María en su cautividad en Inglaterra (Hilliard, 1575).
María en su cautividad en Inglaterra (Hilliard, 1575).

La verdadera historia de María Estuardo e Isabel Tudor: dos reinas unidas por un fatal desenlace

«La conjura de Babington fue la última de las que se realizó en nombre de la reina María Estuardo, pues la rúbrica de esta aprobando todo el proyecto -en el que entre otras cosas se contaba con asesinar a la reina Isabel-, supuso su sentencia de muerte»

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Dos reinas: Isabel I Tudor, Reina de Inglaterra e Irlanda y María Estuardo, Reina de Escocia. Sin que ni siquiera llegaran a conocerse, estas dos mujeres se pasaron sus vidas pendientes la una de la otra. Los recelos, el temor y hasta la rivalidad femenina las situó una frente a la otra. El ambiente político religioso del momento en Europa las enfrentó también en los dos polos opuestos de las luchas religiosas, sin que ni ellas mismas lo buscaran: María fue la esperanza del catolicismo inglés en la clandestinidad, mientras que Isabel lo fue para los calvinistas de los Países Bajos en su lucha contra el imperio español y para los hugonotes franceses.

Isabel Tudor, hija del gran Enrique VIII y de Ana Bolena, por cuya causa el rey abjuró del catolicismo de Roma llevando a su reino por la senda del protestantismo, se convirtió en Reina de Inglaterra a la edad de 25 años, después de tener que esperar a que reinaran sus dos hermanastros: Eduardo VI y María I. Pero hasta que le llegó su turno para reinar, sufrió todo tipo de avatares y temores fruto de los vaivenes políticos y religiosos por esos años en Inglaterra, temiendo incluso por su propia vida, sobre todo durante el reinado de su medio hermana María, quien reinstauró el catolicismo en su reino, persiguiendo a los protestantes, entre los cuales sospechaba que se encontraba Isabel, quien fue encerrada en la Torre de Londres y a punto estuvo de ser condenada a muerte. Por lo tanto, cuando María, quien se había casado con el príncipe Felipe de España, el futuro Felipe II, murió sin dar un heredero al trono y fue sucedida por Isabel, esta ya estaba curtida en las intrigas políticas y en las luchas religiosas, a las que había resistido con éxito durante todo este tiempo, llegando al trono con la sabiduría de una estadista consumada.

La excomunión de un monarca por el papa desligaba automáticamente a cualquier súbdito de seguir manteniendo la obligación de obediencia y sumisión hacia dicho monarca

María Estuardo, por el contrario, fue reina desde los seis días de vida, ya que su padre el rey Jacobo V de Escocia murió en una batalla contra los ingleses nada más nacer su única hija. A los tres años fue prometida al príncipe Francisco, heredero a la Corona de Francia y fue enviada a la corte de ese reino, donde se educó como la próxima reina de Francia. Cuando le llegó ese momento tan esperado, tras la muerte del rey Enrique II, apenas le dio tiempo para saborearlo: su enfermizo marido de 19 años, Francisco II, moriría al año de subir al trono. Así, después de esperar casi toda su vida para ser reina de Francia, al final se tuvo que contentar con ser solo Reina de Escocia, donde volvió tras la muerte de su marido para tomar posesión de su trono. Sin embargo, nunca renunció al trono de Inglaterra, al considerar ilegítima a Isabel, por haber sido el fruto de una mujer de la corte que había sido deslegitimada y repudiada por su propio marido Enrique VIII y condenada a muerte después del juicio que se le hizo por adúltera y por practicar la brujería.

El «Retrato Darnley» de Isabel I, Reina de Inglaterra
El «Retrato Darnley» de Isabel I, Reina de Inglaterra

Cuando llegó María a hacerse cargo de su nuevo reino, Escocia se veía inmersa en una revolución religiosa que estaba llevando al país al protestantismo más radical. María era católica, y nunca renunció a su fe, por lo que el futuro que le esperaba en su propio reino era muy incierto e inestable. Tras un sinfín de peripecias que tuvo que pasar, muchas de ellas motivadas por su propio carácter impulsivo y poco responsable, a los siete años de reinado tuvo que huir de su país para refugiarse en Inglaterra, donde Isabel, ya asentada en su trono, tuvo que hacerse cargo de ella sin tener muy clara qué actitud debía de tomar hacia su rebelde sobrina, quien la había disputado su propio trono hacía no mucho tiempo.

