Sitio de Ostende por Sebastian Vrancx - Vídeo: ABC

La victoria más sangrienta de los Tercios españoles: la conquista de Ostende (1604)

Según una conocida leyenda, la Archiduquesa Isabel Clara Eugenia prometió no cambiarse de ropa interior hasta que la ciudad de Ostende hubiera sido conquistada. La larga duración del asedio dio lugar a que el color de su ropa se tornara de blanco a oscuro

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Durante tres años, los ejércitos hispánicos se desangraron en el asedio a Ostende, una plaza calificada como una espina en el talón del león belga. Los sucesivos motines, las condiciones geográficas de la plaza (con un río y una zona que daba al mar) y la falta de un comandante eficiente entorpecieron los avances en el asedio. La muerte de cerca de 50.000 hombres entre los sitiadores hacen de Ostende la victoria más dolorosa y pírrica del Imperio español.

A principios de siglo XVII, Isabel Clara Eugenia, hija predilecta de Felipe II, y el Archiduque Alberto, su marido, se hicieron cargo de los Países Bajos, que durante prácticamente todo el reinado del Rey Prudente habían estado en rebelión. Holanda y otras provincias rebeldes obligaron al Imperio español a hacer un esfuerzo hercúleo para no perder estos territorios, también ambicionados por Francia e Inglaterra. Solo el talento político y militar de Alejandro Farnesio, gobernador de los Países Bajos desde 1578, permitió al Imperio español recuperar el territorio perdido, convencer a los católicos locales de sumar esfuerzos con los españoles y dejar a los rebeldes en su momento más bajo. Sin embargo, su prematura muerte, en 1592, y la irrupción de un militar realmente competente en las filas rebeldes, Mauricio de Nassau, volvieron a dar aire a la revuelta.

Ambrosio Spínola (Rijksmuseum, Ámsterdam).
Ambrosio Spínola (Rijksmuseum, Ámsterdam).

Los nuevos soberanos encadenaron una serie de derrotas al principio de su gobierno, que, en pos de recuperar el prestigio y la iniciativa, les obligó a contestar con la misma moneda. Los ejércitos hispánicos pusieron sus ojos en Ostende, una ciudad situada hoy en la provincia belga de Flandes Occidental. Su mayor defensa era la cercanía del mar.

Dominadas durante décadas las luchas campales, la gran carencia española en los Países Bajos fue, una y otra vez, la fuerza marítima, frente a la numerosa flota holandesa de los Mendigos del Mar. Conquistar Ostende suponía contar con un puerto clave y acabar con lo que era un auténtico islote rodeado de fuerzas católicas. No en vano, ni siquiera Farnesio, el general que más cerca estuvo de acabar con la guerra, se atrevío a hincarle el diente a Ostende. Los acontecimientos iban a explicar la razón.

El primer obtáculo en el asedio a Ostende es que con la marea alta los rebeldes podían obtener refuerzos desde Holanda a través del río Hiperlea, además de que la presencia del agua hacían del resto de tierras colindantes un pantano. Claro está que la fortaleza de su defensa estaba, como en otras plazas flamencas, en el entramado de baluartes y murallas que la protegían.

Cuando el Archiduque Alberto inició el cerco de Ostende, buscando emular su mayor hazaña militar, la conquista española de Calais (1596), se encontraba en su interior una guarnición de 8.000 hombres. La importancia simbólica de la plaza llevó a ambos bandos a desplegar sus mejores cartas aquí. Prácticamente todos los combatientes de la guerra pasaron en algún momento por este frente. «Ningún general, cabo, artillero, barbero-cirujano o ingeniero puede afirmar que conoce su oficio si no ha luchado en Ostende; que allí se dieron cita mes tras mes guerreros de todas las jerarquías, desde hombres de sangre noble o real, hasta aventureros de la más baja estofa sin más fortuna que la que llevan consigo», apuntó el historiador norteamericano John Lothrop Motley.

Todos en Bruselas y Madrid se conjuraron para que llegara a buen puerto. Según una conocida leyenda, que a veces se ha atribuido a Isabel «La Católica» durante la conquista de Granada, la Archiduquesa Isabel Clara Eugenia prometió no cambiarse de ropa interior hasta que la ciudad de Ostende hubiera sido conquistada. La larga duración del asedio dio lugar a que el color de su ropa se tornara, lógicamente, de blanco a oscuro.

Una sangría interminable

El cerco comenzó el 5 de junio de 1601, con la participación de los tercios españoles de Rivas, Monroy y Villar, unos 20.000 soldados entre españoles y mercenarios. Con tan mala pata que en los primeros compases la mayor amenaza no fueron los atacantes, sino las salidas de los defensores. En la primera de ellas, los 2.500 hombres del tercio de Monroy contuvieron el ataque, si bien el maestre de campo de dicho nombre falleció a causa de un cañonazo. Así las cosas, 250 oficiales fallecerían durante la empresa. Su sustituto, Simón Antúnez, rechazó poco después una segunda intentona de los defensores. Un brutal juego de gato contra ratón que fue dejando un reguero interminable de sangre.

Como explica Juan Giménez Martín en « Tercios de Flandes» (Ediciones de Falcata Ibérica), cuando el asalto definitivo parecía posible comenzaron los sitiados conversaciones para su rendición. Un ardid para dar tiempo a que entraran tropas provenientes de Zelanda. Aquello hizo que el asedio comenzara casi desde el principio... Tal fue el enfado y la impotencia de los españoles que se lanzaron de forma atropellada a un asalto frontal, sin que las obras de asedio estuvieran lo bastante avanzadas, lo que les costó 800 muertos y ninguna victoria.

