Inventos tecnológicos que cambiaron el mundo (y vinieron accidentalmente)

Desde el desarrollo del horno microondas, cuya idea inspiracional nació en plena Segunda Guerra Mundial, pasando por la máquina de rayos X no tuvieron el apoyo inicial o se descubrieron sus fundamentos por error

MADRID Actualizado: Guardar
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Dicen que las propiedades de la penicilina o el viagra se hallaron de casualidad. De primeras no estaban concebidas sus aportaciones a la medicina y, por ende, a la sociedad en su conjunto. Probando una cosa por aquí y otra por allá, el factor suerte ha jugado también un papel interesante a lo largo de la historia y el progreso de la innovación. La tecnología no iba a ser ajeno a este fenómeno, con lo que algunos de los «gadgets» y aparatos electrónicos que hoy nos rodean tuvieron una historia particular. Y, aunque ahora dé igual el hecho que estuvieron marcados de inicio, a punto estuvieron de o bien no salir adelante, o bien surgir de manera accidental.

El horno de microondas

En la actualidad, nadie cuestiona sus grandes aportaciones. El horno de microondas forma parte de la fauna de aparatos para la cocina de millones de personas. Cocinan y, por supuesto, descongelan y calientan alimentos que llevarse a la boca diariamente. Hay quien no podría prescindir de sus propiedades. Sus comienzos, sin embargo, no tienen nada que ver con lo idílico y la aplicación de la fórmula clásica para inventores: cubrir una necesidad.

De hecho, su idea embrionaria surgió durante la Segunda Guerra Mundial. Dos científicos descubrieron el magnetrón -un dispositivo que transforma la energía eléctrica en energía electromagnética en forma de microondas. Lo idearon para combatir la aviación alemana. Entonces, nunca pensaron que habían puesto la primera piedra de una verdadera revolución en el mundo de la cocina.

Fue descubierto en 1946 por accidente gracias al ingeniero Percy Spencer, de la Raytheon Corporation, quien estaba probando el dispositivo en una investigación relacionada con radares. Sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho, se dio cuenta que una tableta de chocolate que llevaba en un bolsillo se derritió. Inaudito. Seguro que más tarde deslizó esa célebre expresión griega que se aplica a los descubrimientos, ¡eureka! No quedó ahí la cosa porque el científico se le ocurrió probar aquel dispositivo cerca a otros productos alimenticios, con su sorpresa de que se cocinaban gracias a las ondas de baja densidad.

Sus sospechas dieron resultado. Spencer lo experimentó con semillas de maíz. ¿El resultado? Lógico; aparecieron palomitas. Con un huevo sucedió lo mismo; éste se hinchó al subir la temperatura. Su gran paso fue ya crear un cubo metálico y un orificio en donde introducir la radiación del magnetrón, recuerdan desde la Organización Mundial de la Salud. Así que, de repente, había creado un invento revolucionario.

El marcapasos

Hoy en día sabemos que incluso se pueden «hackear». Algo terrible pero que nos hace intuir el mundo hiperconectado y dependiente de la tecnología hacia donde vamos. El marcapasos es la esperanza de vida de muchas personas con problemas coronarios. Se trata de un tipo de dispositivo colocado quirúrgicamente en el corazón y que se encarga de regular la frecuencia cardiaca de las personas. Lo hace mediante impulsos eléctricos.

Lo curioso es que el dispositivo también surgió de casualidad cuando John Alexander Hopps, ingeniero electricista canadiense, estaba investigando los efectos del calentamiento por radiofrecuencia sobre la hipotermia en 1941, según se puede consultar en el archivo del National Center for Biotechnology de EE.UU. Cinco décadas antes el doctor J. A. McWilliam comunicó al «British Medical Journal» sus experimentos acerca de la aplicación de un impulso eléctrico al corazón en estado asistólico que causaba una contracción ventricular.

Pero no fue hasta 1951 cuando Hopps, empleando las observaciones del cirujano cardio-torácico Wilfred Gordon Bigelow en el hospital Toronto General, desarrolló un dispositivo externo que utilizaba tecnología de tubos de vacío para suministrar estimulación cardíaca transcutanea.

La máquina de rayos X

Y qué decir de otra máquina de la que no podrían prescindir en ningún centro hospitalario. Sí, la máquina de rayos X que se emplea para «ver» el interior del cuerpo surgió cuando se investigaban el influjo de rayos catódicos. Su historia arranca con los experimentos del científico británico William Crookes, quien investigaba en el siglo XIX los efectos de ciertos gases al inducirles ciertas descargas de energía en un tubo de vacío y electrodos.

Pero fue el físico alemán Wilhelm Conrad Roentgen, en 1896, quien técnicamente los descubrió mientras experimentaba con esos tubos y una bobina en una investigación acerca de la fluorescencia violeta que producían los rayos catódicos. Para probarlo, cubrió ese tubo con una placa de cartón negro con el objetivo de reducir la presencia de luz, aunque descubrió que había un pequeño destello de una pantalla con una capa de platino-cianuro de bario que desaparecía al apagar el tubo, según consta en el informe de la difracción de la luz de B.D.Cullity.

