Desembarco de Alhucemas - Vídeo: El Desembarco de Alhucemas

El héroe del Día D español que aplastó el terror rifeño de Abd-el Krim

Aunque en sus primeros años estuvo en contra de los africanistas, cuando Primo de Rivera se convirtió en dictador cambió de parecer y orquestó una operación aeronaval que acabó con la cabila de Beni Urriagel

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Los enfrentamientos en África fueron, a la vez, el cielo y el infierno para España y su ejército. La primera campaña en Marruecos, orquestada en 1859 por el general Leopoldo O’Donnell (también Presidente del Consejo de Ministros desde 1856), llevó a nuestro país a la gloria y ayudó a insuflar orgullo patrio a una población desencantada tras una infinidad de luchas internas y externas. Sin embargo, decir que los levantamientos de las cabilas rifeñas a comienzos del siglo XX trajeron consigo dolores de cabeza a los militares hispanos es ser benévolo en exceso. Más bien les destrozaron los intestinos. Derrotas como la del Barranco del Lobo en 1909 (con casi un millar de bajas) y la dolorosa matanza perpetrada contra nuestros compatriotas en Annual (donde hubo que contar más de 12.000 muertos) dieron como resultado un peligroso cóctel de tensión política, hartazgo entre los nuevos reclutas y preocupación por la seguridad de las urbes castizas ubicadas en la costa.

Pero si hubo alguien al que estas vicisitudes le quitaron en demasía el sueño, ese fue Miguel Primo de Rivera y Orbaneja. Más conocido por encabezar una dictadura entre 1923 y 1930, este general gaditano sintió tanta desazón ante el problema africano que, durante años, creyó que lo mejor era abandonar en buena medida la región y hacer regresar a sus hombres hasta la seguridad de la Península. «Personalmente, soy partidario de una completa retirada de Marruecos y de permitir a Abd el-Krim la posesión de sus dominios. Hemos gastado incontables millones de pesetas en esta empresa sin jamás recibir un solo céntimo», llegó a afirmar. No obstante, en 1924 cambió de forma drástica de parecer y, con una minúscula ayuda gala, organizó un desembarco (el de Alhucemas) que aplastó el corazón de la resistencia rifeña e hirió de muerto los movimientos rebeldes. Fue el Día D hispano.

¿Derrotismo?

Entre los expertos que han investigado la actitud de Primo de Rivera ante el problema de África destaca Juan José Primo Jurado. Doctor en Historia y licenciado además en filosofía y letras, este autor afirma en una de sus últimas obras ( «Los generales de África», Almuzara, 2018) que, desde el mismo momento en el que conoció la ingente cantidad de muertes que se estaban produciendo en la región, apostó por abandonar el Protectorado. Su idea, incluso antes del golpe de Estado, era retirarse hasta varios puntos de la costa y dejar el territorio en manos de los nativos. «Coincidía con buena parte de la sociedad española, que creía imposible ganar la guerra y, por tanto, inútil prolongarla», explica en el mencionado libro.

Annual
Annual

No le falta razón, como bien demostró un artículo del diario El Adelanto en el que quedaban claros los ánimos de una opinión pública más que cansada de tantas muertes: «Quince años de actuación constante, centenares de miles de vidas sacrificadas, siete u ocho mil millones de pesetas consumidas y un desprestigio colonial que ninguna cancillería en el mundo desconoce… He aquí el lamentable balance de nuestra acción en África».

La historiadora Inmaculada Aladro Majúa es de la misma opinión en su artículo sobre Miguel Primo de Rivera para el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. En el mismo especifica que el militar perdió su puesto de gobernador militar de Cádiz (obtenido en octubre de 1915) por mostrarse temeroso y derrotista ante los enfrentamiento que se vivían en África. «De este cargo se le depuso, según Real Decreto de 28 de marzo de 1917, por exponer públicamente sus teorías abandonistas con respecto a Marruecos», explica. Eso no le impidió obtener un ascenso, heredar el título de marqués de Estella (con grandeza de España) y, por descontado, mantener intacta su reputación de soldado valeroso. Con todo, tan cierto como que obtuvo la Cruz Laureada de San Fernando por su actuación en la guerra de Margallo es que sus respectivas subidas en el escalafón militar estuvieron siempre rodeadas de polémica. Y todo, porque se había mostrado públicamente partidario de abandonar el Protectorado en repetidas ocasiones.

