Fotograma de un vídeo propagandístico del Estado Islámico destruyendo piezas de gran valor histórico en Palmira
Fotograma de un vídeo propagandístico del Estado Islámico destruyendo piezas de gran valor histórico en Palmira - AFP
Muerte de Jaled Al Assad, el arqueólogo de Palmira

«No es perder el patrimonio, es perder la civilización»

Jaled Al Assad, antiguo responsable del rico yacimiento de Palmira, ha sido asesinado esta semana por los yihadistas del Estado Islámico, que lo acusaban de «apóstata»; pero no es el único arqueólogo que se ha cobrado la violencia en Siria

Actualizado:

«Mata a tus ídolos», recomendaba el escritor William Faulkner a sus discípulos. Cada civilización ha destruido o reutilizado la herencia cultural de sus predecesores. El faraón Tutmosis III ordenó aniquilar cualquier recuerdo de la reina Hatshepsut, pero la pericia de los arqueólogos evitó que su figura se esfumara en el pasado. Los romanos, grandes ingenieros, inspiraron su arquitectura en la griega. Las ruinas de ambos mundos todavía pueblan Europa. Entre la pretensión de borrar y el deseo de asimilar se ha construido nuestro presente. A través de la UNESCO, las Naciones Unidas procuran conservar el legado que hemos heredado. La violencia de Estado Islámico amenaza con destruir esta labor.

Jaled Al Assad era conocido como «Señor Palmira». El arqueólogo sirio, de 82 años, había pasado cuarenta entre las ruinas del yacimiento hoy amenazado por los yihadistas. Su asesinato ha añadido una nueva dimensión a la barbarie de Estado Islámico contra la cultura, un nuevo escalón en su intento por destruir lo que no se amolde a su visión histórica.

«Los arqueólogos somos los guardianes del pasado», afirma Gonzalo Ruíz Zapatero, presidente de la Sociedad Española de Historia de la Arqueología. Para este especialista, Palmira es una vitrina de una «historia acumulada que no puede negarse». Situada a unos 220 kilómetros al noreste de Damasco, la ciudad alcanzó la prosperidad gracias a su situación geográfica en un alto de la ruta caravanera que unió civilizaciones del mundo iraní, árabe y grecorromano. Una pluralidad patente «en sus restos arqueológicos», asevera el también profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

«Estado Islámico busca atacar restos arqueológicos que son muy queridos por los occidentales», precisa Zapatero. Lo cierto es que Palmira encaja bien en esta definición. Como señala la UNESCO en su página web, la ciudad fue «admirada por viajeros [en su mayoría europeos] de los siglos XVII y XVIII» y «tuvo una influencia decisiva en la posterior renovación de los estilos arquitectónicos clásicos y del urbanismo». El Conde de Volney, orientalista francés, describió Palmira en uno de sus libros: «¡Qué impresión experimenta el viajero cuando al salir del inmenso arenal, donde no ha encontrado ni una choza, ni una planta, ve ante sí la ciudad de poético nombre!».

Idolatría y financiación

Para los extremistas suníes de Estado Islámico, la destrucción de las representaciones icónicas alcanza nivel de obsesión. Tras aniquilar varias estatuas del Museo de Mosul y de la ciudad asiria de Nimrud, ambas en Irak, justificaron así sus acciones iconoclastas en su revista propagandística «Dabiq»: «Con los kuffar [infieles] en armas por la destrucción a gran escala a manos del Estado Islámico, la acción de los muyahidin [combatientes de la yihad] no solo ha emulado la destrucción de Abraham de los ídolos de su pueblo y la destrucción del Profeta Mahoma cuando conquistaron nuestras naciones, sino también ha servido para enfurecer a los kuffar, un hecho que es amado en sí mismo por Alá».

«El efecto propagandístico de destruir patrimonio artístico y arqueológico es una finalidad, pero el integrismo islamista también pretende la condena de las imágenes icónicas», señala Zapatero en ese sentido. Sin embargo, no es lo único que motiva a los yihadistas. Su objetivo también es obtener «financiación» mediante la venta de patrimonio en el mercado negro. «El comercio ilegal de antigüedades tiene dos canales: los coleccionistas particulares y los grandes museos occidentales, que hacen compras bajo cuerda», indica el especialista.

En ese sentido, ciertos personajes encargados de la protección de la cultura se convierten en personajes incómodos para el grupo terrorista. El caso de Jaled al Assad es un ejemplo, pero no el único. «Dentro de este conflicto es la primera víctima que ha trascendido, aunque es más que probable que otros profesionales relacionados con el patrimonio hayan sido asesinados», indica Jaime Almansa, secretario del Colegio de Arqueólogos de Madrid. Qasem Abdullah Yehiya, director adjunto de laboratorios en la Dirección General de Antigüedades y Museos de Siria, fue asesinado la semana pasada por un ataque con morteros en Damasco. Pero su muerte recibió una escasa atención internacional, dado que no fue perpetrada por Estado Islámico.

«Lo que más me asusta no es perder el patrimonio, forma parte de su historia y dejará una nueva marca para el futuro, me asusta perder la civilización», concluye Almansa.