Hillary Clinton, en un acto durante la carrera presidencial, en 2015, en Las Vegas Norte, Nevada
Hillary Clinton, en un acto durante la carrera presidencial, en 2015, en Las Vegas Norte, Nevada

Sin relevo para Hillary Clinton en el liderazgo demócrata

Las primeras victorias electorales no aplacan la crisis en el partido por la derrota de 2016

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«El triunfo de esta noche es sólo el comienzo». El presidente del Comité Nacional Demócrata, Tom Pérez, no pudo evitar el ramalazo de euforia cuando la noche del martes el recuento situaba a sus dos candidatos al frente de los estados de Virginia y Nueva Jersey. No era para menos. Después de un año en blanco, sacudido por la dramática derrota de Hillary Clinton a manos de Donald Trump, los demócratas obtenían por fin un rotundo triunfo que atenuase sus desdichas.

Pasado el optimismo momentáneo y la convicción absoluta de que el movimiento antiTrump y la división republicana condenan a su eterno enemigo, la retirada del decorado impone la realidad de un partido roto. Sin una figura de referencia que suceda a Obama, perdido en los mil y un reproches internos de un 8 de noviembre de 2016 omnipresente y sin una estrategia para volver a ser central en la sociedad estadounidense, el Partido Demócrata está condenado a expiar culpas por un tiempo. Al menos hasta que en un año, en las elecciones del «midterm» (medio mandato), haga buena su imperiosa necesidad de recuperar la mayoría en el Congreso.

Los demócratas no terminan de regresar del pasado. Quizá sea la única manera de purgar las heridas. La expresidenta del partido Donna Brazile acaba de sacudir las alfombras, y a todo el establishment, al desvelar en un libro que Hillary Clinton y el aparato amañaron las primarias para que la senadora fuera la candidata, a cambio de dinero de los donantes. La larga y oscura mano de una familia que se resiste a perder el control. Su rival, Bernie Sanders, el alma liberal del partido, ya lo denunció entonces.

Operación limpieza en el Partido Demócrata

Las voces para recuperar la limpieza del partido crecen. Nancy Pelosi, líder de la minoría en la Cámara de Representantes, ha puesto el dedo en la llaga de la otra ventaja de la que disfrutó Clinton: «Hay que suprimir los superdelegados (delegados no elegidos por las bases, sino por el partido)». Aunque bastante tiene la congresista californiana con mantener la silla que ya le han exigido en distintos sectores. Un año después, el clintonismo y el sandersismo mantienen un pulso. Mientras sus personas de confianza en la dirección, Tom Pérez y Keith Ellison, se comprometen a democratizar la elección de los candidatos, la búsqueda de liderazgos para recuperar la Casa Blanca en 2020 nada en la incertidumbre.

En un proceso en el que, a diferencia de España y Europa, la popularidad y los logros ante los votantes son previos a cualquier mérito interno dentro del partido, son legión los que pueden lanzarse a la arena, apoyados en sus logros territoriales. Después viene el apoyo de los donantes para asegurarse la financiación.

Pese a la añoranza hacia el pacto de minorías forjado por Obama, los demócratas saben que primero van a tener que recuperar la confianza de los trabajadores blancos que otorgaron la victoria al Trump en los estados decisivos. Pero el gran problema previo es generacional, con una brecha que no facilita la renovación. Entre los veteranos, el populismo sigue teniendo como icono al veterano Sanders, dispuesto a repetir aventura, pese a que se lanzaría con 77 años. Su relevo natural sería Sherrod Brown, senador por Ohio, con un discurso muy cercano a las clases populares y en contra de Wall Street.

Desde Biden hasta Michelle Obama

Tampoco el exvicepresidente Joe Biden, a un paso de los 75, parece dispuesto a dejar paso a nuevos valores, arrepentido de no haber disputado a Clinton la candidatura el pasado año. Autodescartada Hillary, la penúltima Primera Dama, Michelle Obama, se apresura también a apartarse, pese a que hoy sería la más votada, según una encuesta de Zogby Analytics.

La opción de un renovado establishment podría acapararla Amy Klobuchar, senadora por Minnesota, que rehúye expresamente el socialismo y aboga por la moderación y los acuerdos bipartidistas.

Si aparcamos a otros personajes populares que se han insinuado, como el dueño de Facebook, Mark Zuckerberg, o la célebre presentadora y productora Oprah Winfrey, el único no tapado es el congresista por Maryland John Delaney, quien ya ha anunciado su candidatura.

Claro que, a un año del pistoletazo, los posibles aspirantes son legión. Elizabeth Warren, Howard Schultz, Deval Patrick, Andrew Cuomo, Cory Booker, Kamala Harris… Demasiados nombres y pocas certezas.