Presos de Mauthausen, en plena Segunda Guerra Mundial
Presos de Mauthausen, en plena Segunda Guerra Mundial

Segunda Guerra MundialLos españoles olvidados que lucharon contra el infierno nazi tras huir de Franco

Aunque 4.427 fallecieron en los campos de concentración de Mauthausen y Gusen, otros tantos vivieron para narrar las barbaridades que sufrieron

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La vida es pasajera; la memoria es eterna. La semana pasada, el Boletín Oficial del Estado se convirtió en uno de los centinelas que, más de siete décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, luchan por evitar que el terror que se vivió en los campos de concentración nazis caiga en el olvido. Lo consiguió con la publicación de una lista en la que se enumeran, uno a uno, los 4.427 españoles que fallecieron en Mauthausen y Gusen (dependiente del primero); dos de los centros de muerte más terroríficos que el Tercer Reich levantó en Austria. Tras cada nombre existe una historia inolvidable. Sin embargo, como ellos hubo otros tantos miles de compatriotas que lograron escapar de aquel infierno y pudieron narrar al mundo las barbaridades que sufrieron allí. Desde Virgilio Peña, colaborador de la Resistencia, hasta Marcial Mayans, un ángel que ayudó a salvar a muchos reos de la muerte.

Un español en la Resistencia

Cuando fue deportado a Alemania, Virgilio Peña Córdoba lucía ya unas incipientes entradas en su cabellera. También estaba todo lo bien nutrido que un hombre de su época podía. Sin embargo, pocos después (cuando los aliados liberaron el campo de concentración de Buchenwald, donde había permanecido preso algo más de un año) su peso corporal había descendido hasta los 42 kilos. Allí, como él mismo solía recordar, no solo se dejó peso, sino parte de su vida. «Yo no tengo nada, la carne se quedó en Buchenwald y la sangre en los campos de batalla. Solo me quedan el pellejo y los huesos que están aquí, pero mi mente y mi corazón han estado con el pueblo español», afirmó en un ocasión.

Peña vino al mundo en Espejo (Córdoba) en 1914. Tal y como se explica en «Andaluces en los campos de Mauthausen» (Centro de estudios andaluces, 2006), el futuro preso mamó de sus padres la lucha obrera y, cuando la Segunda República fue proclamada, ya era conocido en su pueblo natal por participar en muchas manifestaciones de izquierdas. Hacía lo que allí denominaban «La revolución». No dudó tampoco en luchar en la Guerra Civil. Primero, con armas muy rudimentarias como una escopeta de caza y, a la postre, en el ejército que se enfrentó a los sublevados. Su último combate lo libró en Cataluña, desde donde se vio obligado a cruzar la frontera poco después de que acabara la contienda. Y como él, otros tantos miles.

En Francia, los republicanos como Peña esperaban encontrar la salvación. No obstante, se dieron de bruces con un gobierno que los internó en campos de concentración ubicados al sur. «Veía a los niños, mujeres y viejos en unas condiciones terribles. Los primeros días fueron criminales, sin nada que comer, ni de beber, sin poder hacer tus necesidades», afirmó. Solo logró salir de allí tras enrolarse en las llamadas Compañías de Trabajadores Extranjeros, una suerte de servicio militar obligatorio para los foráneos. Con ellas acabó en Burdeos, donde (allá por 1941) contactó con las células de resistencia que el Partido Comunista había organizado en la zona. Así, este andaluz empezó a perpetrar pequeños (aunque determinantes) sabotajes en la base de submarinos teutona en la que le obligaban a colaborar.

No le fue mal. De hecho, pasó dos años así. Por desgracia, en marzo de 1943 fue delatado por uno de sus compañeros. Así, su destino quedó sellado. La temible Gestapo lo cazó y, después de aguantar severas torturas, fue entregado a las autoridades alemanas. Estas, a su vez, le encerraron en el campo de concentración de Buchenwald (cerca de Leipzig) el 19 de enero de 1944. Allí vivió un auténtico infierno entre hambre y muerte (esta última, por culpa de la brutalidad germana y por la cantidad de enfermedades que se extendieron debido a lo insalubre de las instalaciones). Peña, el preso número 40.843, vio como los nazis transportaban los cadáveres de miles de personas hasta los hornos. Fue liberado por los aliados en abril de 1945. Tuvo la suerte de sobrevivir y de que le dedicaran una calle en Espejo, algo que le «emocionó más que nada».

Ángel con bigote

Más heroica si cabe es la historia de Marcial Mayans Costa. Este catalán, famoso entre sus compañeros por lucir siempre bigote, nació en Barcelona en 1920. Como Peña, cuando comenzó la Guerra Civil se decidió a combatir con la República. Lo llamativo es que lo hizo a pesar de que era aún muy joven. «Como tenía bigotito, me lo arreglaba y le ponía un poco de carbón para que pareciera un poco más oscuro y pasar por 18 años», afirmó el futuro superviviente en una entrevista concedida para el libro «Los últimos españoles de Mauthausen» (Ediciones B, 2015). Aunque, también como su colega, tuvo que huir a Francia tras el fin de las hostilidades. Allí pasó por varios campos de concentración hasta que se unió al ejército galo.

