Los Campos Elíseos se blindan por miedo a la manifestación de los chalecos amarillos en París

Los vecinos de la ciudad temen un nuevo estallido de violencia como el del pasado sábado, o incluso más grave

Enviada especial a ParísActualizado:

Si una persona sin memoria hubiera aterrizado ayer por la noche en los Campos Elíseos, y disculpen la falta de originalidad, a duras penas habría sabido si las decenas de operarios que allí trabajaban se encargaban de construir o de desmontar la avenida. Paneles de madera y postes, junto a herramientas como taladros y camiones con distintos materiales, acompañaban a las luces navideñas que seguían al transeúnte que descendía del Arco del Triunfo hacia la plaza de la Concordia, o rumbo al Arco del Carrusel. Anoche, París se preparaba para la cuarta manifestación de los chalecos amarillos, protesta que nació hace un mes como un movimiento contra los nuevos impuestos a los carburantes -en enero, la gasolina debía subir 2,9 céntimos el litro, y el diésel 6,5-, y que ha terminado siendo uno de los retos más graves a los que se enfrenta el presidente de Francia, Emmanuel Macron.

A la espera de ver lo que depara la jornada, y con un ambiente tranquilo, sereno, más allá de la faena para proteger escaparates y tiendas, la gente paseaba por la avenida como si fuera un viernes normal, aunque en las conversaciones pasajeras se escuchaban comentarios sobre lo que puede suceder hoy. Previsores, algunos establecimientos -los más lujosos se saben dianas de los manifestantes más violentos o “casseurs”- ya habían cubierto su fachada con tablones de madera, como era el caso del mítico restaurante Fouquet's, o con una especie de enrejado de varios metros de alto, como se apreciaba en Louis Vuitton. Según datos del primer ministro, Édouard Philippe, alrededor de 8.000 policías se encargarán de mantener el orden en París este sábado. El refuerzo del dispositivo -la semana pasada, salieron a la calle la mitad- se debe al temor a que se repita otra jornada negra, con coches carbonizados o sucursales de banco reventadas, como sucedió hace una semana en la Avenida Kléber, que también nace en el Arco del Triunfo y desemboca en Trocadero, y que aún padece las consecuencias de los disturbios. Allí, ayer, el encargado de seguridad de una sede del banco Société Générale confió a ABC que los radicales habían destrozado todo el local.

Si en algo estaban de acuerdo los ciudadanos que disfrutaban de los Campos Elíseos, era en el rechazo a la violencia. Varios de ellos, de distintas edades y sexos, contestaron a un breve cuestionario que ABC les hizo para conocer la situación que atraviesa Francia, para tomar eso que llaman el pulso de la calle. Las preguntas eran cuatro: ¿Qué opina del presidente Macron? ¿Qué piensa que puede pasar este sábado? ¿Apoya a los chalecos amarillos? ¿Por qué cree que se manifiestan? Las respuestas fueron diversas.

Pascal, de 55 años, fue el primero en responder. Tras tomar una fotografía de un restaurante protegido con tablones de madera, explicó lo siguiente a ABC. Sobre Macron: “Creo que es alguien que ha querido cambiar muchas cosas, pero, cuando se intenta eso en Francia, resulta muy difícil. La gente no quiere. Es una mentalidad particular. Todo el mundo pide cambio, pero sin hacer nada”. Sobre los chalecos amarillos: “Comprendo el fondo del movimiento. Creo que en Francia los salarios son demasiado bajos y tenemos muchos impuestos; comprendo la reivindicación de las personas que tienen salarios bajos. Pero luego, cuando veo lo que ha pasado, pienso que esa violencia no aporta nada a la movilización”. Sobre lo que puede ocurrir mañana: “Nadie sabe lo que puede pasar. Ese es el problema. Es un movimiento que viene del pueblo y no tiene organización, pero hay personas bien organizadas para romper todo”. Y, por último, las razones por las que cree que se manifiestan: “Creo que quieren más dinero, un salario que les permita a fin de mes darse un capricho. Pero hay muchas personas que están ahí para aprovecharse de este movimiento, y que solo quieren destruir cosas”.

El siguiente fue Jerôme Galliano, un joven de 27 años. Primera pregunta: “Estoy muy contento con Macron. Es muy criticado, pero creo que va a lograr cambiar las cosas, y que no tiene miedo de abordar temas que normalmente dan miedo, como los funcionarios. Hace cosas positivas y a largo plazo”. Segunda: “Es difícil no apoyar a los chalecos amarillos, porque a todo el mundo le afecta lo que exigen, pero creo que, en general, la gente espera demasiado del Estado, del Gobierno. Quieren un Estado social y paternalista”. Tercera: “Creo que mañana va a ser un día problemático. Habrá mucha gente, también alguna que no se manifieste por los chalecos amarillos, sino para romper cosas”. Cuarta: “Los chalecos amarillos se manifiestan porque es el único modo que tienen de ser escuchados. La mayoría son personas que no escriben en la prensa, que no tienen otra manera de alzar su voz”.