El experimento fue asombroso: observó que esos rayos producían una radiación visible capaz de penetrar papel de gran espesor e, incluso, placas de metal. Lo que hizo cambiarlo todo fue que decidió emplear placas fotográficas con el objetivo de demostrar el impacto de los rayos X sobre objetos. Cuando lo aplicó a un ser humano -la mano de su esposa- fue revolucionario y dio, como resultado, la primera radiografía: las falanges y el anillo de bodas.

El teflón

Cocinillas y no tan cocinillas han podido a lo largo del último siglo cocinar con cierta tranquilidad en unas sartenes. Todo, gracias a un material llamado politetrafluoroetileno, también conocido popularmente como teflón. Fue inventado en 1938 por Roy Plunkett, un investigador que trabajaba en la empresa DuPont. Descubrió este polímero similar al polietileno y en el que los átomos de hidrógeno se sustituyen por átomos de flúor.

Lo hizo de casualidad mientras realizaba ensayos con varias sustancias refrigerantes. El científico y un compañero almacenaron tetrafluoroetileno en unos cilindros a presión que fueron sumergidos en hielo seco. Cuando los abrieron descubrieron que en las paredes había una sustancia blanca y cerosa. Hallaron, pues este material que se emplea para revestimientos de aviones, cohetes y naves espaciales, además de ser el material estrella para las sartenes. Ideal para cocinar.

La pantalla táctil

Vivimos, en la actualidad, en la era de las pantallas táctiles. Lo que hoy parece que forma parte de la vida diaria de muchas personas estuvo a punto de no salir adelante, recuerdan fuentes de TomTom Telematics. Fue durante la década de los años setenta en los que nacían, entre otras cosas, el rock duro. Entonces, el doctor George Samuel Hurst y su equipo de investigación utilizaban un acelerador Van de Graff que solo estaba disponible de noche para investigar física atómica en la Universidad de Kentucky.

Cansado del lento progreso, el investigador utilizó papel conductor de electricidad para leer un par de coordenadas X e Y, lo que permitió a sus estudiantes calcular en unas cuantas horas lo que hubiera llevado días. La idea llevó a la primera pantalla táctil para ordenadores. El HP-150 fue, en 1983, uno de los primeros ordenadores comerciales del mundo que disponía de pantalla táctil. Hoy en día casi todos los teléfonos móviles disponen paneles capacitivos que interactúan con los movimientos de los dedos superpuestos. Apple, en 2007, desarrolló un sistema multitáctil que, sin lugar a dudas, puso las primeras piedras de la revolución móvil.

El ratón de ordenador

Y, precisamente, el ratón de ordenador, ese accesorio que sirve para mover el puntero en un monitor y activar algunas funciones le debe a Apple algo de su éxito. Fue diseñado por el científico Douglas Engelbart y Bill English en los años sesenta en el Stanford Research Institute, y desarrollado por Xerox PARC. La primera maqueta se construyó de manera artesanal en madera. Se patentó con el nombre «X-Y Position Indicator for a Display System».

Pese a las esperanzas depositadas por sus investigadores en que aquello iba a triunfar, el aparato vivió unos años en el ostracismo. Hasta que Xerox lo adaptó en 1981 en el Star 8010, la primera computadora con ratón incluido, aunque no fue hasta que el malogrado Steve Jobs decidiera integrarlo en sus propuestas como un accesorio cuya fabricación fuera asequible cuando no despegó como un periférico revolucionario.

Impresora de inyección de tinta

Es cierto que hoy en día el papel impreso está en decadencia, pero las impresoras siguen teniendo mucha vida. Las impresoras de inyección de tinta funcionan expulsando gotas de tinta de diferentes tamaños sobre el papel. Gozan de gran popularidad por su capacidad de impresión de calidad a bajo costo. Su invención es, al menos, curiosa, recuerdan desde TomTom.

Un ingeniero de la marca Canon descubrió de forma accidental la tecnología de inyección de tinta tras colocar un hierro caliente sobre un bolígrafo por accidente. El calor causó que el bolígrafo expulsara la tinta desde su punta, lo que le sugirió la idea de utilizar una bobina de calentamiento que funcionase con electricidad en cartuchos llenos de tinta. Después de dejar su plancha caliente en su pluma por accidente, la tinta fue expulsada del punto de los bolígrafos unos minutos después. Este principio condujo a la creación de la impresora de inyección de tinta.

La caja negra de los aviones

Otro de los grandes inventos del siglo ha tenido como aportación la seguridad aérea. La caja negra -que, como todos saben, no es de este color- ha servido para esclarecer numerosos accidentes de avión. La idea inicial para crear un sistema para grabar datos de vuelo y las conversaciones en vuelo se descartó. A punto estuvo de no salir adelante y quién sabe si hoy en día a alguien se le hubiera ocurrido hacer algo así.

El caso es que fue en los años cincuenta cuando el químico australiano David Warren contribuyó, a petición de los investigadores, que ayudara a determinar la causa del accidente del avión British Comet. Además de ofrecer sus servicios, se le ocurrió ese proyecto, pero los expertos en seguridad aérea lo descartaron al considerar que grabar todo en un avión podría provocar alteraciones y llevar al pánico a los pilotos. Sin futuro para esta iniciativa, a un funcionario británico le cayó esta idea y lo vio todo claro: había que invertir en su fabricación. Y, afortunadamente, alzó el vuelo.