Sitio de Ostende, obra de Pieter Snayers
Sitio de Ostende, obra de Pieter Snayers

Para entonces era necesario un nuevo comandante, a la vista de los malos resultados del almirante de Aragón, Francisco de Mendoza, y de que el Archiduque estaba ocupado en tareas políticas. Un banquero y comerciante genovés Ambrosio de Spínola fue el elegido. A mediados de junio de 1601, había entrado en escena este genovés, que junto a su hermano Federico habían llevado tropas y barcos a Flandes con fines económicos. La muerte de su hermano, auténtico promotor de la empresa, dejó a Ambrosio solo en los Países Bajos sin una idea clara de cómo hacer negocio de la guerra. Cuando murió el maestre de campo Juan de Rivas, el genovés quedó a cargo del asedio de Ostende por una razón de peso: quería pagar las facturas.

Una descripción del periodo da cuenta de lo impresionante de la estampa del genovés, una bocanada de aire fresco en medio del horror:

«Personaje aristocrático, apuesto, de rostro pensativo, triste, pero compasivo, cabello y barba rubios y una presencia atractiva pero imponente, el joven voluntario hizo su primera visita de inspección de las líneas ante Ostende a principios de octubre».

Pagando al contado, Spínola formó dos tercios de soldados «viejos» españoles y se unió al asedio. Así las cosas, sus talentos militares eran igual de notorios que su cartera. Instruido en matemáticas, historia y otras ciencias, Spínola mejoró los ingenios de asedio que rodeaban la ciudad y redobló la actividad con aquella inyección de soldados veteranos, la élite del Ejército español. En cuanto a las obras se instalaron inmensos terraplenes para colocar plataformas artilleras a mediados de abril de 1602. Los bombardeos estrecharon las posibilidades de los defensores.

Mientras las obras de asedio cogían cierto color a costa de un alto número de bajas, Mauricio de Nassau invirtió todos sus esfuerzos no en romper el cerco, que era casi imposible, sino en al menos distraer a sus efectivos con objetivos próximos. El general holandés lanzó un ataque de 25.000 infantes y 5.000 caballos contra la ciudad de Grave, que se rindió dos meses después. Su ofensiva llevó al límite los medios y la moral del Imperio español. A finales de verano de 1603 el desaliento se extendía entre los españoles, de modo que solo el empeño de Spínola, que se comprometió a seguir el asedio por su cuenta si era necesario, permitió que no se levantara el cerco.

La cabezonería de Ambrosio Spínola

El genovés ordenó introducir toda una serie de minas debajo de las murallas, que fueron carcomiendo la piedra como si fuera madera devorada por las termitas; además de construir un enorme dique para impedir la llegada de barcos rebeldes. A principios de septiembre de 1604 fue posible cegar el canal y terminar con la llegada de barcos de refuerzo. El tercio de Antúnez consiguió coronar los dos principales fortines que protegían la plaza a costa de un enorme sacrificio de tropas. La mayoría de compañías españolas terminaron reforzadas con alemanes ante los numerosos motines en curso y a las bajas.

Ambrosio Spínola logró tras meses de ataques y bombardeos que la guarnición accediera a hablar sobre rendición. El 20 de septiembre se firmó el acuerdo y, en un alarde de cortesía, celebró con el gobernador enemigo un banquete. Así y todo, ninguno de los bandos tenía mucho por lo que brindar.

Al final del asedio no quedaba un solo edificio en pie y, tras la rendición, los habitantes de Ostende abandonaron la población y se convirtieron en refugiados vagabundos. El Cardenal Bentivoglio quedó horrorizado ante la visión de las ruinas de Ostende:

«Así terminó el cerco de Ostende. Memorable sin duda por sí mismo; pero sin comparación mucho más, por la consideración de haberse consumido tan pertinazmente en la opugnación y la defensa de aquella plaza, tanta sangre, tanto oro, y tan largo tiempo. En tres años, y más, que duró el asedio, fue opinión constante, que murieron en él a hierro, y de enfermedades, más de 100.000 hombres, entre los de una y otra parte».

La elevada cifra de muertos que costó derribar Ostende dejó un sabor a sangre entre los españoles, más cuando se produjo un mes después la pérdida de otra importante plaza vecina. En agosto de 1604, Mauricio de Nassau tomó la plaza de La Esclusa, con un centenar de piezas de artillería en su interior y diez galeras atracadas en su puerto, lo que dejaba la situación casi como al principio de la campaña. Pues no hay que olvidar que los españoles habían conquistado Ostende para terminar con la presencia de un puerto rebelde en territorio católico; y ahora con La Esclusa los holandeses ya tenían un sustituto.

En las siguientes campañas, el Archiduque Alberto no logró recuperar La Esclusa y, a causa de la debilidad de la posición española, inició conversaciones de paz con los rebeldes. Finalmente, el 9 de abril de 1609, en la villa de Amberes se acordó una tregua que acabaría por durar doce años. A esta se unieron las firmas de paz previas con Francia e Inglaterra, que permitieron al Imperio español recuperar el aliento. Aquel proceso se daría a llamar, en conjunto, Pax Hispanica.