Casi al final de la avenida, un vecino de la zona, que no quiso dar su nombre pero sí su edad, 60 años, y que fotografiaba la portada de la revista L'Express expuesta en un quiosco, aceptó también responder al cuestionario. Primera pregunta: “No voté por Macron, le considero un inútil”. Segunda: “Sí, estoy con los chalecos amarillos, pero no con los violentos”. Tercera: “Va a ser un sábado peor que el pasado, es previsible”. Cuarta: “Los chalecos amarillos se quejan por el poder adquisitivo. Los manifestantes son de clase media, y no llegan a fin de mes. Es terrible. Los dirigentes y los ricos se enriquecen cada vez más”. Aunque contesta de manera escueta, tiene la simpatía de decir que le gusta mucho España, y de explicar que, aunque critica la violencia, opina que el Gobierno, sin los altercados, no hubiese hecho ningún caso al movimiento.

De camino hacia el Arco del Triunfo, ABC conversó con Leissa, una chica de 18 años. A la primera pregunta: “No voté, pero tampoco hubiera votado por Macron. Entiendo que la gente esté decepcionada, prometió cosas que no ha cumplido”. Segunda: “Creo que los impuestos deben bajar, pero romper cosas... Los Campos Elíseos son un lugar turístico. Romper para reconstruir y volver a romper luego, es inútil”. Tercera: “Creo que va a ser más grave que la semana pasada. Puede que haya muertos. Todo el mundo va a venir a París desde todas las ciudades de Francia. Algunos, para hacer destrozos más que para otra cosa”. Cuarta: “Se manifiestan por la subida de los impuestos, pero eso siempre ha sido así”.

Unos pasos más adelante, un grupo de tres chicas -un camarero preguntó si queríamos mesa para cuatro-, rieron al unísono cuando fueron interrogadas sobre su opinión de Macron. Una de ellas, de 23 años y la única que se atrevió a hablar, comentó esto acerca de la obra del presidente: “No está demasiado bien”. Segunda: “Apoyo a los chalecos amarillos, pero depende de la reivindicación. No me gusta que rompan cosas”. Tercera: “No sabemos qué pasará mañana”. Cuarta: “Creo que hay más cosas además del tema de los impuestos, como en cualquier reivindicación”. Con esa última y breve respuesta, el grupo, incluida su portavoz, se despidieron.

Las últimas entrevistadas, que se protegieron del viento en un portal cercano a la plaza del Arco del Triunfo, fueron dos amigas, Camille y Marinne, de 26 y 24 años, de lejos las más generosas. A la primera pregunta, sobre Macron, explicaron: “Fue elegido, se hizo una elección entre dos candidatos. Es joven y quiere revitalizar Francia, pero hay pros y contras” (Marinne). “Ha hecho lo que dijo que iba a hacer, y en ese sentido ha sido bastante fiel sí mismo. Personalmente, no estoy de acuerdo con su programa, pero había que elegir entre él y Marine Le Pen. Eso sí, en la campaña presidencial era el dueño de la comunicación, le veíamos por todas partes, pero cuando hay grandes problemas no habla” (Camille). Segunda: “Comprendo la revuelta de los chalecos amarillos, pero creo que la violencia, con los monumentos que son atacados y los coches en llamas, no es la solución. No se transmite paz y es una pena cuando se llega a ese extremo. Yo, aunque no estoy de acuerdo con todo lo que el Gobierno dice, no puedo bajar a la calle y romper cosas” (Camille). “Mañana, nosotras no saldremos a la calle, incluso aunque estemos en desacuerdo con el Gobierno. No vamos a ir porque se construyen barricadas, hay violencia. Hay que aprender a manifestarse con respeto” (Marinne). Tercera: “Quizá haya una gran revuelta. Todos los partidos políticos animan a manifestarse, pero hay que hacerlo de manera inteligente, y subrayando que puede ser peligroso” (Marinne). "Va a ser como la semana pasada, o incluso peor” (Camille). Y cuarta: "Más allá de los impuestos, es por la separación cada vez más grande entre los derechos de los ricos y los de la clase media, que se vuelve pobre mientras que los antiguos pobres acaban en la calle, como vemos ahora en París" (Marinne).

Camille y Marinne dijeron adiós deseando buena suerte. Con su testimonio, y con las respuestas dadas por otros ciudadanos franceses, cabe hacer una pequeña reflexión. El porcentaje de popularidad de Macron, según una encuesta de YouGov publicada a principios de noviembre, se sitúa, tan solo, en un 21%. Las pintadas en su contra -"Manu, ¡eres el responsable de todo esto", se leía, con pitorreo, en una pintada- muestran que los chalecos amarillos le culpan de muchos de sus males. Una parte de la sociedad francesa le considera un presidente alejado del pueblo, un "hombre de negocios" incapaz de gestionar el país. Lo cierto es que la movilización tiene un componente económico y alérgico a las elites evidente: ciudadanos de clase media, del área periurbana o de la provincia, que se sienten abandonados por el Estado, y de segunda. No es baladí que las protestas se desarrollen en el distrito XVI de París, uno de los más ricos de la ciudad.

En su libro "El populacho de París. La ciudad de la gente en los siglos XIX y XX" (Libros del KO, 2018), el ensayista Luc Sante recuerda que los barrios occidentales de la capital, donde se ubica el Arco del Triunfo, siempre han sido considerados los de la clase pudiente. "Su población ahora no solo incluye a las viejas familias y los nuevos ricos -explica-, sino también una proporción significativa de propietarios extranjeros y a menudo ausentes que invierten en pisos parisinos de la misma manera que podrían comprar obras de arte y almacenarlas". Sirve para hacernos una idea de que el escenario de la protesta no es casual. Ahora, toca esperar a lo que suceda hoy.