith, protagonistas de la exposición «Héroes de Harlem», con la que se inaugurará el museo. Se trata de un conjunto de fotografías en blanco y negro de 39 gigantes afroamericanos tomadas por Carl Van Vechten, insigne retratista del mundo negro.

Las carencias del museo

La colección que sustenta el Museo, «Muestra de Antigüedades», ha recopilado 40.000 objetos en toda la nación, de los que inicialmente se expondrán 3.500. Entre ellos, el violín que Jesse Freeland recibió del hombre al que pertenecía. Una emotiva historia, relatada por su hijo Darkus Burke, que ya es parte del patrimonio histórico afroamericano. Una serie de grilletes y látigos usados contra los esclavos, que servirá de remisión a un pasado de vergüenza nacional, compite con momentos de reivindicación, como el que rememora un vestido de la activista Rosa Parks, y de orgullo deportivo, representado por un protector del recientemente fallecido Mohamed Alí.

No está el discurso «I have a dream» por las exigencias económicas de los hijos de Martin Luther King

El Museo destaca por su contenido, pero también por sonoras carencias. Como la del discurso «I have a dream» de Martin Luther King, uno de los episodios cruciales de la historia de la emancipación racial. Tampoco se encontrarán, la biblia y la medalla del premio Nobel de la Paz (1964). El motivo, la alta compensación económica que reclamaban los tres hijos del mito de color. Bernice, Martin y Dexter han convertido su legado en una forma de explotación económica que para el Gobierno federal se asemeja a un chantaje. Por citar un ejemplo, la fundación sin ánimo de lucro que construyó el monumento a King en el Mall, inaugurado en 2011, tuvo que pagar la friolera de 800.000 dólares en derechos de imagen.

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