Primo de Rivera fue, durante aquellos años, contrario a la expansión en el norte de Marruecos. Para él, era necesario acabar con los gastos que el conflicto del Rif ocasionaba al estado; con la falta de entrenamiento de los nuevos reclutas (una buena parte de ellos, jóvenes que no habían amartillado un fusil en su corta vida) y con los problemas que generaban los «africanistas» y sus continuos ascensos. Aunque, más que aquello, lo que molestaba en exceso a los oficiales que combatían a las cabilas eran declaraciones como las que el oficial solía hacer a la prensa. Algunas, tan dolorosas como que «Abd el-Krim nos ha vencido» o que «decenas de miles de hombres han muerto por un territorio cuya posesión no vale un duro». Enarbolar para ello la falta de preparación y de capacidad técnica del ejército tampoco ayuda a cerrar heridas. Todo lo contrario, era como abrir las carnes con una navaja y salpimentar el tajo.

Primo de Rivera, junto al monarca
Primo de Rivera, junto al monarca

A esta tensión se sumó, durante el verano de 1921, la muerte de nada menos que 12.000 soldados españoles durante el Desastre de Annual (entre ellos, el hermano del mismo Miguel Primo de Rivera). Aquello no colmó un vaso ya repleto por el caciquismo y la corrupción, lo volcó. «No sorprende que, en determinados sectores sociales, cada vez más extensos, se vislumbrara en la dictadura una posible solución y que la opción encarnada en el marqués de Estella, con sus promesas de asegurar el orden, llegara a parecer una salida aceptable a corto plazo», añade la historiadora en su artículo. En los meses siguientes, cuando se supo que Alfonso XIII no era contrario a una actuación en detrimento del Gobierno, las piezas comenzaron a moverse. Estas terminaron de colocarse el 13 de septiembre, cuando el general (entonces destinado en Cataluña) dio un golpe de Estado y pasó a presidir un directorio militar. Poco después puso sobre blanco los principales problemas que afectaban a la sociedad... y en los mismos se hallaba el Protectorado.

Ataque

Si tener a Primo de Rivera arremetiendo una y otra vez contra el conflicto en Marruecos había soliviantado a los militares africanistas, estar a sus órdenes supuso elevar más la temperatura de un caldero ya de por sí hirviendo. Por si fuera poco, en 1924 el poder de Abd el-Krim había crecido sobremanera, como bien señala el reputado historiador Paul Preston en su obra «Franco, Caudillo de España»: «Abd el-Krim se presentaba como cabeza visible de un movimiento bereber vagamente nacionalista y hablaba en términos de establecer un Estado socialista independiente. Numerosas tribus aceptaron su liderato». A su vez, el territorio español en la región había sido reducido apenas a los alrededores de Melilla y a las ciudades de Ceuta, Tetuán, Larache y Xauen. «Las guarniciones locales confiaban en poder conservar el territorio, pero les preocupaban seriamente los rumores de una inminente orden de retirada», añade el experto.

Los ánimos estaban más que candentes. Quizá por ello, en junio de 1924 el ya dictador decidió visitar las posiciones españolas en el norte de África; aunque, al menos a nivel oficial, no fue más que una inspección de rutina. Su llegada supuso un golpe todavía más duro para los hombres, que entendieron que el viaje solo podía ser el comienzo de la retirada definitiva. En principio no era ese el objetivo, pero es seguro que, cuando Primo de Rivera vio que los soldados se hallaban en unas condiciones sumamente deplorables, se reafirmó en sus convicciones. Para él era simplemente absurdo que un ejército como el español mantuviese una línea defensiva a base de viejos blocaos a los que era casi imposible llevar agua. Durante sus inspecciones a los pequeños fuertes, insistió en que el teniente coronel a cargo de la Legión, Francisco Franco (el más discordante con sus ideas) le acompañase. Quería hacerle ver que no podían vencer a los rifeños así.

