Abraham Bengio, presidente de la Comisión de Cultura de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo
Abraham Bengio, presidente de la Comisión de Cultura de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo - Centro Sefarad-Israel
Entrevista a Abraham Bengio

«La extrema derecha, la extrema izquierda y el movimiento islamista son las fuentes del antisemitismo en Francia»

Abraham Bengio, presidente de la Comisión de Cultura de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo (Licra, por sus siglas en francés), acudió al Centro Sefarad-Israel de Madrid para explicar las causas del auge de las agresiones contra judíos

MadridActualizado:

Cruces gamadas sobre el retrato de Simone Veil, superviviente de Auschwtiz y expresidenta del Parlamento Europeo, en los buzones de un barrio de París. Cruces gamadas sobre las lápidas del cementerio judío de Quatzenheim, una pequeña localidad de Alsacia. Mireille Knoll, una anciana de 85 años, asesinada de varias puñaladas por su « pertenencia a una religión», el judaísmo, en su piso de la capital francesa. Insultos antisemitas, negacionismo y saludos nazis de algunos miembros de los chalecos amarillos, que recorren las calles desde noviembre. En Francia, las agresiones antisemitas aumentaron un 75% en 2018, pasando de las 311 de 2017 a las 541 del año pasado, informó hace tres meses el ministro del Interior, Christophe Castaner. Aunque la comunidad judía parece bien acogida en la sociedad francesa, algunos mitos de raigambre antisemita persisten. Un 89% de los ciudadanos franceses «están de acuerdo» en que los «franceses judíos» son tan franceses «como los otros», según un sondeo de Ipsos. Al mismo tiempo, el 36% cree que «los judíos tienen una relación especial con el dinero», dando crédito a ese mito que hace del judío un hombre rico. Las dificultades con la memoria histórica agravan este panorama. Un sondeo de la empresa CSA revelaba en 2012 que la mayoría de los jóvenes franceses desconocen qué fue la redada del Velódromo de Invierno, triste episodio de colaboracionismo durante la Ocupación nazi. El expresidente Jacques Chirac fue el primero en reconocer la responsabilidad de Francia en ese suceso, que se saldó con la deportación de miles de judíos a campos de exterminio. Lo hizo en 1995, medio siglo después de que se produjera. Chirac también fue el primer presidente que no era un adulto durante la Segunda Guerra Mundial.

El antisemitismo, se puede concluir, es un fenómeno que salpica la historia francesa desde el siglo XIX. «La patria de los derechos del hombre -leemos en «A vueltas con la cuestión judía» (Anagrama, 2011), de Élisabeth Roudinesco-, la primera que emancipó a los Judíos, en 1791, estuvo también, alrededor de 1850, entre las primeras que generaron tesis antisemitas, y ya en 1940 traicionó su propio ideal con la instauración del régimen de Vichy». Abraham Bengio (Tánger, 1949), presidente de la Comisión de Cultura de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo (Licra, por sus siglas en francés), acudió al Centro Sefarad-Israel de Madrid para explicar las causas del rebrote de ese odio en Francia. Su asociación trabaja desde 1927, año de su fundación, para combatir la violencia contra los judíos.

Las agresiones antisemitas aumentaron un 75% en Francia de 2017 a 2018. ¿Por qué se ha producido ese incremento? ¿Está el antisemitismo incrustado en la sociedad francesa?

Ha habido un aumento de las agresiones racistas en general, y en particular de las antisemitas, en Francia. Hay que relativizar los datos: se dice que en 2018 aumentaron un 75% respecto a 2017, pero 2017 fue un año tranquilo. Por otra parte, no se puede negar que antes del año 2000 se contaban unas 100 agresiones anuales contra los judíos. A partir de entonces, hay entre 250 y 1.000 cada año.

Hay varias razones para este aumento impresionante. La primera, que el efecto sedante del Holocausto se ha acabado. La tragedia de la Segunda Guerra Mundial fue enorme. Cuando terminó, proclamar que se era antisemita no resultaba posible. Era demasiado odioso. Georges Bernanos decía algo muy cínico: «Hitler ha deshonrado el antisemitismo». Es decir, que en Francia, antes de 1939, la derecha era antisemita, pero jamás hubiera matado o agredido a nadie; la Shoah había «deshonrado» al antisemitismo, entonces. Por otro lado, los últimos supervivientes del Holocausto se están muriendo. Si hablas a los jóvenes de hoy en día de la guerra, es como si les hablaras de los romanos o de Napoleón. Además, los movimientos ultraderechistas están levantado la cabeza. La ultraderecha es antisemita porque lo tiene en los genes. El antisemitismo forma parte de su patrimonio ideológico. En Francia, el Frente Nacional es una de las fuentes del antisemitismo. La segunda es el movimiento islamista. La mayoría de los musulmanes son personas apacibles que quieren vivir en paz con sus vecinos y practicar su religión, pero una parte hace una lectura fundamentalista del Corán, seleccionando los versículos más contrarios a la libertad y la tolerancia. Eso, junto al antisionismo fanático, que no solo odia la política de Netanyahu, sino la de cualquier gobierno israelí, está en el origen de agresiones muy preocupantes.

Ningún judío había muerto en Francia por el hecho de serlo después de la Segunda Guerra Mundial. Desde 2004, ha habido 12 judíos asesinados por serlo, y todos, sin excepción, a manos de islamistas. A eso añade una tercera fuente, es que es la ultraizquierda, que se ha olvidado de la lucha de clases y la ha reemplazado por la raza. Hay que sumar la creencia popular absurda de que los judíos tienen mucho dinero, como ocurrió en el caso de Ilan Hamimi, un judío francés que fue secuestrado y torturado y que solo tenía una tienda de telefonía móvil, pero no poder económico.