Como medida preventiva, María fue encerrada en un castillo del norte de Inglaterra como «huésped» de honor, servida y vigilada por una familia aristocrática de alto rango. Pero la presencia de María Estuardo, la católica reina de Escocia, sobrina nieta de Enrique VIII, en suelo inglés, pronto sirvió de detonante para despertar las conciencias de los católicos del reino, los que se habían resistido a acomodarse a la nueva situación religiosa impuesta por el régimen de Isabel y su gobierno protestante. Más aún incluso desde que en 1570 la reina Isabel fue excomulgada por el Papa Pío V.

La excomunión de un monarca por el papa desligaba automáticamente a cualquier súbdito de seguir manteniendo la obligación de obediencia y sumisión hacia dicho monarca, y en este caso, la medida papal que estaba pensada para hacer el máximo de daño al régimen de Isabel, pretendía empujar a todo buen católico de aquella isla a la desobediencia civil, incluso a elegir entre la obediencia a su reina o al Papa, jugándose la condena eterna de su alma si elegía a la primera. Así, desde este mismo momento, las conjuras católicas contra la figura e incluso vida de la reina Isabel se fueron sucediendo una tras otra; a veces financiadas por España o Francia, ayudadas por el embajador de España en dicha corte (el último embajador acreditado de Felipe II ante Isabel, don Bernardino de Mendoza, fue declarado persona non grata y expulsado por habérsele probado su participación en el complot de Throckmorton en 1584). Este embajador juró vengarse de esta reina y de todo su gobierno por la afrenta hecha hacia su noble persona y por ende hacia el Rey de España, y desde su nueva embajada en París, urdió una nueva conjura cuando vinieron a pedirle ayuda los conspiradores que estaban preparándola en Inglaterra, dirigidos por Sir Anthony Babington.

María fue en consecuencia condenada a muerte por el parlamento inglés, y sentenciada a morir en el patíbulo el 8 de febrero de 1587

Para asegurarse de todo Mendoza incluso pudo acceder por carta cifrada a la reina cautiva de Escocia, María, en nombre de quien se urdía toda conjura pro católica. Cuando Mendoza recibió una calurosa respuesta de la reina de Escocia, favoreciendo la empresa para liberarla, este escribió al Rey de España pidiéndole colaboración, tanto económica como militar para acabar con el tiránico gobierno de Isabel y poner en su lugar a María Estuardo, cumpliendo así con la santa misión de devolver a Inglaterra a la Iglesia católica. Felipe II dio también su bendición a todo el proyecto, sin saber que mientras rubricaba ese documento que le había enviado su embajador Mendoza desde París, los conspiradores, una vez más, habían sido ya apresados y estaban siendo salvajemente ajusticiados en el potro en Inglaterra. Detrás de toda esta conjura, como de las otras, estaba el perro guardián de la reina de Inglaterra, sin el cual, ella no hubiera sobrevivido, su Secretario de Estado Sir Francis Walsingham, un puritano de la vieja escuela que veía conjuras papistas por todas partes, pero gracias al cual, ninguna de ellas triunfó.

Grabado calcográfico de Bernardino de Mendoza
Grabado calcográfico de Bernardino de Mendoza

La conjura de Babington fue la última de las que se realizó en nombre de la reina María Estuardo, pues la rúbrica de esta aprobando todo el proyecto -en el que entre otras cosas se contaba con asesinar a la reina Isabel-, supuso su sentencia de muerte. Todas las cartas que se enviaban entre los conspiradores y María encerrada en su castillo, pasaban antes por las manos de Walsingham a través de un elaborado procedimiento ingeniado por él mismo, con el cual contaba con espías infiltrados entre los conspiradores que le ponían al tanto del siguiente movimiento antes que a cualquiera. María fue en consecuencia condenada a muerte por el parlamento inglés, y sentenciada a morir en el patíbulo el 8 de febrero de 1587, 19 años después de haber dado el fatídico paso de cruzar la frontera entre Escocia e Inglaterra para ponerse bajo la protección de su tía la Reina de Inglaterra.

Miguel Cabañas es es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Autor de «Breve historia de Felipe II» (Nowtilus, 2017) y «Reyes sodomitas. Monarcas y favoritos en las cortes del Renacimiento y Barroco» (Egales, 2012), entre otros libros