Abd el-Krim
Abd el-Krim

El 19 de julio, después de que Primo de Rivera pergeñara la retirada de parte de las tropas hasta la línea Ceuta-Tánger-Larache-Tetuán, tuvo lugar un enfrentamiento que -aunque no se puede saber a ciencia cierta- probablemente ayudara a cambiar su forma de ver las cosas. Según el propio Preston, aquel día acudió a una cena con un grupo de legionarios en el campamento de Ben Tieb. Su idea era dar un discurso para convencerles de que lo mejor era retirarse. No lo consiguió. Por el contrario, tuvo que enfrentarse a los reproches velados del propio Franco. La tensión llegó a tales niveles que, poco después, José Calvo Sotelo (entonces ministro de Hacienda) afirmó que había pasado toda la velada con la mano en la culata del revólver. La leyenda (posteriormente negada por el jefe de la Legión) explica también que sirvieron al visitante un plato cocinado solo con huevos. Por si le faltaban atributos viriles para guerrear en el norte de África...

Aquella debió ser el primer grano de arena que ayudó a inclinar la balanza. Meses después, Primo de Rivera pasó de querer retirar las tropas de África, a planear un ataque que acabara con la cabila de Beni Urragel (corazón de la revuelta y guarida de Abd el-Krim). Jurado es partidario de que también le ayudaron a cambiar de parecer la interminable lista de ataques y desafíos del líder local. Un ejemplo es que, en 1924, se autoconcedió el título de «Emir de la República del Rif», organizó un ejército de 80.000 hombres armados y 200 cañones, solicitó el ingreso en la Sociedad de Naciones y -por descontado- continuó dirigiendo un ataque tras otro contra las líneas españolas. Lo cierto es que cuesta hallar más indicios que permitan entender por qué donde dijo «digo» pasó a decir «Diego». Pero el ser humano es lo que tiene: su volatilidad. Así que, de la noche a la mañana, se decidió a asir al mal bicho rifeño por la cornamenta y atizarle en donde más le doliera.

Día D español

Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo, Primo de Rivera tomó una decisión arriesgada: atacar el corazón de la revuelta a través del mar con un desembarco masivo de tropas franco-españolas en la bahía de Alhucemas. Todo ello, después de que los galos aceptasen enfrentarse a los rifeños tras recibir, también, una buena dosis de directos en la mandíbula por parte de los pueblos locales. «Alhucemas, zona de asentamiento de la cabila de Beni Urriaguel, a la que pertenecía Abd El Krim, constituía un foco permanente de la rebelión rifeña. Por tierra, todas las operaciones militares españolas (…) tuvieron como objetivo la ocupación de Alhucemas, fracasando una tras otra. (…). El propósito de la operación anfibia consistió en el desembarco de dos brigadas reforzadas para ocupar una base de operaciones en la zona de Alhucemas» afirman Juan Vázquez y Lucas Molina en su obra «Grandes batallas de España» (Ed. Susaeta).

Desembarco de Alhucemas
Desembarco de Alhucemas

De esta forma, se estableció como objetivo principal la toma Alhucemas (ubicada en el norte de Marruecos a un centenar de kilómetros de Melilla), algo que ya se había planteado anteriormente. También se determinó que la operación se llevaría a cabo a principio de septiembre de 1925 y que contaría con el apoyo de la marina y la fuerza aérea. Con todo, el peso de la maniobra recaería sobre dos columnas de infantería que partirían desde Ceuta y Melilla. De esta forma, el de Alhucemas se convertiría en el primer desembarco aeronaval de la Historia, una maniobra que, años más tarde, se repetiría en las playas de Normandía de manos del bando Aliado. El mando supremo lo asumió, como no podía ser de otra forma, Primo de Rivera, que, a su vez, contó bajo sus órdenes con los generales Sanjurjo (ejército de tierra) Soriano (fuerza aérea) y Yolif (armada).

La operación fue un éxito, aunque también una jornada más que dura para los españoles. A pesar del apoyo aéreo y de los cañonazos que llegaban desde los buques, fue sumamente duro para los nuestros conquistar la posición. Sin embargo, al final del primer día unos 13.000 efectivos ya pisaban la arena. También se conquistó la zona. Eso sí, con 361 fallecidos y 1975 heridos (aunque las cifras varían atendiendo a la fuente). Se había cumplido el objetivo. Poco después se logró pacificar Beni Urriagel. «Lo que en 1921 era una sitaución de derrota se transformó solo cuatro años después en una gran victoria, precedente del final feliz de la guerra en 1927», añade Jurado. En sus palabras, fue el cénit de la dictadura de Primo de Rivera. «Esto, sumado a sus éxitos en la economía y en la paz social, concitaron en torno a él desde sectores conservadores y empresariales a sindicatos como la UGT», completa.