Los chalecos amarillos han sido acusados de antisemitismo. Han aparecido vídeos donde se puede ver a sus integrantes llamando «gran mierda» al filósofo francés Alain Finkielkraut, que tiene ascendencia judía. También le espetaron «Francia es nuestra. Vuelve a Tel-Aviv». ¿Considera que el movimiento tiene un componente antisemita?

Sería injusto decir que todos lo hacen. Los chalecos amarillos son un movimiento amplio y heterogéneo que al principio tenía reivindicaciones sobre el precio de los carburantes, el nivel de vida o el poder adquisitivo, y que no tenían nada que ver con el antisemitismo. Se ganaron la simpatía de la mayor parte de la sociedad francesa, con el 80% de apoyo. Luego, la violencia y algunas reivindicaciones absurdas lo han reducido. Los chalecos nunca han tenido portavoces que hablaran en su nombre o una línea ideológica. Los que quedan están bajo la influencia de la ultradereha y de la extrema izquierda. De entre ellos, los que no votan, que son mayoría, tienen simpatía por los extremos. Son gente, aunque suene elitista decir esto, que nunca ha leído un periódico ni oído una emisión de radio decente. Su única fuente de información es internet, con ideas complotistas y sobre contubernios donde el antisemitismo juega un papel central. Por ejemplo, hay algún miembro de la protesta que ha salido a la calle con un cartel donde pone: «Macron, puta de los judíos». El problema es que los otros chalecos no han protestado ni han dicho que se retire porque desacredita el movimiento.

De Macron, que no es judío, también se dijo que era víctima de ataques antisemitas, al parodiarse que hubiera trabajado para la banca Rothschild.

Sí. Por ser banquero de los Rothschild, que ahora son insignificantes en Francia, no como en el siglo XIX. La banca Rothschild alude directamente a los judíos. Ha habido chalecos amarillos que han hecho pintadas con la palabra «Juden», «judíos» en alemán, en almacenes de París. Es la misma palabra que los nazis escribían en los comercios judíos durante la noche de los cristales rotos para marcar los comercios que había que agredir. También hay chalecos que han manifestado su adhesión a Dieudonné.

El humorista que inventó la «quenelle». Dicen que es un saludo nazi invertido, aunque él lo niega.

Dieudonné es exhumorista, en realidad. Se ha pasado al Frente Nacional, es amigo de los Ayatolás y viaja a Irán, no por amor a la religión, sino por odio a Israel y a los judíos. Dice que la «quenelle» significa que «se la vamos a meter hasta el fondo a los judíos». Hay chalecos amarillos que hacen ese gesto en un cementerio judío o delante de la fotografía de Ana Frank. El problema es que no haya otros chalecos que denuncien que hacer eso es una perversión que no tiene nada que ver con sus reivindicaciones, porque, cuando se hace un vez tras otra, eres cómplice o estúpido.

Volviendo a ese imaginario del antisemitismo, que define al judío como un banquero rico, o como un ser en la sombra que manipula el mundo a su antojo, es llamativo que muchos movimientos de derecha radical hayan puesto en el punto de mira a Soros, un magnate húngaro al que acusan de expandir el «progresismo».

No conozco bien el tema de Soros. Sé que es de origen judío, húngaro, y quizá un capitalista poco dado a la filantropía, pero Orbán le ha utilizado para azuzar el antisemitismo en su país, con la idea de que es judío y rico. Nuestra prioridad para combatir el racismo y el antisemitismo no está solo en escuelas, institutos o en la universidad, sino también en internet. El ciberodio es horrible. Primero, porque es anónimo. Segundo, porque va a una velocidad increíble. Publicas algo, y en poco tiempo da la vuelta al mundo. El ciberodio también es muy difícil de combatir porque es apátrida. ¿Cuál es la sede social que alberga ese contenido odioso?

En Estados Unidos hicieron un experimento hace pocos años. Tenían un robot de inteligencia artificial. Duró 24 horas, porque el robot se volvió nazi a fuerza de leer tuits. Esto demuestra lo peligrosas que pueden ser las redes cuando no se controlan. Por eso, nuestro objetivo es que la ley en Francia, y en toda Europa, cambie.

A veces parece que hay cierto desconocimiento en Francia sobre algunos episodios antisemitas de su pasado. Por ejemplo, un sondeo publicado en 2012 afirmaba que la mayoría de los jóvenes no sabían qué había sido la redada del Velódromo de Invierno, uno de los episodios más graves de la Ocupación. ¿Puede suceder algo así en Alemania, por ejemplo?

Los alemanes han hecho un trabajo admirable. Cuando visité Alemania por primera vez, hace ya bastantes años, tenía cierto recelo. Sin embargo, descubrí un país donde se había hecho un trabajo de memoria admirable. Me reconcilié con los alemanes de hoy. En el parlamento alemán, en la entrada, hay un letrero donde pone «Dem Deutschen Volke». En una placa, te explican que el que fundió el metal para poner esas palabras, el autor de ese símbolo del orgullo nacional alemán, fue un judío asesinado en Auschwitz. En Francia, cuando se hizo una estatua del capitán Dreyfus, era para ponerla delante de la Escuela Militar. La Escuela Militar y el ministro de Defensa dijeron que ni hablar, que no era posible poner una estatua de Dreyfus allí. Ahora la puedes ver en París, pero está en el patio del Museo de la Historia del Judaísmo.

Francia padeció la Ocupación, aunque hubo colaboracionistas franceses terribles. Sobre el hecho de que un porcentaje muy elevado de los jóvenes no sepa lo que es la Shoah, ni haya oído hablar de la redada del Velódromo de Invierno, si se hicieran encuestas sobre acontecimientos nacionales en España o en Reino Unido, no tengo muy claro que hubiera un conocimiento mayor.