Lectura de la tragedia de Voltaire, Gabriel Lemonnier (1812)
Lectura de la tragedia de Voltaire, Gabriel Lemonnier (1812) - C.C

Las «ridículas» de Moliére que llevaron a Francia al esplendor en el siglo XVII

Durante el reinado de Enrique IV un grupo de aristócratas parisinas, se dedicarían a crear las primeras sociedades modernas

MadridActualizado:

Muy probablemente si nos pidieran describir a los franceses, sus modales y su cultura; sería casi imposible decirlo sin acompañar dichos adjetivos con una mímica refinada. Es como si tuvieran la patente de esos gestos tan delicados y exquisitos. Pero sin embargo, no siempre fueron ajenos a la vulgaridad; la cual comenzaría a ser reemplazada por una nueva moda impuesta por las saloniéres en las últimas décadas del siglo XVII.

Ese virtuosismo del «saber estar» fue un reflejo del aburrimiento de una aristócrata llamada Catalina de Vivonne -universalmente conocida como marquesa de Rambouillet- cuya salud había sufrido un percance, y le impedía asistir a la corte del rey Enrique IV.

Muy desanimada por no poder disfrutar de las bondades de la compañía, decidió absorver con cuentagotas y colador las amenidades de palacio -pues no disponía de tanto espacio para las visitas y además, tampoco era bienvenido cualquiera-. De esta manera, la marquesa se puso sibarita y empezó a invitar a todas las amistades posibles, con todas aquellas que le permitiesen retroalimentar su espíritu. Siendo así, Catalina se convirtió en la primera saloniére; la gran anfitriona de Francia que recibía en su morada a filósofos, escritores, científicos, pintores y demás personalidades de la época.

«Nacían así los salones femeninos, que hasta finales del siglo XIX se convertirían en toda Europa en espacios imprescindibles para el desarrollo intelectual y artístico, pero también de las ideas políticas»

Al parecer, las reuniones tuvieron tanto éxito que la misma marquesa se vería obligada a restaurar un viejo caserío en el centro de París, al que le llamaría Hôtel Rambouillet. Este espacio estaría acondicionado para las nuevas necesidades tertulianas y por supuesto festines inacabables. Sin más adornos que el activismo artístico e intelectual se irían formando las primeras sociedades modernas; en donde Catalina junto a otras aristócratas y organizadoras de estos encuentros como: madame de la Fayette y mademoiselle de Scudéry establecerían sin querer una nueva Francia prerrevolucionaria.

«Nacían así los salones femeninos, que hasta finales del siglo XIX se convertirían en toda Europa en espacios imprescindibles para el desarrollo intelectual y artístico, pero también de las ideas políticas», explicó Benedetta Craveri en su libro «La cultura de la conversación».

Sin embargo, -como casi siempre en la Historia- cualquier vanguardia, reforma, descubrimiento etc. liderada por el colectivo femenino significaba una inevitable persecución. En este caso, las saloniéres pagarían con la humillación pública del gran dramaturgo Moliére, cuando las denigró con su obra «Las preciosas ridículas». A causa de la crueldad de las palabras de este escritor, muchas de las autoras de las grandes joyas de la literatura francesa se han escondido detrás de una figura masculina; siendo desprovistas del mérito y el ejemplo para cada una de las mujeres de hoy en día.

El Preciosismo

La actividad de las saloniéres -de la que Moliére se burló- ayudó a instaurar una riqueza léxica para la Real Academia Francesa; por no decir la estética que hace a esa nación tan admirada.

La marquesa de Rambouillet iniciaría el Gran Siglo de Francia, donde la actividad cultural viviría un apogeo gracias a la participación femenina.

«El preciosismo es un fenómeno complejo que se presenta al mismo tiempo como un modelo de comportamiento, una corriente literaria, un movimiento de ideas y un movimiento sobre todo femenino que afronta temas que van más allá de la cultura para cambiar las costumbres de la sociedad» escribió Giulio de Martino en su libro «Las filósofas: las mujeres protagonistas en la historia del pensamiento».

La marquesa de Rambouillet iniciaría el «Gran Siglo» de Francia, donde la actividad cultural viviría un apogeo gracias a la participación femenina. Se creó un nuevo concepto social en el que el refinamiento era el eje central, para democratizarse -dentro de los las posibilidades posibles en cuanto a la alfabetización de las gentes- fuera de la corte de Enrique IV; para instalarse no solo en los hogares de la aristocracia, también la burguesía comenzaba a ser testigo activo del esplendor francés.

Saber, saber vivir

«Era la utopía de otro lugar feliz, de una isla afortunada, de una arcadia inocente donde olvidar los dramas de la existencia, donde albergar la ilusión de la propia perfección moral y estética, donde corregir las fealdades de la vida y remodelar la realidad a la luz del arte» explicó Craveri.

Francia renacía a través de un nuevo lema «savoir et savoir vivre» que tenía por búsqueda el deleite de las actividades culturales

El hôtel de Rambouillet fue el epicentro de un nuevo orden social, en el que se cambió la dirección de pensamiento y se rompieron los paradigmas respecto a la vivienda privada. Una casa pasaría a convertirse en el núcleo de las nuevas corrientes artísticas y movimientos políticos futuros; al que acudían las personalidades más ilustradas.

La corte quedaba obsoleta frente a los grandes salones de París. Francia renacía a través de un nuevo lema «savoir et savoir vivre» -saber, saber vivir- que tenía por búsqueda el deleite de las actividades culturales: composiciones musicales, lectura de obras clásicas, y teatro.

Estas damas crearían un nuevo género literario que imperaría posteriormente en su patria: la novela psicológica, donde heredarían a la humanidad obras maestras como «La princesa de Cléves»

La sensibilidad y el gusto por el aprendizaje comenzó a contagiarse, erradicándose de esta manera las viejas maneras y a los brutos de Francia. Siendo así, con el tan criticado preciosismo de Moliére nacía una sociedad como tal, que comulgaba con el respeto por pluralidad y hacia un objetivo común: la reconstrucción civil.

El lenguaje preciosista

«Uno de los instrumentos que utilizaron aquellas damas parisinas del XVII en su esfuerzo de culturización de una sociedad demasiado volcada hasta entonces en el mundo bélico fue el del lenguaje», relató Ángeles Caso en su obra «Las olvidadas: Una historia de mujeres creadoras»

Aunque el gran Moliére se reía a pierna suelta de las saloniéres por su método «cursi», lo cierto es que estas damas dotaron a su lengua de una gran riqueza léxica. Profundizaron en los conceptos, vocabulario y la construcción gramatical.

Aunque no fueron reconocidas por la Académie Française y se convirtieron en el blanco de la diana de la hostilidad masculina, darían también lugar a un nuevo género literario que imperaría posteriormente en su patria: la novela psicológica, donde heredarían a la humanidad obras maestras como «La princesa de Cléves»; cuya autoría anónima está posiblemente ligada a madame La Fayette, otra de muchas mujeres que se vieron obligadas a vivir en las sombras de un mundo que no concebía la participación femenina, para la construcción nacional.