Francisco de Andrés

Tormentas en el Estrecho

El conflicto en Gibraltar tiene poco calado pero sirve para recordar aspectos casi surrealistas de la tragedia siria

Francisco de Andrés
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Es difícil encerrar más tormentas en un pequeño vaso de agua. El petrolero intervenido ayer por fuerzas británicas en Gibraltar ha reabierto no solo la disputa entre Londres y Madrid por la soberanía de esas aguas, sino otros dos conflictos internacionales. El crudo procedía de Irán, al que Estados Unidos tiene prohibido desde hace meses vender su petróleo. Y se dirigía a una refinería siria controlada por el régimen de Damasco, objeto de sanciones internacionales desde el comienzo de la guerra civil y al que EE.UU. y Europa prohíben comprar petróleo.

El conflicto en Gibraltar es de poco calado pero sirve para recordar aspectos casi surrealistas de la tragedia siria. Después de ocho años de conflicto, el régimen dictatorial de Bachar al Assad no solo no está tocado de muerte sino que puede alzarse con la victoria sobre una montaña de cadáveres –causados por ambos bandos– y con alrededor de 11 millones de desplazados, tanto fuera como dentro de Siria. Mantener el anacronismo de la prohibición de compra de petróleo solo ayuda a reforzar al dictador sirio ante los suyos, y a consolidar la alianza de Damasco con Rusia y con el régimen iraní de los ayatolás.

Otra de las bazas occidentales –la presión sobre Moscú, vía Erdogan, para que aisle a los iraníes y logre su expulsión de Siria– tampoco da resultados. Desde 2016 hay informes de que Moscú y Teherán no se entienden, aunque con frecuencia son versiones contaminadas por los servicios de inteligencia israelíes, que desearían alejar la amenaza persa sobre su frontera en los Altos del Golán. Rusia es sin duda el principal sostén del régimen de Damasco, tanto en términos económicos como militares, pero el fervor nacionalista y religioso del chiísmo iraní es un factor fundamental para los paramilitares y para el pueblo alauí –chií– que sustenta a Al Assad.

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