Foto familiar al completo de los Turpin que escondían un verdadero drama
Foto familiar al completo de los Turpin que escondían un verdadero drama - ABC

El drama de la familia Turpin: de la vida encadenada a la cadena perpetua

El matrimonio que encerró y torturó a sus trece hijos durante décadas, pasarán el resto de su vida entre rejas

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

Uno de los hijos de David y Louise Turpin, un veinteañero que ahora estudia ingeniería informática, ha asegurado que en el último año ha aprendido a nadar y a andar en bicicleta. «A veces me doy vueltas muy largas, lo disfruto mucho», ha contado. Es una imagen tan anecdótica como descriptiva de una infancia y una vida robadas.

Los ladrones fueron sus padres. Junto a sus doce hermanos, este joven vivió un infierno en vida. No saber nadar o andar en bicicleta es el resultado de vivir secuestrado en su propia casa durante décadas, con abusos y torturas sistemáticas de sus progenitores. Llegaron a tener a sus hijos encadenados y amarrados con sogas durante semanas y meses. Esta semana, los Turpin han sido condenados a cadena perpetua después de un juicio que ha destapado los detalles de lo que ocurría en esa casa de los horrores.

Su historia salió a la luz en enero del año pasado. Una de las hijas del matrimonio, una adolescente de 17 años, tuvo el coraje suficiente para escapar. Saltó por una ventana de la vivienda -convertida en cárcel- de la familia en Perris, un suburbio a cien kilómetros de Los Ángeles (California). Había planeado la fuga durante dos años. Encontró un teléfono móvil en la casa, que utilizó para llamar a la policía nada más huir. «Nunca he salido de la casa, apenas salimos», dijo a los servicios de emergencia, en una llamada que describió parte del infierno de su hogar. «Vivimos entre basura», dijo a su interlocutor, al que confesó que hacía casi un año que no se duchaba. «A veces me despierto y no puedo respirar por lo sucia que está la casa».

Entre 2 y 29 años

Su voz era infantil, mucho más aniñada de lo que se supone a una chica de 17 años. Cuando los agentes de policía llegaron a la casa, una vivienda unifamiliar común de una planta, entendieron por qué: se encontraron a tres de sus hermanos encadenados a sus camas, en una práctica que después se demostró habitual. Los trece hijos de los Turpin tenían entre 2 y 29 años cuando fueron descubiertos por la policía. Algunos de los hermanos adultos tenían la apariencia de adolescentes por una evidente desnutrición. Dos de las hermanas no podrán tener hijos como consecuencia de los abusos que sufrieron. Otros tienen problemas de desarrollo cognitivo.

De puertas afuera, los Turpin pudieron encubrir sus abusos. Los vecinos los veían como una familia reservada, pero no es algo extraño en la vida estéril de los suburbios de una gran ciudad. Tampoco es algo fuera de lo común que las familias eduquen a sus hijos en casa. La apariencia externa de la casa era normal y el olor insoportable que acompañaba a los abusos no atravesaba sus muros.

Los Turpin mantenían a sus hijos despiertos por la noche, y dormían durante el día. La alimentación era mínima, apenas un bocadillo de embutido barato o de crema de cacahuete al día. El verdadero pan de cada día eran las palizas y los castigos. Al principio los amarraban con cuerdas. Después acabó siendo con cadenas y esposas. Ninguno de los hermanos había ido al médico en los últimos cuatro años. Ninguno había ido en su vida al dentista.

El fiscal que se ocupó del caso, Mike Hestrin, lo calificó como «el peor caso de abuso infantil que he visto en mi vida». Varios de los hermanos adultos intervinieron de forma anónima en el final del juicio para testimoniar la dificultad de dejar atrás este episodio cruento.

Orden de alejamiento

«Mis padres me arrebataron la vida, pero ahora la estoy recuperando», dijo una de las hermanas, que ahora está en la universidad. «No puedo describir con palabras por lo que pasamos. Todavía tengo pesadillas con aquello, como las palizas o encadenamientos a mis hermanos», dijo uno de los varones. Pero también añadió que «eso es el pasado y esto es el ahora» y aseguro que quiere a sus padres y que les ha «perdonado por muchas de las cosas que nos hicieron».

Tanto David como Louise Turpin aprovecharon el juicio para pedir perdón a sus hijos por el daño infligido y se declararon culpables de catorce cargos de tortura, abuso y falso encarcelamiento, entre otros.

El matrimonio tendrán una orden de alejamiento de diez años con diez de sus hijos y de cinco años con dos de los adultos, mientras que sí podrán tener contacto con uno de ellos. Se les impuso una sentencia de cadena perpetua que podrá ser revisada dentro de 25 años, aunque lo más probable es que pasen el resto de su vida en la cárcel.