Mayans no podía imaginar que, poco después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Francia caería en un mes. Durante el avance del Tercer Reich, en 1940, fue capturado y enviado al stalag IX-B Wegscheide/Bad Orb en Alemania. La prisión fue una pesadilla para muchos reos, aunque él pudo evitar el extenuante trabajo gracias a sus inquietudes intelectuales. «Me camelé a un oficial explicándole que me interesaba la vida y obra de los grandes literatos alemanes y me permitió dedicar tiempo a la lectura», desveló en la obra. En sus palabras, tuvo suerte de que los soldados con los que habló fueran del ejército regular. «Aunque eran fascistas no eran de las SS. Eran más... personas». A pesar de ello, decidió escapar. Para su desgracia, fue capturado por la Gestapo y deportado al campo de Mauthausen.

Este centro de muerte no tenía nada que ver con su anterior cárcel. Nada más llegar, Mayans fue despojado de su humanidad. Los nazis le quitaron la ropa, le raparon y le desinfectaron como si fuera un animal. «Yo no era Marcial Mayans. No era nada. Solo era el 9.057. Te llamaban por ese número y, si no contestabas, recibías una lluvia de patadas». El discurso que el segundo responsable del campo dio a los reos terminó de destrozarle. «Vosotros, que habéis entrado por esa puerta, solo podréis salir por allí», espetó mientras señalaba a la chimenea de un horno crematorio. En los siguientes meses, el miedo se mezcló con innumerables palizas y la obligación de subir pesadas piedras, a través de una peligrosa escalinata, desde una cantera ubicada en las cercanías.

Poco después, Mayans fue destinado al subcampo de Ebensee, donde colaboró en la construcción de unos gigantescos túneles subterráneos; aunque consiguió eludir parte del trabajo gracias a que hablaba varios idiomas y los alemanes recurrían a él para hacer traducciones. En mayo de 1945 utilizó, precisamente, esos conocimientos para salvar a miles de sus compañeros. Tras pasar semanas con los guardias se enteró de que, ante la inminente llegada del ejército aliado, los nazis pretendían encerrar a todos los reos en las galerías y volarlas con ellos dentro. El día 5, cuando el oficial al mando les ordenó dirigirse a su tumba de tierra, él y el resto de intérpretes ordenaron a sus 18.000 compañeros ir a las barracas. Los miembros de las SS se quedaron tan asombrados por aquello, y el enemigo estaba tan cerca, que abandonaron el recinto sin perpetrar más asesinatos. El catalán sobrevivió a aquel infierno y falleció en 2016.

Contra el olvido

Tan importantes como Peña y Mayans fueron otros tantos cientos de supervivientes españoles que se propusieron dejar constancia de la barbarie que se había gestado en los campos de concentración. De entre todos ellos, Antonio Muñoz Zamora fue, sin duda, uno de los reos que más trabajó para divulgar lo sucedido y evitar que cayera en el olvido. «A mi lo que me satisface es recordar. Y no porque valga especialmente lo que digo, sino para que el pasado no quede en el vacío, para que el mundo se entere de lo que un superviviente de los campos nazis ha vivido, cosas que sean de provecho para la humanidad», afirmó en una entrevista posterior a la guerra. Su máxima era luchar con la palabra y la memoria en favor de la paz. Y vaya si lo consiguió.

Muñoz nació en Melilla en 1919. Su historia guarda similitud con la de sus compañeros, pues se alistó en el ejército republicano, tuvo que exiliarse a Francia y pasó por varios centros de internamiento. Cuando logró la libertad intentó colaborar con la Resistencia, pero fue cazado por la Gestapo. El 18 de junio de 1944, después del Desembarco de Normandía, fue enviado en un gigantesco convoy de tren hasta Dachau junto a otros 2.139 hombres. «En los vagones había que hacerlo todo. Había quien se bebió la orina porque no nos daban agua», afirmó. Desde allí fue enviado a Múnich para apartar de las calles las bombas sin estallar que quedaban tras los ataques aliados. Poco después pasó a Mauthausen.

«Cuando entrabas al campo, lo primero que hacían era despojarte de tu ropa y te dejaban como tu madre te trajo al mundo. Entonces te pegaban a un muro de piedra construido por los presos y te hacían pasar toda la noche desnudo. Con la nieve, con el frío y con todo», explicó. Este español fue testigo de cientos de muertes. «Al campo entraron niños con sus madres que no pisaron ni las barracas. Fueron directamente a las duchas y a las cámaras de gas». En sus palabras, los nazis asesinaban de esta forma a grandes grupos de reos cada «siete o diez minutos». Aunque si hay algo que jamás pudo olvidar fue el hedor del lugar. El de la muerte y el de los cadáveres calcinados. «Dormir con ese olor dentro del campo, hambriento y cansado, era un martirio constante». Fue liberado y, con la llegada de la democracia, se convirtió en delegado en Andalucía de la Asociación Amical de Mauthausen.

Otros nombres

Estos nombres son solo unos pocos de los cientos que vivieron y murieron en los centros de muerte nazis . Quizá el más famoso de ellos sea el preso número 44.904 de Buchenwald: Jorge Semprún. Nieto de Antonio Maura, fue detenido y deportado en 1942 al mencionado campo de concentración. Allí, su interés por la literatura le permitió trabajar en la biblioteca. En otros como el de Ravensbrück resuena todavía en nombre de Neus Català (también rea en Holleischen). Esta catalana, obligada a trabajar en la industria armamentística del Tercer Reich, formó un comando secreto que boicoteó la industria nazi desde dentro. Su unidad clandestina luchó porque las bombas no estallaran. Cada una que saboteaban, era una vida que salvaban.