El buque Open Arms en el Mediterráneo
El buque Open Arms en el Mediterráneo

El maridaje perverso entre las mafias libias de tráfico de personas y las ONGs

Los grupos criminales se enriquecen a costa de los inmigrantes que quieren llegar a Europa

Javier Fernández Arribas
Actualizado:

Las mafias que ganan millones de euros anuales a costa del tráfico de personas se adaptan a las circunstancias y utilizan las rutas habituales según las condiciones locales en cada país y los resultados de éxito en la llegada al destino europeo de sus víctimas. Por eso, la situación de caos en Libia y la acogida en varios países europeos de los migrantes recogidos por los buques Open Arms y Ocean Viking refuerza la eficacia de las mafias que pueden vender en el mercado sus servicios para captar nuevos clientes a los que cobrarán más.

El precio que pagan los migrantes procedentes, en su mayoría de países africanos, como Nigeria, Ghana, Senegal, Camerún, Guinea Conakry, entre otros, rondan los 4.000 euros. Depende de la época del año y el estado de la mar, en verano las aguas están más calmadas y el elevado riesgo de naufragar en las precarias embarcaciones que utilizan se reduce. También depende de los gastos que tengan que afrontar estas organizaciones criminales, es decir, la cantidad de sobornos que tengan que pagar a las personas adecuadas, demasiadas relacionadas con las autoridades locales, incluso con los guardacostas o como ocurre en Níger, con el Ejército.

Más rentable que la droga

El tráfico de seres humanos, que se ha vuelto más rentable que el propio tráfico de drogas, mueve en todo el Mediterráneo, según el último informe de la ONU publicado el año pasado, unos 7.000 millones de dólares. Solo hay que echar la cuenta: embarcaciones para 30 personas son utilizadas para 120, hacinados, de pie, y casi sin poder moverse durante horas. A 4.000 euros por cabeza, da 480.000 euros por viaje.

Se paga en dos partes: los primeros 2.000 euros por llevarlos desde su país de origen hasta los puertos de Libia y los otros 2.000 por trasladarlos a puerto europeo, en un buque nodriza mar adentro, y después en embarcaciones pequeñas que echan al mar en un punto localizado por GPS donde pueden ser recogidos por los barcos de rescate de las ONGs, de las marinas europeas cuando existía la Operación Sofía o, incluso, por mercantes, pesqueros o de recreo. Si no encuentran este tipo de barcos en la zona, realizan una llamada de socorro con un teléfono vía satélite con las coordenadas.

Los migrantes no tienen opción de reclamación, al contrario, si se frustra el viaje y son devueltos a sus países, lo vuelven a intentar cuando ellos y sus familias hayan reunido el dinero. Y varios miles ni siquiera han tenido esa oportunidad porque han perdido la vida. Sin embargo, las mafias siempre tienen candidatos disponibles empujados por la situación de pobreza, miseria y conflictos en sus países de origen. Con ese volumen de negocio, no hay ningún inconveniente en pagar los sobornos correspondientes en cada lugar. En Libia, las mafias están protegidas y consentidas por las distintas milicias armadas, entre ellas las islamistas y grupos terroristas como Daesh, que encuentran en este nefasto negocio, una de sus principales vías de financiación.

Según informes de la Policía española, Nigeria y Libia son las bases asentadas de las mafias de la inmigración, con ramificaciones en otros países, donde mercenarios sudaneses actúan sin escrúpulos. El control de las otras tres rutas: Mediterráneo occidental, occidental africana y por Turquía, Grecia y los Balcanes favorece la ruta del Mediterráneo Central por Libia más peligrosa porque en el tiempo de espera o en el tiempo que deben trabajar para reunir los 2.000 euros del segundo pago son objeto de malos tratos, vejaciones, violencia, robos, secuestros, extorsiones, violaciones o, incluso, caer en mafias que los esclavizan laboral o sexualmente, según el informe de la ONU.

Redes africanas

Las redes mafiosas del tráfico y de trata de personas, más activas y más peligrosas, en el África central son transfronterizas. Aunque cada rincón del mundo conserva sus especificidades, las mafias del tráfico humano analizadas por la ONU reflejan algunos patrones comunes. Todas ellas cuentan con agentes captadores procedentes de los principales grupos que son víctimas de la extorsión. Ejercen como captadores de clientes, chacales, y comercian con su vida y su destino. Un segundo nivel es el de las mafias locales, que conocen el terreno y generalmente tienen a sueldo a los captadores. Un paso más es el de los proveedores de servicios a pequeña escala: camiones, embarcaciones y otros medios de transporte. El nivel más peligroso es el de las grandes mafias internacionales, que controlan todo el proceso y que suman además vínculos con grandes grupos de delincuencia internacional y utilizan a los inmigrantes como una vía de ganar dinero de forma rápida y sencilla. Las infraestructuras construidas para la explotación de los recursos minerales del desierto, petróleo en Libia y uranio en Níger, facilitan los viajes por el desierto.

En el norte de África tienen su punto de convergencia en Agadez, localidad al norte de Níger, o en Sehba, al sur de Libia, donde el control lo ejercen los grupos tribales fuertemente armados. Desde ese punto de confluencia de los inmigrantes del resto de África, e incluso de asiáticos de Afganistán, Irak o Pakistán, entre otros, que llegan al continente africano por vía aérea principalmente, son trasladados a las ciudades costeras de la región de la Tripolitana, Ziwara o Sabratah, a unos 500 kilómetros al este de la capital libia. Son lugares más o menos pacíficos donde se negocian los viajes y donde parte de la población colabora con sus garajes como refugio transitorio a un precio abusivo pero obligatorio para quien ve cerca el final de su pesadilla. Construcción, agricultura o trabajar en cualquier cosa con tal de lograr el dinero. Las lanchas utilizadas se fabrican en Libia y los pescadores siempre tienen a bordo algún bidón de gasolina, oro puro para las endebles embarcaciones de los nuevos esclavos del siglo XXI. En Libia, cada eslabón de la cadena recibe su comisión correspondiente, sobre todo quien procura protección y seguridad, desde las milicias a las autoridades corruptas.