Carlos García Juliá, el asesino de Atocha
Carlos García Juliá, el asesino de Atocha - ABC

La discreta vida brasileña del asesino de Atocha

Carlos García Juliá se hacía pasar por venezolano, conducía para Uber y cada sábado llevaba a su novia a comer bistec

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La calle Vitorino Carmilo, en el barrio de Barra Funda de Sao Paulo, tiene apenas siete cuadras, y la primera es justo la más fea y que menos llama la atención. En ella se reparan neveras, aparatos de aire acondicionado y coches. En la esquina hay un anodino bar donde puede tomarse una cerveza y una comida sencilla. Este céntrico barrio medio abandonado, donde a comienzos del siglo XX reinaban las mansiones de los barones del café, trata hoy de resurgir en medio de la especulación inmobiliaria. Allí se mezclan intelectuales y bohemios con centenas de mendigos adictos al crack, lo que ha llevado a rebautizar el vecindario como «cracolandia». El escenario perfecto para esconderse.

Vista exterior hoy del edificio en Sao Paulo
Vista exterior hoy del edificio en Sao Paulo - EFE

Entre prostitutas, ladrones, contrabandistas y drogadictos con aspecto de zombis, la Policía tenía bastante trabajo como para fijarse en un reservado sexagenario extrajero que se ganaba la vida conduciendo con Uber el coche de su pareja. En realidad era Carlos García Juliá, condenado por la matanza en 1977 de cinco abogados laboralistas en un despacho de Atocha, en Madrid.

A pocas calles del edificio pequeño y pobretón en que se alojaba, había una comisaría, la sede del diario «Folha de Sao Paulo» y la sede de la Policía Federal, el principal centro de inteligencia brasileño. Genaro Antonio Materan Flores, el nombre falso que adoptó, se presentaba como venezolano y le bastaba hablar portugués con deje para no despertar sospechas entre brasileños que apenas distinguen los acentos de países de lengua española.

En medio de la selva de cemento, con un tránsito infernal, el viejo Genaro conducía el coche de su compañera como chófer de Uber para costear una vida sin lujos ni llamar la atención. Los documentos falsos apoyaban su disfraz, que parecía perfecto, de venezolano huido de la crisis política y humanitaria en el país caribeño.

«Hablaba muy poco, incluso con su mujer, pero era un buen compañero, ella lo quería», cuenta una amiga de Raymunda Pimentel, una empleada doméstica de cincuenta y pocos años con la que García Juliá convivió durante cinco en Bahía y otros tres en el pequeño piso de Sao Paulo. «Era un tipo educado y ella lo quería como un buen compañero. Debe estar mal con las noticias de la extradición», afirma.

Ray, como prefiere ser llamada, nunca se imaginó que dormía con un fugitivo internacional, perseguido por Interpol y la Policía española por su participación en el crimen múltiple que sacudió la transición a la democracia tras el franquismo. La última vez que habló con él fue por teléfono ya detenido, cuando la llamó para asegurarle que nunca había cometido ningún crimen en Brasil, como para amortiguar el dolor que le estaba causando.

Una fuga de 24 años

Sorprendida, a Ray le fue muy difícil asumir que el extranjero sencillo que había llegado al país a pie en 2001 por Pacaraima, principal acceso de los venezolanos que piden asilo en Brasil, era un asesino. Este país era la última dirección sudamericana de García Juliá en un periplo de fuga de 24 años que incluyó Paraguay, Bolivia -donde fue detenido por tráfico de drogas-, Chile, Argentina y Venezuela. El trabajador que conducía de sol a sol para pagar las cuentas se volvió un sujeto que ella no reconocía. El joven en las fotos blanco y negro de Interpol era un prófugo condenado a 193 años de prisión (la pena se limitó al máximo legal de 30).

Salsicha, como apodan al dueño del bar de la esquina, se espantó cuando supo que su fiel cliente había sido llevado por la policía en la puerta de su casa el pasado diciembre. Genaro se sentaba todos los sábados casi a la misma hora, entre mediodía y la una para comer bistec a la parmesana con patatas fritas, su favorito, con una botella helada de Brahma, a veces solo, casi siempre con Ray, la morena que se había convertido en su salvaconducto. «Hablaba lo necesario, nunca discutía ni se metía en ningún tema delicado, ni política, ni fútbol. Pedía su plato, era cortés, tomaba una cerveza y pagaba la cuenta», recuerda Salsicha.

Los inspectores lo investigaban desde julio de 2018, cuando detectaron su presencia en Sao Paulo y cruzaron datos con Interpol y sus colegas en España. Con la confirmación de su extradición en la Corte Suprema brasileña, García Juliá emprenderá el camino de vuelta a España para concluir su condena.